Las frívolas

Teníamos una tía, Isabel, la hermana pequeña de mi madre, que no se había casado. Y lo mejor: no se había casado porque no le había dado la gana. Vivía sola y, según habíamos oído decir a mis padres, era frívola. Pensábamos que frívola podía ser una profesión pero no estábamos muy seguras.

En el verano, cuando nos juntábamos varias familias en la casa del pueblo en lo que mi madre llamaba “la tortura de las vacaciones”, Isabel también venía unos días, muy pocos, una breve aparición para saludar, y luego se iba.

Llevaba pintadas las uñas de las manos y de los pies, se ponía unos turbantes de colores en la cabeza y se pasaba el día sentada en el porche estirando primero una pierna, luego la otra, y mirándoselas como si las estuviera comparando a ver con cuál de las dos se quedaba. También se pintaba los labios y luego hacía eso de doblar el de arriba con el de abajo para extender la pintura. Ese gesto nos gustaba mucho y lo imitábamos siempre que podíamos con una barra de cacao.

De vez en cuando se levantaba y se daba un paseo por el jardín con cara de distraída, nos miraba jugar pero sin vernos de verdad o se acercaba a la cocina donde estaban las tontas que sí se habían casado, afanadas en los guisos diarios, y con un cigarro en la mano, decía desde la puerta, sin entrar: “es una cosa…” ¿Qué cosa sería esa cosa a la que se refería? Era muy misteriosa esa frase, la decía bastante, pero para diferentes situaciones, con lo cual no podías encontrar la conexión entre la situación y la cosa.

Ya la admirábamos mucho por lo distinta, elegante y sofisticada que nos parecía pero nuestra admiración subió de grado el día que vino a verla un novio. En moto. El novio se quedó fuera, detrás de la puerta, subido en la moto. Ella se reía echando la cabeza hacia atrás y de su cigarro se elevaban volutas de humo. Cada vez que echaba la cabeza hacia atrás veíamos su cuello que era largo y como decía mi hermana tocándose el suyo, “perfectamente conformado”.

Cuando se fue el novio de la moto fuimos corriendo a preguntarle si se iba a casar con él. Isabel se rió pero no nos contestó. Se fue por el jardín echando el humo a las flores y dando pataditas a las piedras. Por la tarde vino otro novio, éste andando, y la escena se repitió más o menos igual. También le preguntamos si se iba a casar con ese, aunque nos gustaba más el de la moto, pero solo nos contestó con su frase extraña “es una cosa….” Creo que estaba eligiendo, como con las piernas.

Les vuelve locos, qué frívola es, decían las otras tías. Ese verano jugamos mucho a las frívolas, apoyadas en la puerta de la entrada con un palo entre los dedos haciendo de cigarro y los novios imaginarios del otro lado volviéndose loquísimos por nuestros cuellos ¿Qué habría que hacer para ser así? Era lo que queríamos ya para toda la vida en ese momento. En otros quisimos cosas distintas y hasta opuestas, sobre todo yo, que mucho tiempo quise ser mi madre, no una madre sino ella, la mía, exacta.

Pero nada más irse la tía Isabel nuestro mayor y fugaz deseo era un cuello largo para echarlo hacia atrás y dejar salir la risa y el humo en seductoras volutas.

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66 comentarios en “Las frívolas

  1. En todas las familias ha habido una tía frívola. En mi caso particular, era una tía que vivía en Vigo, muy moderna, y que vivía, así la llamaban, con una amiga. Gran conversadora y espíritu libre donde los hubiera.

  2. Qué bueno. Aún siendo yo hombre y no fumar ni echar volutas, me siento identificado en buena medida. Y eso que nunca me han venido a ver novios subidos en moto. “Es una cosa…” realmente es una frase muy enigmática y además multiusos para muchas situaciones, tiene su trampa. Muy bien narrado, como siempre, puedo imaginarme a esos niños admirados y fascinados imitándola, y a ella comparando sus dos piernas. Me identifico con ese momento de asomarse a la cocina y ver a las casadas preparando guisos: “Que os den, ahí estáis pringando con las cazuelas para toda vuestra prole”. “Les vuelve locos…”…algunas mujeres, o muchas, son así y me parece más que genial, la vida puede ser un juego de seducción, a veces de eterna búsqueda e incluso contradicción y soledad. Isabel tenía su coco a años luz de esos familiares…

  3. La verdad es que la frase era un poco tonta pero le valía para escaquearse o para no responder a lo que no quería. Muy buena tu definición de lo que puede ser y de hecho es la vida, a veces. Otras es otras cosas, o una cosa… Besos

    1. Sí, claro, y también podría haber usado la frase de “éste es uno…” como decía Cruyff. Te dejo que tengo montones de cosas por hacer. Que te aproveche ese ramo de 12 sardinas, ya tendría que haberte llegado…Besos.

      1. mi madre tenía una prima que los usaba, vivía en Portugal y era el colmo de la sofisticación. Tenía, además, un descapotable y cuando yo miraba las fotos alucinaba 😀 😀 😀

      2. Era chiquito el coche y en la foto ella estaba como sentada o estirada, no acabo de estar segura, sobre el capó con un pantalón pirata, si la encuentro, te la paso 😀 😀 😀

  4. Cuando me voy de viaje, al regresar siempre busco tus entradas para leerlas y pienso que te superas en cada una de ellas. Esta me ha encantado.
    Yo he tenido una de “esas tías” y era así, tal cual. La envidia de mis hermanas y la mía. Sobre todo porque se pintaba los labios cuando nosotras aún no podíamos hacerlo 😉 😉
    Besetes, guapa!

  5. La verdad es que todo(s) tu(s) relatos(s) es(son) una cosa…desde el cuello hasta las piernas. Aunque juraría que tu cabeza es lo mejor (dejando a un lado el corazón, que se ve que es de calidad suprema) Un beso, Paloma.

  6. Yo tengo una tía de esas. Cuando era niña la buscaban en moto, de un club de motos y la veía irse montada en la parte de atrás de una de las motoras con uno de ellos. Era toda una escena de película, los tipos uniformados con chaquetas color crema con flecos y ella, hermosa como una diosa. Pues ya es viejita, se casó cuando quiso, enviudó y ahora tiene novio. Es una cura hablar con esa mujer tan modernuca para su época.

  7. Es que los cuellos largos, y más si están “perfectamente conformados”, dan mucho juego a la elegancia, qué duda cabe…
    Te lo decía en otra entrada, tienes ese don de hacernos identificar con algo de lo que escribes. He leído varios comentarios de compis que dicen haberse sentido un poco “tía Isabel”. Yo, mientras te leía, no dejaba de pensar “espero no acabar siendo así” 🙂
    Besos.

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