Peti

En el piso de abajo vivía una señora viuda. Se llamaba Peti, tenía la cabeza llena de ricitos blancos y hablaba como si balara, haciendo temblar las sílabas, sobre todo la última de cada palabra. A causa de algún problema en las piernas, a veces las llevaba vendadas, apenas salía. Según mi madre, Peti tenía muy mala suerte porque nos tenía que aguantar a todos nosotros saltando sobre su cabeza.

Pero ella no se quejaba nunca, si acaso decía riéndose “ayer parecía que se me iba a caer el techo encima, tunantes”. A Peti las tardes se le hacían muy largas y por eso nos pedía que bajáramos de vez en cuando a su casa.

Gracias a ella, mi hermana y yo consideramos seriamente la posibilidad de dedicarnos al mundo de la farándula. Éramos las típicas pesadas que se pasan el día bailando y pidiendo a alguien que las mire. Uno no baila para nadie, baila para recibir aplausos y hasta ovaciones. Pero en nuestra casa no teníamos público.

Estábamos muy frustadas y a punto de abandonar el cante y el baile hasta que descubrimos a nuestra más fiel admiradora en el piso de abajo. No solo le parecíamos guapísimas, de una belleza racial, decía, sacándonos así, aunque solo fuera por un rato, del informe montón de la normalidad. Además consideraba que nuestro arte, que en nuestra casa solo provocaba bostezos contenidos y algún que otro empujón, era inigualable y único y nunca se cansaba de mirarnos y de aplaudir al final con entusiasmo de fan entregada. Una vez hasta se levantó de la silla y gritó tres veces bravo.

Ante tal éxito empezamos a perfeccionar las coreografías y a añadirles números más complejos que incluían saltos gimnásticos, pinos puente, recitado de poemas, furiosos taconeados con los zapatos de flamenca y mucho agitado de melenas y revoleo de faldas para terminar. Peti hasta lloraba. Ahora pienso que de risa pero entonces me parecía que era de la emoción que le causaba la pureza de nuestro arte temperamental.

Fuimos muy felices aquellas tardes en casa de Peti y creo que ella también lo fue. Nos llamaba niñas divinas y artistas como la copa de un pino y para celebrar la actuación sacaba una botella de licor carmelitano y se atizaba un lingotazo. Nos contó que era una bebida muy digestiva que hacían unos monjes de Benicassim, su pueblo natal.

Un día nos dejó probar un poco y como nos gustó nos puso un culín en un vaso para las dos. Es muy reconstituyente, nos dijo balando. Y ya todas las tardes nos daba el culín después de bailar, para reponer fuerzas y reconstituirnos. Después le entraba nostalgia y nos hablaba de playas y palmeras mientras nosotras nos reíamos sin saber de qué.

Nuestra carrera se truncó cuando empezaron a mandarnos deberes en el colegio y tuvimos que sustituir los bailoteos apasionados, los aplausos y el licor carmelitano por las cuentas y las caligrafías. Las tardes se nos volvieron aburridas como a Peti. Y también largas.

(Cuaderno de DM)

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42 comentarios en “Peti

  1. Un futuro como artistas truncado de antemano. Puede que Peti (me la imagino como a la Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane?) tuviese razón y no sólo lo hiciera por echarse unas risas interiores.

  2. Precioso, entrañable. Me he imaginado toda la situación, todas esas tardes y escenas. Todos hemos conocido o conocemos ancianos como la Peti. Bravo por toda esa explosión de talento artístico, y bravo por esos lingotazos de licor carmelitano. Me has hecho pensar en mi infancia, cuando vivía mi padre y éramos 8 en ese piso (de locos…). Teníamos ese, si no me equivoco, licor Quina San Clemente que estaba de p… madre, fuerte pero a la vez reconstituyente, a mí me parece que llevaba algo de huevo. Qué lingotazos también, ahí el “borrachín” que llevo dentro empezó a asomar. Una vez hasta se levantó de la silla y gritó tres veces bravo. Pues bravo.

    1. En mi casa había una botella de una bebida llamada Quina Santa Catalina, sería parecido a eso que dices. Creo que me vacuné porque no me gusta mucho el alcohol, sólo la cereveza. Besos!

      1. Ya me picaste la curiosidad e incluso la nostalgia, y mi vena investigadora…y tuve que ponerme a buscar. “La increíble historia de los vinos quinados”…tendrías que leer esto, es impagable…
        http://elcomidista.elpais.com/elcomidista/2015/11/11/articulo/1447239566_060305.html
        Fotografías con mucha graduación. A ver si suben, que no pase como aquel día…


        A la señora Catalina no la conocía, por cierto. Siempre estoy a tiempo de pasarme por una licorería.

  3. Lo que me queda por leer… madre mía no te puedo dejar sola un momento porque vuelvo y me pierdo con los personajes. Peti es la caña,yo creo que lo que prefería era que taconeárais en su casa en lugar de en la vuestra, así al menos os veía. Escuchar zapateos en el piso de arriba es bastante agobiante… lo se porque lo vivo a diario y si pudiera sacaría la recortada para acabar con el temita.
    Os echaba de menos a todos!!!! Un beso gordo.

    1. Hola, Gloan, ¡cuánto tiempo! No sé cómo no nos mataba a todos la pobre mujer, yo ahora tengo encima dos niños karatekas y….grrrrr . Yo también llevo retraso con vosotras, me tengo que poner al día. Un besazo y gracias por volver.

  4. Que sería de la Peti… acabaría en alcohólicos anónimos… le llamarían la Peti porque comía muchos petit suisse… cuantas preguntas sin respuestas…

  5. Aunque tarde, descubrió la buena niña de qué se reía en esas lejanas tardes de vino, rosas y bailes, ¿verdad? 😀 😀 😀 Antes, con los niños se hacían cosas que ahora son impensables. Recuerdo a Quinito (¡da unas ganas de comerrrrrrrrrr! y el Agua del Carmen que nos daban las monjas (para el “mal de chicas”)… 😀 😀 😀 Sue Ellen, a nuestro lado, se quedaba chica 😀 😀 😀

  6. Una de las muchas cosas buenas que tiene leerte es, más allá ( y además de) de la historia que nos cuentas,es los recuerdos que invocas.
    Me pasa a menudo leyendo tus entradas de DM, que siento que cosas que le han pasado a ella me han pasado a mi. Quizás es porque es tan maravillosa que en el fondo queremos parecernos a ella, que deseamos vernos reflejadas en lo que cuenta y nos engañamos diciéndonos; “yo también viví eso y lo sentí igual”. Más quisiéramos que tener esa dulzura de DM….
    De pequeña, para que no le diera la lata (supongo), mi madre me mandaba a casa de la señora Carmen. Allí escuchaba la radio, dibujábamos cosas, bailaba para ella y, al final, para merendar, cada tarde me hacía tortilla de patatas. Es uno de los recuerdos más maravillosos de mi infancia.
    Gracias por traérmelo a la memoria de nuevo.
    Besos.

    1. A ti, Eme, si algo no te falta precisamente es dulzura. Y creo que si os podéis ver reflejados es porque son historias muy cotidianas que cualquiera puede haber vivido. Me gusta mucho cuando tú, a tu vez, me cuentas las tuyas. Un beso de los grandes.

  7. Nos daban también quina de pequeños. Pero quina Santa Catalina que es golosina y es medicina y yo creo que nos drogaban porque luego me enteré que tenía no sé cuantos grados. Qué poquito conocimiento.

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