Día: 23 mayo, 2016

Visitas inoportunas

La abuela del pueblo, la que no era Mila la joven, era muy religiosa. Su casa estaba llena de muñecos santitos repartidos por todos los rincones, cada uno especializado en algún cometido. El san Antonio te encontraba lo que perdías, el Ramón nonato ayudaba a nacer a los niños, cuántos niños se habrían perdido por el camino sin el GPS de san Ramón, el san Pancracio te ayudaba con el dinero a cambio de perejil, qué hombre más raro, y así muchos más muñequitos repartidos por los rincones, haciendo de su casa un lugar muy asistido.

En cuanto mis padres desparecían, sobre todo mi padre al que le daba mucha rabia eso de los santos y lo llamaba supercherías de viejas,se sentaba con nosotras, sólo con las pequeñas porque los mayores no le hacían caso, y nos contaba historias de apariciones de Dios y de la Virgen. Especialmente la Virgen tenía gran afición a presentarse sin previo aviso ante niños que habían sido muy buenos y podían disfrutar de ese privilegio, para dejarles algún mensaje, generalmente cifrado. Se ve que Dios tenía más cosas que hacer y mandaba a su madre aunque también él, de vez en cuando, irrumpía de improviso con mucho despliegue de luces.

Como mi abuela pensaba que éramos buenísimas y nos lo decía constantemente, enseguida nos vimos como posibles candidatas a esas apariciones. Tanto Dios como la Virgen o los dos juntos formando un duetto se nos podían presentar en cualquier momento, sobre todo por la noche, y más aún en el mes de mayo que era el que solían elegir por su buena temperatura para bajar a la tierra. Mi hermana estaba deseando que eso ocurriera para hacerse famosa y que le compusieran una canción, pero a mí la sola idea de recibir esa visita celestial me aterraba.

Cuando por la noche se apagaba la luz empezaba el pánico. Veía sombras y bultos y pensaba que eran ellos, que ya habían venido a darnos el mensaje y complicarnos la vida para siempre. Por eso, con los ojos cerrados tan fuerte que me dolían, rezaba a esos mismos dos: no vengáis, por favor, no os aparezcáis nunca. Virgen María, si ya estás ahí, vete.

A veces, si del miedo a las apariciones marianas no me podía dormir, despertaba a mi hermana: he visto un bulto o algo, le decía zarandeándola, se mueve una cosa detrás de la silla. Y ella saltaba como un resorte y se emocionaba mucho: ¿ya están, han venido, la Virgen sola o también con Dios, nos han traído algo? Porque se creía que eran como una especie de Reyes Magos ,pero mejorados, ya que nuestros reyes se equivocaban bastante con los pedidos.

Que ella también lo creyera aumentaba mi terror a las visitas celestiales porque normalmente era bastante desconfiada, de esas a las que no resulta fácil engañar. Por eso, bastantes noches acababa yendo al cuerto de mis padres para que me dejaran dormir con ellos. Una de esas noches, como ya estaban hartos de mis propias apariciones nocturnas, me preguntaron qué me pasaba y confesé cuál era mi miedo. Los dos empezaron a reírse mucho y así estuvieron un buen rato hasta que mi padre se enfadó bruscamente, solía hacer eso de pasar de la risa al enfado por lo que con él nunca eatabas en territorio seguro, y me devolvió a mi cama.

Por el camino me iba explicando con su voz didáctica, tenía una para cada situación, la importancia de tener una mente racional y crítica y no caer en las suspersticiones ni sucumbir a la ignorancia. Pero se debió de dar cuenta por lo fuerte que le apretaba la mano de que esa charla no me tranquilizaba. Encendió la luz del pasillo, me miró con sus ojos de hipnosis mafiosa que, por cierto también me daban miedo, y me dijo: tú no eres tan buena, te pasas el día peleándote con tu hermana, no terminas los deberes y hoy no habéis recogido los juguetes. Duérmete tranquila que no van a venir.

Fue un gran alivio saberme imperfecta y a salvo de inoportunas visitas.

(Cuaderno de DM)

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