Día: 30 mayo, 2016

Ejército indisciplinado

Los vecinos de la puerta A, la nuestra era la B, se arrancaban por menos de nada a cantar el Cara al Sol. También eran familia numerosa y en cuanto celebraban un cumpleaños, ganaba su equipo, el Madrid, o porque sí, formaban filas y entonaban el cántico. Lo de que formaban filas es un decir porque no los veíamos, pero sí los oíamos y perfectamente a través de los tabiques finísimos de las casas mal construídas de nuestro barrio.

Si mi padre no estaba en casa no pasaba nada, sólo nos reíamos o mi madre comentaba que ya les había dado el ataque a los Carapeto. Se apellidaban así por lo que tenían que aguantar constantes bromas con su nombre. Pero si mi padre estaba en casa se ponía tan furioso que daba miedo. Esto no hay quien lo aguante, cantan para provocar, hay que hacer algo, decía abandonando su esquina del sofá y levantándose a dar vueltas nerviosas por la casa.

Pues ya sé, yo a estos les voy a enseñar la Internacional y a ver quién grita más fuerte. A ver, venid todos, se canta así: “arriba parias de la tierra, en pie los esclavos sin pan”. Venga, lo repetís bien fuerte.
No es así, le corregía mi madre que a veces era un poco repelente, es famélica legión. Y se ponían a debatir sobre las versiones y cuál era mejor.

Estaba claro que en la puerta B no teníamos tanta organización como en la A y la Internacional se quedaba en un inicio mal cantado, mi madre nerviosa porque era amiga de la Carapeto, se intercambiaban entre otras cosas patrones de jerseis, y unas cuántas preguntas nuestras.

Por ejemplo qué era un paria, a lo que nos respondía que nosotros y que también lo era el Carapeto y toda su familia aunque no lo supieran. Si no fueran parias no vivirían aquí, explicaba señalando con el brazo el descampado que se veía tras la ventana.

Ser paria no estaba tan mal, en ese barrio éramos felices y podíamos jugar en la calle con todos los otros parias que también parecían bastante felices. Y lo de esclavos sin pan era una clara exageración, o bien de mi padre o de la canción. No éramos esclavos, teníamos pan todos los días, también galletas y hasta rosquillas que hacía mi abuela.

Como veía que la Internacional, con tantas pegas, no estaba teniendo mucho éxito, probaba a contraatacar con otra. Pues el Gernikako Arbola, esa les va a joder y sí os la sabéis porque os la he puesto en el coche a punta pala. Eso de “a punta pala” era una expresión muy suya. Pero no nos la sabíamos, ni él tampoco porque, aunque había nacido en Bilbao y vivido allí hasta los veinte años, no sabía hablar el esukera. Solo nos sabíamos las dos primeras frases y mal. Mis hermanos, aburridos de que los tuviera ahí parados, empezaban ya a hacerse pases con la pelota que siempre llevaban adherida a los pies o a iniciar sus juegos de apuestas.

Cuánto nos das si vamos a la puerta del Carapeto, se la escupimos y le tiramos un mejunje en el felpudo. Gamberradas no, decía mi madre sin soltar su punto, los niños son vuestros amigos.
¿Por cuánto os beberíais el pis de su perro?, seguía otro de mis hermanos empezando otro de sus juegos, el “por cuánto”, consistente en proponer algo muy asqueroso que estaríamos dispuestos a hacer a cambio de un precio. No se podía decir que por nada, eso era no saber jugar.

Mira, ya se han callado, ya no cantan, decía de pronto alguno, deseoso ya de abandonar el ataque musical al enemigo. No cantan ahora pero volverán y nosotros a callarnos, como siempre, toda la vida callándome, refunfuñaba mi padre volviendo al sofá, toda la vida trabajando como un idiota y callándome. Pues no entiendo cómo todavía no os habéis aprendido el gernikako arbola, es un himno precioso, a un simple árbol, lo mejor de este mundo.

Y se ponía él solo con una voz muy grave que tenía y con la que quería sonar como el Orfeón donostiarra en pleno, a cantar las dos primeras frases mientras los demás nos íbamos dispersando como el ejército chapucero e indisciplinado que éramos. Parias con rosquillas para merendar.