Día: 24 mayo, 2016

Peti

En el piso de abajo vivía una señora viuda. Se llamaba Peti, tenía la cabeza llena de ricitos blancos y hablaba como si balara, haciendo temblar las sílabas, sobre todo la última de cada palabra. A causa de algún problema en las piernas, a veces las llevaba vendadas, apenas salía. Según mi madre, Peti tenía muy mala suerte porque nos tenía que aguantar a todos nosotros saltando sobre su cabeza.

Pero ella no se quejaba nunca, si acaso decía riéndose “ayer parecía que se me iba a caer el techo encima, tunantes”. A Peti las tardes se le hacían muy largas y por eso nos pedía que bajáramos de vez en cuando a su casa.

Gracias a ella, mi hermana y yo consideramos seriamente la posibilidad de dedicarnos al mundo de la farándula. Éramos las típicas pesadas que se pasan el día bailando y pidiendo a alguien que las mire. Uno no baila para nadie, baila para recibir aplausos y hasta ovaciones. Pero en nuestra casa no teníamos público.

Estábamos muy frustadas y a punto de abandonar el cante y el baile hasta que descubrimos a nuestra más fiel admiradora en el piso de abajo. No solo le parecíamos guapísimas, de una belleza racial, decía, sacándonos así, aunque solo fuera por un rato, del informe montón de la normalidad. Además consideraba que nuestro arte, que en nuestra casa solo provocaba bostezos contenidos y algún que otro empujón, era inigualable y único y nunca se cansaba de mirarnos y de aplaudir al final con entusiasmo de fan entregada. Una vez hasta se levantó de la silla y gritó tres veces bravo.

Ante tal éxito empezamos a perfeccionar las coreografías y a añadirles números más complejos que incluían saltos gimnásticos, pinos puente, recitado de poemas, furiosos taconeados con los zapatos de flamenca y mucho agitado de melenas y revoleo de faldas para terminar. Peti hasta lloraba. Ahora pienso que de risa pero entonces me parecía que era de la emoción que le causaba la pureza de nuestro arte temperamental.

Fuimos muy felices aquellas tardes en casa de Peti y creo que ella también lo fue. Nos llamaba niñas divinas y artistas como la copa de un pino y para celebrar la actuación sacaba una botella de licor carmelitano y se atizaba un lingotazo. Nos contó que era una bebida muy digestiva que hacían unos monjes de Benicassim, su pueblo natal.

Un día nos dejó probar un poco y como nos gustó nos puso un culín en un vaso para las dos. Es muy reconstituyente, nos dijo balando. Y ya todas las tardes nos daba el culín después de bailar, para reponer fuerzas y reconstituirnos. Después le entraba nostalgia y nos hablaba de playas y palmeras mientras nosotras nos reíamos sin saber de qué.

Nuestra carrera se truncó cuando empezaron a mandarnos deberes en el colegio y tuvimos que sustituir los bailoteos apasionados, los aplausos y el licor carmelitano por las cuentas y las caligrafías. Las tardes se nos volvieron aburridas como a Peti. Y también largas.

(Cuaderno de DM)