Día: 29 mayo, 2016

El jaspeado

Mi madre tenía el vicio del punto. Por mucho que ella lo disfrazara de obligación la verdad es que era más una obsesión. Un vicio, claramente. En cuanto tenía un rato libre, sacaba de un cesto las agujas y las lanas y se ponía a tejer. Hasta de pie y paseándose de un lado a otro podía hacerlo. De paso, le servía de aislamiento porque un gran drama vital era que se le saliera un punto o que perdiera la cuenta de las vueltas y eso pasaba si la distraímos.

Mientras tejía hablaba consigo misma de lo que iba haciendo, dándose instrucciones. Una palabra que decía a menudo y que a mí me gustaba oír porque me sonaba a lunas era menguar. Menguaba mucho. El de tejer puede parecer un vicio bastante inofensivo pero, como todos, tenía sus efectos secundarios: no paraba de traer jerseys al mundo.

Una clara superpoblación de jerseys de lana nos estaba invadiendo. Todos teníamos el nuestro exclusivo y único y a veces hasta más de uno. Aunque se daba mucha importancia desplegando patrones y haciendo como que innovaba, todos eran prácticamente iguales. Picaban, eran feos, llevaban ochos por delante y nos uniformaban dándonos el aspecto de unos niños de Sonrisas y Lágrimas todavía más pensosos que los originales.

Abrigan muchísimo, con esto no váis a pasar frio, nos decía con gran satisfacción. Cuando le quedaban restos de lanas hacía uno que ya era el colmo de la fealdad y que se llamaba el jaspeado. Si te tocaba ese ya te podías ir preparando para las burlas de tus hermanos y para llevar todo el invierno una prenda horripilante puesta encima. Si protestabamos porque era feo, ella ya lo sabía, nos decía que abrigaba igual que los otros y se quedaba tan ancha. Al parecer la estética no era importante en su vida. Si mi padre le regalaba un bolso nunca decía qué bonito sino que lo sopesaba y se alegraba si cabían muchas cosas dentro.

Llevaba ya dos temporadas librándome del jaspeado cuando me cayó en suerte. Justo acababa de enamorarme de uno de los chicos de los bloques de enfrente que tenía los ojos azules. De los de nuestra hilera de bloques casi nunca nos enamorábamos, estaban demasiado vistos, pero los de enfrente aún poseían un halo de misterio. Además nos amenazaban con piedras y palos, lo que contribuye bastante al amor. Mi hermana enseguida se dio cuenta, a ella no le parecía guapo: te gusta el besugo, idiota.

Pues sí, me gustaba el besugo y mucho y, para colmo tenía que llevar el jaspeado a la vista porque todavía no hacía frío para taparlo con un abrigo. Había que librarse de ese jersey como fuera. Así que, siguiendo una máxima de mi padre que decía que a un niño, si le das tiempo, puede tirarte con una uña una pared, fui lentamente horadando en su centro con el dedo hasta que en tres días conseguí hacerle un buen boquete. No dije nada porque enseguida lo vería y lo tiraría a la basura, el lugar que le correspondía. Odiaba que fuéramos rotos, sucios o sin peinar. Lo vio: qué raro, se te ha roto, te lo habras enganchado con algo. Trae que te lo coso.

Ahora no sólo tenía que llevar el jaspeado sino que además tenía un zurcido de lo más tosco justo en el centro. Aún con esa desventaja, en una de nuestras peleas de amor odio con los de enfrente, el de los ojos azules me retorció un brazo apretándome muy fuerte. Seguramente yo también le gustaba un poco y si no hubiera llevado puesto el jaspeado y mi hermana no le hubiera gritado ¡cara de besugo, suéltala!, quién sabe si el retorcimiento de extremidad con fuerte apretón no podría haber acabado en la primera pasión de mi infancia.