Día: 27 mayo, 2016

Las frívolas

Teníamos una tía, Isabel, la hermana pequeña de mi madre, que no se había casado. Y lo mejor: no se había casado porque no le había dado la gana. Vivía sola y, según habíamos oído decir a mis padres, era frívola. Pensábamos que frívola podía ser una profesión pero no estábamos muy seguras.

En el verano, cuando nos juntábamos varias familias en la casa del pueblo en lo que mi madre llamaba “la tortura de las vacaciones”, Isabel también venía unos días, muy pocos, una breve aparición para saludar, y luego se iba.

Llevaba pintadas las uñas de las manos y de los pies, se ponía unos turbantes de colores en la cabeza y se pasaba el día sentada en el porche estirando primero una pierna, luego la otra, y mirándoselas como si las estuviera comparando a ver con cuál de las dos se quedaba. También se pintaba los labios y luego hacía eso de doblar el de arriba con el de abajo para extender la pintura. Ese gesto nos gustaba mucho y lo imitábamos siempre que podíamos con una barra de cacao.

De vez en cuando se levantaba y se daba un paseo por el jardín con cara de distraída, nos miraba jugar pero sin vernos de verdad o se acercaba a la cocina donde estaban las tontas que sí se habían casado, afanadas en los guisos diarios, y con un cigarro en la mano, decía desde la puerta, sin entrar: “es una cosa…” ¿Qué cosa sería esa cosa a la que se refería? Era muy misteriosa esa frase, la decía bastante, pero para diferentes situaciones, con lo cual no podías encontrar la conexión entre la situación y la cosa.

Ya la admirábamos mucho por lo distinta, elegante y sofisticada que nos parecía pero nuestra admiración subió de grado el día que vino a verla un novio. En moto. El novio se quedó fuera, detrás de la puerta, subido en la moto. Ella se reía echando la cabeza hacia atrás y de su cigarro se elevaban volutas de humo. Cada vez que echaba la cabeza hacia atrás veíamos su cuello que era largo y como decía mi hermana tocándose el suyo, “perfectamente conformado”.

Cuando se fue el novio de la moto fuimos corriendo a preguntarle si se iba a casar con él. Isabel se rió pero no nos contestó. Se fue por el jardín echando el humo a las flores y dando pataditas a las piedras. Por la tarde vino otro novio, éste andando, y la escena se repitió más o menos igual. También le preguntamos si se iba a casar con ese, aunque nos gustaba más el de la moto, pero solo nos contestó con su frase extraña “es una cosa….” Creo que estaba eligiendo, como con las piernas.

Les vuelve locos, qué frívola es, decían las otras tías. Ese verano jugamos mucho a las frívolas, apoyadas en la puerta de la entrada con un palo entre los dedos haciendo de cigarro y los novios imaginarios del otro lado volviéndose loquísimos por nuestros cuellos ¿Qué habría que hacer para ser así? Era lo que queríamos ya para toda la vida en ese momento. En otros quisimos cosas distintas y hasta opuestas, sobre todo yo, que mucho tiempo quise ser mi madre, no una madre sino ella, la mía, exacta.

Pero nada más irse la tía Isabel nuestro mayor y fugaz deseo era un cuello largo para echarlo hacia atrás y dejar salir la risa y el humo en seductoras volutas.