Alicita libre

En nuestro edificio, llamado bloque, vivían muchos niños. Casi tras cada puerta habitaba una familia parecida a la nuestra y lo mismo en los otros bloques que se extendían en hilera por toda la calle. Pero había excepciones. Peti era una y Alicita, otra.

Alicita tenía la edad de mi hermana inseparable y no tenía hermanos. La primera vez que entramos en su cuarto casi morimos de la emoción. No sólo tenía un cuarto enorme para ella sola, en el nuestro dormíamos tres y cuatro cuando estaba la abuela Mila, sino que ese espacio grandioso y decorado en tonos pastel, estaba lleno hasta el techo de riquezas materiales.

En nuestra vida habíamos visto en un cuarto humano tantas muñecas de todos los tipos y formas, algunas hasta sin sacar de sus cajas, observándonos desde detrás del papel celofán. También tenía muchísimos cuentos y hasta un tocadiscos, en el colmo de la modernidad, para escuchar algunos de los cuentos. Cuando tenías que pasar la hoja el disco te avisaba con un sonido de campanilla. Y lo que más me gustaba: una casita de muñecas gigantesca y amueblada. En la puerta de aquel aposento de reina, unas letras de colores con su nombre indicaban a quién pertenecía ese mundo de maravillas.

Pero a ella todo aquello no le interesaba demasiado y cuando manifestamos asombro ante tantas muñecas, se encogió de hombros con indiferencia y dijo: están muertas. Mi hermana, hábil como nadie para detectar debilidades ajenas, enseguida vio la ocasión de enriquecer su magro patrimonio a costa de Alicita y empezó a ir muchas tardes a jugar a su casa. A la vuelta siempre traía debajo del brazo algún botín como una caja de rotuladores de veinticuatro colores, un cuento, preferiblemente grande y de tapas duras, o alguna muñeca muerta. Muy viva para nosotras.

Hasta que se descubrió que Alicita estaba siendo sometida a chantaje y extorsión y que aquellos juguetes que mi hermana decía que nos había prestado generosamente no eran más que un impuesto revolucionario. Si Alicita no le daba lo que pedía, y cada día, impulsada por su propio éxito, pedía más, no volvería nunca a jugar con ella y se quedaría sola, rodeada de sus cadáveres de plástico.

Fue la madre de Alicita, siempre muy pendiente de su hija, la que destapó la trama corrupta y le puso fin. Mi hermana tuvo que devolverle los juguetes expoliados y, a partir de ese día, fue la niña sin hermanos la que venía a jugar a nuestro hogar masivo. Se lo pasaba tan bien perdida en la maraña, su individualidad diluída al fin en la masa, que muchas veces perdía el control de esfínteres y se hacía pis.

Una de esas veces, la abuela Mila vio un charquito amarillo en el suelo del pasillo y creyendo que le habíamos tirado el bote de la laca se puso histérica. Amaba su laca Nelly más que nada en el mundo, por lo que nos dio una colleja a cada uno, Alicita incluida.

Pero a ella no le importó el pescozón, al contrario. Y es que lo que quería Alicita no era ser una, eso ya lo era y demasiado, ella quería formar parte del todo, disgregarse, perder sus contornos, que nadie la mirara de forma especial y continua ni la llamara por su nombre. No tener nombre, no tener nada, difuminarse para ser, por fin, una niña anónima y libre.

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58 comentarios en “Alicita libre

  1. Quería ser una del montón, vaya… Me ha sonado muy autobiográfico lo del tocadiscos, jajaja. Creo que todas las casas de hace 30 años han tenido botes Nelly… Me encanta. Besitos

  2. Qué maravilla. Tus relatos ya se están convirtiendo en una droga para mí (sin segundas lecturas, please…). Increíbles tus historias como increíble esa habitación de Alicita. Muñecas muertas y cadáveres de plástico. Describes muy bien esa exacerbada, insoportable soledad y aislamiento de esa niña, lo entiendo muy bien. Y que quisiera diluirse entre la masa, ser una más, desaparecer y sentir el amor, la compañía, las collejas y todo. Vaya con tu hermana, es de armas tomar -o muñecas, mejor-. Lista, peligrosa y pragmática, al final se destapó ese tráfico o evasión de muñecas, que volaban de su paraíso, no fiscal por cierto. Mi maldito tocadiscos, que aún vive pero anda por ahí renqueante, nunca hizo sonido de campanillas.

      1. Jajaja….cómo te pasas, pero las cosas claras y el chocolate espeso. Me ha dado una inmensa pena ese robo -para estrenarse- de la caja de 24 rotuladores de colores, por la pobre niña solitaria. Todos hemos hecho este tipo de trastadas, supongo. De hecho, yo las sigo haciendo y la verdad es que les robo a los ricos, como Robin Hood. Podría contarte mi última “adquisición”…y que les den, “ellos” no son ninguna niña triste y solitaria. Me ha encantado lo del impuesto revolucionario, y es cierto, por algunas palabras que empleas, y tal como decís, es un reflejo muy cercano de la sociedad adulta.

  3. Juas juas. Como miembro benjamín de una familia numerosa (6) siempre me dieron mucha penusca los hijos únicos. Cómo nos divertíamos juntos… y sobre todo cómo despertaba el instinto de supervivencia con la comida… recuerdo que nos escóndíamos los bollos cual ardillas las bellotas. Y siempre había alguno que la descubría y se lo chimpaba aún sin hambre dejando una nota dedicatoría. Con la leche condensada ya era expectacular… si te cuento flipas. Jeje
    Beso

  4. Cuantos años de espera pase soñando con la casita de muñecas wue mi padre prometía iba a hacerme con sus propias manos. Llego la primera nieta y toma !!! Con un año ya se la había hecho. Qué injusta la vida kjjjj

  5. Mi padre me decía que estar bien también cansa y ni más ni menos es lo que la pasaba a la pobre Alicita, que necesitaba un cambio y olvidarse de tantos bienes materiales para encontrar compañía “viva” 🙂

      1. Por el momento estoy a salvo de mi familia, ignoran su existencia. De todas formas, entre tú y yo, aquí hay mucha mentira o invención que suena más bonito.

      2. Eso está claro, nadie puede tener una vida tan preciosa como la que describen tus letras… ¡Ni la mismísima doña Marga! Si la literatura no hermoseara las cosas, no valdría el tiempo que le dedicamos 🙂

      1. Toro ha sido un poco descortés, hay que ver…Se merece uno de esos pescozones ansiosos por aterrizar en cogotes infantiles. Desde luego, que tienes aquí unos comentadores que valen su peso en oro. ¿Te das cuén? Lo de Chaly y la meadita es para enmarcarlo, por ejemplo. Va, te voy a contestar: No robé música, sino cierto tipo de material eléctrico. Total, se lo habían olvidado por ahí tirado. Y ojos que no ven…

      2. Sí, con el de Chaly de hoy me he reído mucho pero sois todos muy buenos, me lo paso muy bien leyendo los comentarios. Gracias y no robes más en la Fnac o me chivo.

  6. Una colleja de la abuela o un zapatillazo de la madre se recuerdan con cariño después de los años, pero de la soledad con seres inerte nadie quiere acordarse. Yo añoro la zapatilla voladora de mi madre.😂

  7. Cuántas lecturas tiene este recuerdo… Habla de Alicita y en realidad nos está contando muchas más cosas.Cosas algunas que chocan de frente con la época en la que vivimos, en la que prima tanto el significarse, el destacarse entre la multitud, olvidando que lo que hacemos para diferenciarnos puede restarnos libertad.
    Pero no solo eso, es que nos estás contando muchas cosas al tiempo… supongo que eres consciente pero tus relatos están expandiendo sus “dominios” en nuestra imaginación y crecen en profundidad de forma exponencial.
    Besos.

    1. No soy muy consciente, voy lanzada y no sé muy bien hacia donde. También es como un psicoanálisis gratuito y sin interpretación. Otra vez gracias por leer y por tus comentarios que siempre me gustan mucho.

  8. Este artículo me ha recordado a mi hermana pequeña. Como éramos cinco a la pequeña todo lo que le caía era de prestado. Así que se convirtió en la más lista. Cogía piedras y les pintaba ojos y boca, luego las envolvía en un trapo y, cuando llegaba con ellas al colegio, les hacía tantos halagos y caricias y les hablaba tan cariñosamente que las demás niñas se empeñaban en cambiarle sus maravillosas muñecas por estuches de pinturas, por plumieres llenos de utensilios y, en general, por objetos comprados y valiosos que ella nunca tuvo.
    Mi hermana pequeña sigue igual, nunca tiene un duro y, por lo menos a mí, me saca pasta de continuo. Pero no a mala leche, con cariño. Y me convence de que me hace un favor. Y eso que ya me sé todos sus trucos. Nunca tiene nada suyo, todo se lo gasta. Qué espabilada ha salido, cago en diez y me llevo una.

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