Día: 17 mayo, 2016

El libro de los rostros

A mi padre le dio una temporada por leer un libro titulado “Caracteriología fisionógmica”. Se lo había comprado en una de las casetas de libros viejos de la Cuesta de Moyano donde iba algunos domingos por la mañana a pescar, decía. Normalmente pescaba literatura pero ,a veces, se traía libros que él llamaba de aprendizajes.

Ese libro pertenecía a esa categoría y explicaba, a través de dibujos y no mucha base científica, cómo era la personalidad de cada cual, según los rasgos de su cara y la forma de ésta. Rostro, nos corregía él. Le debía de parecer que rostro era más profesional que cara.

No era lo mismo tener unos ojos juntos que separados, una frente ancha que estrecha, unas orejas despegadas o al contrario. Todo lo que éramos o seríamos o podíamos llegar a ser estaba dibujado en nuestra cara. O rostro.

Él se lo tomaba muy en serio y se aplicó al estudio de ese libro en sus ratos libres, más bien pocos. Decía que esos conocimientos le iban a venir muy bien en su trabajo, en el trato con los clientes y colegas, para saber por dónde iba cada uno y actuar en consecuencia.

Lo que me imaginaba, decía cerrando el libro de golpe, Fernández Romillo es un ambicioso, esos labios finos…O: estaba claro, Tabarrés se aproxima al cretinismo. Así fueron cayendo en desgracia prácticamente todos los de su mundo laboral. Seguramente, ya habían caído antes y el libro solo le servía para reafirmar sus teorías previas.

Gracias a la detallada información del libro, donde estaban dibujadas narices, bocas,mentones, ojos, frentes de todos los tipos y diferentes combinaciones de todo ello, iba examinando caras, especialmente las de los que le caían mal. Casi ninguno se salvaba de llevar horribles defectos esculpidos donde más se ven.

Elena, Elena, gritaba de pronto, alarmado, llamando a mi madre. Tu hermano, tu hermano.

¿Mi hermano qué, que viene a comer?

No viene y mejor que no venga. Es materialista, glotón y puede que putero. Esto último lo decía por lo bajo. Los labios bembones, los tiene. Clavados, clavados.

Pero qué dices, si Andrés es una bellísima persona, ¿Y por qué no analizas la cara del tuyo?, le contestaba mi madre, molesta. Pero él se encendía un cigarro y sin hacer caso seguía leyendo el libro aquel.

Y al rato: Elena, Elena, el médico, hay que cambiar de médico.

Pero, ¿por qué? Yo estoy contenta con don Pedro, te trató la úlcera.

Se curaría sola, él no fue, no termina lo que empieza, es cobarde, mira este mentón retraído, el suyo, el suyo.

Así siguió durante bastante tiempo hasta que se cansó de ese aprendizaje, seguramente porque ya nos tenía fichados a todos y abandonó el libro. Algunas tardes de lluvia que no sabíamos muy bien qué hacer, lo sacábamos de la estantería y nos estudiábamos las caras unos a otros en busca de rasgos delatores.

No descubrimos nada demasiado anormal ni significativo en ninguno, hasta en eso éramos del montón, excepto mi hermano segundo que tenía claramente mandíbula de asesino. Él intentó aprovecharlo a su favor para intimidarnos, pero no lo consiguió demasiado.

Era un potencial asesino demasiado cotidiano, iba en pijama, tomaba colacao con galletas espachurradas dentro, ni pizca de miedo daba.

(Cuaderno de DM)

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