Mes: mayo 2016

¡Por fin!

Sí, ¡por fin!, por fin puedo entrar aquí y hablar un rato, con lo que a mí me gusta. Cinco entradas seguidas se ha marcado la de los cuadernos y a las demás, que nos den. Esa señora mete primera y a largar tan ricamente. Estoy de sus recuerditos de infancia, de sus evocaciones y de sus remembranzas (es todo lo mismo pero para que veáis cómo le doy al sinónimo) hasta dónde yo te diga. No te lo digo.

Que nosotros también existimos, me refiero a los personajes primigenios. Somos como la sopa de la que surgió todo esto, las partículas elementales, el big bang del blog. Existe Eva, el Toni, el Jacobín, la Patricia, la Noe y, sobre todo y ante todo, atención primicia, existen los de Alfa Centauri. Que me han contestado a mis cartas, sí, ahora mismo lo cuento.

Esta mañana, estaba yo sintiéndome muy desgraciada en el interior del quiosco, porque a primera hora de la mañana es así como me siento, luego se me va pasando y algún rato hasta soy feliz, cuando he visto dentro del refrigerador, enrollada en un Calipo (marca de polo, para el que no lo sepa) una hoja de papel que me lanzaba destellos. La he desenrollado con manos temblorosas, al observar que estaba escrita, y tras ponerme las gafas del enfocamiento sin las que veo menos que Pepe leches, he leído:

Querida Esmeralda la terrícola: hemos visto tu video del silencio en el youtube y nos has parecido tan fermosa, galana y asaz lozana (cágate, en castellano antiguo y todo) y de una inteligencia tal, que nos hemos decidido a escribirte. Queremos que sepas que.

Ya está, ahí se corta la comunicación. Eso me ha sentado un poco mal, ¿qué es esto, alfacentaurinos, una misiva interruptus? Será que ellos escriben así o que se les ha ido la cobertura. Sí, ya sé que no os creéis que se trate de ellos pero tengo tres pruebas irrefutables de que la carta no es de aquí, de la Tierra nuestra. Una, ya nadie escribe cartas en papel. Dos, ya nadie escribe a mano. Tres, ya nadie escribe sin faltas. Ja, chúpate el perro o esa mandarina, ¿son o no son los de alfacentauri?

Y ahora voy a comerme el calipo mientras contemplo el esplendor primaveral y aguardo el advenimiento de la siguiente carta procedente de allende las galaxias.

Esto sí que ha sido bonito de leer, ¿a que sí? Podéis pedirme que haga un libro como a DM. Vale, ya que insistís tanto, sí, lo voy a hacer, pero no será barato. Id ahorrando.

Próximamente, en los mejores amazones, el libro de la Esme. Con una sartén de regalo. Antiadherente en sus tiempos, ahora se le pega todo. Como a mí. Adiós.

El libro de los rostros

A mi padre le dio una temporada por leer un libro titulado «Caracteriología fisionógmica». Se lo había comprado en una de las casetas de libros viejos de la Cuesta de Moyano donde iba algunos domingos por la mañana a pescar, decía. Normalmente pescaba literatura pero ,a veces, se traía libros que él llamaba de aprendizajes.

Ese libro pertenecía a esa categoría y explicaba, a través de dibujos y no mucha base científica, cómo era la personalidad de cada cual, según los rasgos de su cara y la forma de ésta. Rostro, nos corregía él. Le debía de parecer que rostro era más profesional que cara.

No era lo mismo tener unos ojos juntos que separados, una frente ancha que estrecha, unas orejas despegadas o al contrario. Todo lo que éramos o seríamos o podíamos llegar a ser estaba dibujado en nuestra cara. O rostro.

Él se lo tomaba muy en serio y se aplicó al estudio de ese libro en sus ratos libres, más bien pocos. Decía que esos conocimientos le iban a venir muy bien en su trabajo, en el trato con los clientes y colegas, para saber por dónde iba cada uno y actuar en consecuencia.

Lo que me imaginaba, decía cerrando el libro de golpe, Fernández Romillo es un ambicioso, esos labios finos…O: estaba claro, Tabarrés se aproxima al cretinismo. Así fueron cayendo en desgracia prácticamente todos los de su mundo laboral. Seguramente, ya habían caído antes y el libro solo le servía para reafirmar sus teorías previas.

Gracias a la detallada información del libro, donde estaban dibujadas narices, bocas,mentones, ojos, frentes de todos los tipos y diferentes combinaciones de todo ello, iba examinando caras, especialmente las de los que le caían mal. Casi ninguno se salvaba de llevar horribles defectos esculpidos donde más se ven.

Elena, Elena, gritaba de pronto, alarmado, llamando a mi madre. Tu hermano, tu hermano.

¿Mi hermano qué, que viene a comer?

No viene y mejor que no venga. Es materialista, glotón y puede que putero. Esto último lo decía por lo bajo. Los labios bembones, los tiene. Clavados, clavados.

Pero qué dices, si Andrés es una bellísima persona, ¿Y por qué no analizas la cara del tuyo?, le contestaba mi madre, molesta. Pero él se encendía un cigarro y sin hacer caso seguía leyendo el libro aquel.

Y al rato: Elena, Elena, el médico, hay que cambiar de médico.

Pero, ¿por qué? Yo estoy contenta con don Pedro, te trató la úlcera.

Se curaría sola, él no fue, no termina lo que empieza, es cobarde, mira este mentón retraído, el suyo, el suyo.

Así siguió durante bastante tiempo hasta que se cansó de ese aprendizaje, seguramente porque ya nos tenía fichados a todos y abandonó el libro. Algunas tardes de lluvia que no sabíamos muy bien qué hacer, lo sacábamos de la estantería y nos estudiábamos las caras unos a otros en busca de rasgos delatores.

No descubrimos nada demasiado anormal ni significativo en ninguno, hasta en eso éramos del montón, excepto mi hermano segundo que tenía claramente mandíbula de asesino. Él intentó aprovecharlo a su favor para intimidarnos, pero no lo consiguió demasiado.

Era un potencial asesino demasiado cotidiano, iba en pijama, tomaba colacao con galletas espachurradas dentro, ni pizca de miedo daba.

(Cuaderno de DM)

Del montón

Algo que nos preocupaba bastante era saber con certeza y seguridad si éramos guapas o no. Y caso de serlo, en qué grado: guapas simplemente, muy guapas o las más guapas. La última opción estaba prácticamente descartada porque ya teníamos unas primas rubias que lo eran. Si ellas eran las más guapas, no podíamos serlo nosotras también.

Aunque el espejo te podía dar información, lo más importante era la opinión de alguien con autoridad y experiencia. Por ejemplo, una madre. Así que se lo preguntamos y obtuvimos un rápido diagnóstico: éramos normales. Esa respuesta no nos gustó demasiado, por lo que seguimos insistiendo

¿Cómo de normales?

Normales del montón, dijo ella con esa expresión suya de estar pensando en otra cosa. Éramos su ruido de fondo.

Del montón, yo no quería ser de ningun montón. Un montón era algo horrible en conjunto, incluso aunque estuviera formado por elementos buenos. Un montón estaba compuesto de cosas en desorden, tiradas unas encima de otras. Montón me recordaba a esas marañas de ropas de las rebajas en las que mil manos rebuscan. Yo no quería ser un trapo de rebajas que alguien, depués de mucho hurgar, se lleva a casa más por lo barato que es que porque le haya gustado de verdad. Ser del montón era una mierda y se me saltaron las lágrimas de pura rabia.

Cuando lloraba, mi hermana, que era dura y raramente manifestaba sus emociones, me señalaba con el dedo y se reía, lo que me hacía llorar más. Eso hizo en ese momento. Después me llamó idiota alargando mucho la a pero, a continuación, le siguió preguntando a mi madre. A ella tampoco le había gustado nada lo del montón, solo que no lo quería reconocer.

¿Pero estamos en la parte de arriba del montón, en la del medio o en la de abajo?

Lechuga, tomates, pollo…esas eran las típicas contestaciones de mi madre, vivía perdida entre alimentos y sus combinaciones.

Que si arriba o que si abajo, gritó mi hermana, enfadada. ¿Tirando a feas como las primas Mugidos o tirando a guapas como las rubias?

¿Qué?, dijo mi madre saliendo por un momento de su mundo alimentario. No me grites, siempre gritas. Y tú, pesada, deja de llorar, siempre lloras. Sois las dos normales, estáis sanas, qué más queréis.

Sanas, vaya consuelo era estar sanas, todo el mundo estaba sano, el estar sano iba con el cuerpo, hasta las primas Mugidos que eran horrorosas y parecían dos vacas estaban sanísimas. No pensaría que podíamos ser felices dentro de un montón, asfixiadas entre otras montoneras sanas, disfrutando de nuestra normalidad sin aspirar a nada más.

Al parecer sí lo pensaba aunque era muy difícil saber qué pensaba de verdad, sobre todo cuando se asomaba a la ventana y suspiraba mirando al cielo. Tal vez a ella tampoco le gustaba ser del montón, estaba harta de vivir en él y de vez en cuando necesitaba sacar la cabeza, sentirse única, respirar.

(Cuaderno de DM)

El primo Cándido

Al primo Cándido le pusieron ese nombre sin saber que se plegaría a él y viviría siempre siendo lo que el nombre le había dicho que fuera. Era mucho mayor que nosotros, para mí un viejo caduco de veinte años o más, pero seguía yendo al colegio y pegando cromos de fútbol en un álbum.

Cuando estaba en casa se arrimaba a la ventana y retransmitía la realidad con todo el detalle y la minuciosidad de la que era capaz, que era bastante. Decía: viene el señor del perro negro, lleva una bolsa, los tres niños rubios corren, se encienden las farolas, llueve, llueve, llueve, se mueve una hoja, se mueve otra hoja, están haciendo una obra, pum, pum, pum, con las herramientas. Pájaros, nubes, el camión del pan, sacan el pan. Y así iba narrando,más bien para nadie, lo cotidiano de la vida.

Como vivíamos en la casa de enfrente, una tarde a la semana nos obligaban a ir a visitarlo. Cuando estábamos cruzando la calle sabíamos que nos estaría mirando por la ventana y anunciando nuestra llegada, lo cual era un poco inquietante. Supongo que para compensarnos por lo pesado y aburrido que era estar con él, su madre nos servía unas meriendas buenísimas y así, de paso, conseguía retirar a Cándido de la ventana y que se callara un rato.

Lo pasaba mal porque no podía comer a nuestra velocidad y cuando iba a coger algo que le gustaba con sus manos lentas, ya había desaparecido del plato. Pero no se enfadaba, sólo decía mirando a la lámpara y levantando los brazos: dame paciencia, dame paciencia, frase que seguramente oía con frecuencia a su madre porque ella se ponía un poco nerviosa y colorada cuando él la pronunciaba. Y así seguía durante bastante tiempo, le costaba mucho salir de una situación y entrar en otra.

Después de merendar, para que no se notara que sólo íbamos a comer, mirábamos un rato con él por la ventana. Una de las veces que estábamos mirando y deseando irnos a la vez, se cayó una señora y aunque todos nos reímos, a él ese incidente le produjo tal emoción y risa que pensamos que se iba a morir. Daba alaridos, hipaba y se daba palmadas en la cabeza, todos ellos síntomas clarísimos de muerte inminente. Se salvó gracias a que uno de mis hermanos le dio un golpe seco en la espalda y detuvo el ataque.

Una tarde, por el camino de vuelta a casa, mi hermana Elena, la mayor de las chicas, dijo que ella no pensaba volver a esa casa porque el primo Cándido, como quién no quiere la cosa, le había tocado el culo. De todas formas, ninguno tuvimos que volver porque Cándido se murió de golpe cuatro días después. No supimos si de risa, porque alguien más se había caído por la calle y no había nadie en ese momento para darle el golpe salvador en la espalda, o de cualquier otra cosa de las que, tonta e inesperadamente, provocan la muerte.

(Cuaderno de DM)

Mila

Una de las dos abuelas, la flaca, Mila, era muy joven. Era tan joven que perfectamente habría podido ser nuestra madre. No le gustaba ser abuela ni que le llamáramos abuela, teníamos que decir Mila. Si nos llevaba a algún sitio y alguien nos preguntaba, estaba completamente prohibido, bajo terribles amenazas, revelar nuestro parentesco. Si detectaba que se nos iba a escapar o incluso antes de detectarlo, como preventivo, nos daba unos pisotones que nos clavaba al suelo y mientras nos retorcíamos, ella sonreía coquetamente sin levantar el tacón silenciador.

Un día nos llevó a una de mis hermanas y a mí al Corte Inglés, lugar que le apasionaba. Mientras ella mareaba a los dependendientes pidiendo que le sacaran cosas que luego no compraba, esa era otra de sus aficiones, nosotras levantábamos la falda a las maniquís para ver si alguna llevaba bragas. Con ese entretenimiento nos fuimos alejando de Mila hasta que nos perdimos.

Mi hermana se puso muy contenta porque uno de sus deseos era quedarse toda una noche encerrada allí y campar a sus anchas por los distintos departamentos, pero a mí me entró miedo de no poder regresar a casa nunca más y me eché a llorar. Nos llevaron a un mostrador y cada cierto tiempo decían nuestros nombres por megafonía, anunciando que nos habíamos perdido. Entre la emoción de oír mi nombre por un micrófono y los caramelos que nos regalaron se me pasó bastante la angustia, aunque de vez en cuando lloraba un poco, para recordar que estaba viviendo una tragedia y no desaprovecharla del todo con placeres menores.

Al rato vimos llegar a Mila, muy sofocada, por las escaleras mecánicas. Por primera vez en su vida admitió públicamente que era la abuela, pero, al verla tan joven, no la terminaban de creer. Nos preguntaron a nosotras que, siguiendo sus mil veces repetidas indicaciones, dijimos que no, que nuestra abuela estaba gorda, se llamaba Martina y era vieja. Y era verdad, esa era la otra.

Inexplicablemente, nos dió otro de sus tremendos pisotones clavándonos con furia el tacón con poderes, hasta hacernos confesar.

(Cuaderno de DM)

Sección de calzado

Cómo odiaba acompañarla a comprar zapatos y cuánto tiempo pasaban comprando zapatos o, más bien, yendo a buscarlos, a mirar. Ella, entre otros muchos males, tenía lo que se conoce un tanto ridículamente como «pies delicados» y le costaba mucho encontrar el calzado adecuado.

Cómo se aburría en esos recorridos por todas las zapaterías del barrio y luego en las de los barrios colindantes. Pues ella, a medida que empeoraban las dolencias de sus pies y de paso todas las demás, sin rendirse ni conformarse, ampliaba el territorio a explorar.

Cómo detestaba tener que contestar a preguntas del estilo de»¿qué tal estos, son muy feos o pasables, qué te parecen estos otros, te gustan esos de medio tacón, qué sería mejor: una bota cerrada, cordones, cuña, ante o tafilete? Nunca supo qué era el tafilete y la palabra en sí le resultaba repelente.

Cómo le dolían sus propios pies y también la cabeza después de esos periplos en busca del zapato inexistente, porque ella nunca encontraba nada a su completo gusto y qué malhumorado, rabioso y con la sensación de que le estaban robando vida se sentía.

Por el camino de vuelta, imaginaba la felicidad de una existencia sin ella, sin sus pies delicados y sus múltiples problemas de salud, con tiempo para él, caminando a zancadas rápidas por las calles, liberado al fin del peso de ese brazo agarrado al suyo.

Por eso era extraño que en los últimos meses le hubiera dado por acercarse cada tarde, al menos unos minutos, a la seccción de calzado de los grandes almacenes. Allí, acomodado en uno de esos asientos circulares y mullidos, al lado de mujeres que se probaban zapatos con desesperación y de hombres con cara de mortal aburrimiento, escuchaba las familiares preguntas que aplacaban su nostalgia.

Cómo añoraba la palabra esa: tafilete.

(Cuaderno de DM)

La youtuber

Pensaba que iba a encontrarme a la Esme tal y como la dejé la semana pasada: escribiendo sus epístolas chifladas a los alfacentaurienses. Pues no, hoy estaba con otro entretenimiento aunque ella prefiere llamarlo proyecto empresarial.

Digo, Esme, ¿qué haces tan de mañana temprano?, si te estás grabando, tanto que quieres que se lleven los extraterrestes al inventor del palo del selfie y mírate ahora, haciendo el panoli como todo bicho viviente, más no pensante, necesariamente.

Esto no es un selfie, garrula, me contesta en su más escogido y amistosos estilo, esto es el primero de una serie de vídeos que voy a colgar en youtube para promocionar mi novela total, esa que me escribí en una tarde, ¿te acuerdas? Así que no me distraigas y chupa el perro.

¿Que haga qué cosa?, le pregunto con gran extrañamiento.

Lo que me temía, me salta ella, no conoces la expresión. Me alucina lo poco puesta que estás pese a lo joven que eres. Sin embargo, yo, una tarrilla sin remedio, sé lo que se lleva y cómo utilizarlo. Chupa el perro es la expresión de moda, la ha instaurado un youtuber y, ¿sabes qué? que el libro de ese chaval ha triunfado en la feria de Buenos Aires dedicada a Borges, de ese carcamal ya no se acuerda nadie, que chupe el perro. Lo malo es que la expresión ya no la puedo utilizar pero, qué más da, me inventaré otra. Será por idioteces.

No termino de entender tus planes, Esmeralda, hija.

Pues está clarísimo, primero me hago famosa como youtuber y luego les coloco la novela a toda mi legión de seguidores cretinos. Ya sé que me vas a decir que estoy un poco mayor para estos menesteres de adolescentes, pero ya sabes que no creo en la edad como límite. Allá que voy, rompiendo mi propio techo de cristal, a lomos de un hashtag, la idiotez imperante en el mundo va a ser mi catapulta. Ya no importa que no tengas nada interesante que comunicar, lo importante es cómo lo vendas. Estoy nerviosa, ¿qué digo, qué digo?

No digas nada, Esme, dicho ya está todo. Creo que podrías triunfar con un video de silencios, solo tú mirando al vacío. Yo se lo he dicho en broma pero ella se lo ha creído.

Sí, me parece muy buena idea, se me pone, y poco trillada, pero al final sí tengo que soltar alguna frase tonta y pegadiza, en ella está la clave del triunfo y la puerta hacia la viralidad. Chupa el perro es muy buena pero ya no la puedo usar y chupa el gato me gusta pero se aproxima peligrosamente al plagio, ¿no crees?

Entonces, ¿ya ni quieres ser santa ni ponerte en contacto con los extraterrestres?

Quiero todo, no renuncio a nada, hermana y compañera en esta vida aburda y pasajera. Tirita y estremécete Mario Vargas Llosa, tus ventas van a ser mera calderilla al lado de mi novelón insustancial, se pone a gritarle a los árboles. Estoy contenta, creo que esta vez sí que sí que sí.

¿Sí que sí que si qué?

Que sí que chupes el perro, Eva, me contesta riéndose muy locamente antes de ponerse a grabar su vídeo del silencio.

Esto va de mal en peor, majos.

Las tías fluviales

Teníamos unas tías que vivían en una ciudad con río, un río de verdad, no como el de Madrid, un río caudaloso y vivo. Esas tías venían todos los meses de mayo a pasar unos días a nuestra casa, con gran susto de mi madre, que ya antes de que llegaran se ponía nerviosa y empezaba a decir, «a ver cuándo se van, a ver cuándo se van, son muy buenas pero muy pesadas y no saben irse».

Una de ellas era muy ancha y pechugona con unas piernas muy finas que le salían de los costados. Se llamaba Leonor pero mis padres le llamaban el Armario cuatro cuerpos y luego, para abreviar, la Cuatro. A la otra, Mercedes, le pusieron de apodo la Sota de bastos porque era alta, tiesa y de gesto serio.

La Cuatro y la Sota nos traían de regalo unos caramelos llamados adoquines y una caja de galletas surtidas pero a cambio teníamos que dejar que nos llenaran las mejillas de manchas de carmín y que nos asfixiaran con abrazos muy largos y apretados como si fuéramos niños objeto.

La mayor parte del día se lo pasaban sentadas en el sofá haciendo lo que ellas llamaban «sus cosas», que no era nada visible, y hablándonos del río como si fuera un hijo ya crecido al que hubieran dejado solo y del que no se fiaban lo más mínimo. Esperemos que no haga nada, decía la Sota. Esperemos que se comporte, le contestaba con cara de disgusto anticipado la Cuatro.

Y a continuación pasaban a relatarnos sucesos relacionados con el río que siempre acababan en alguna muerte truculenta, pues según ellas era un río furioso al que había que temer. En esos sucesos casi siempre aparecía una de las dos como protagonista estelar desafiando y venciendo con misteriosos poderes al río mítico y evitando así muchas más muertes y desgracias.

Era un poco extraño que la Cuatro y la Sota, con sus sombras azules sobre los párpados, su olor a perfume mareante y sus labios pintados de lo que ellas llamaban «coralino» fuesen la especie de heroínas fluviales que aseguraban ser pero tal vez tenían poderes ocultos y se transformaban cerca de su río en intrépidas supermujeres.

Para confirmar si lo que nos contaban era cierto le preguntábamos a mi madre pero ella sólo repetía, «son buenas pero muy pesadas, no saben irse, no saben irse», frase que no respondía en absoluto a lo que queríamos saber sobre las misteriosas tías que hacían cosas invisibles, tal vez almacenar fuerzas para enfrentarse al río, sentadas en el sofá.

(Cuaderno de DM)

Poema desastre

Los poemas son como cajones vacíos, puedes guardar en ellos todo lo que quieras. A este he decidido meterle unas lilas. Me gustan las lilas por lo bien que huelen aunque duren tan poco. Me va a quedar un poema de lo más perfumado y efímero. Ya lo tengo, aquí están las efímeras y perfumadas lilas en el poema-cajón, pero ahora me parece poca cosa. Lilas solas, así, sin más, solo dan forma a un poema soso y que nada dice.

Debería añadirle algo malo, introducir cualquier elemento desagradable para darle fuerza, intensidad poética, y de paso contrarrestar a las lilas que son bonitas pero, admitámoslo, también bastante cursis. Que no se diga, ahí va con todo su peso pesado una buena ración de cansancio de la vida. Me sacudo las manos y miro dentro: lilas y cansancio de la vida.

El caso es que no termina de convencerme porque la vida me cansa y a veces hasta la aborrezco pero también la amo y la amo mucho. Por eso vuelco dentro una dosis de amor similar a la que puse de cansancio. Suavemente cae, haciendo un ruido como de arena, alegre.

Cierro el cajón ya más satisfecha con la composición pero al rato recelo, ¿no se estarán peleando esos dos por ver cuál prevalece? Merodeo alrededor dudando y de golpe abro, para pillarlos. Lo que me temía, se han peleado y ahora hay sangre por las esquinas y un revoltijo informe que ya no se sabe qué es. Ahora se parece más a la vida sin poemar: manchada, sudorosa, confusa y nunca lineal ni igual a sí misma. Luminosa a veces, oscura otras.

Y las lilas del inicio, vaya desastre, están espachurradas al fondo. Para el próximo poema que no se me olvide: lo malo a un lado del cajón, lo bueno al otro y las flores siempre al final, siempre encima. O fuera, en un jarrón.

(Cuaderno de DM)

Tercera carta a los alfacentaurenses

Queridos:

Mucho estáis tardando en responder a mis misivas. Comprendo que la distancia es larga y por ello os disculpo. Como podréis comprobar en el sobre, le he puesto a esta carta el sello de urgente, no se trata de un adorno como tal vez vuestras mentes poco desarrolladas e infantiloides o todo lo contrario, yo qué sé, hayan podido pensar: es urgente. Y mucho.

En el paquete que quiero que lanzéis al agujero negro, gracias de antemano, (qué fina me pongo cuando quiero), tenéis que incluir también, junto a la bicicleta estática o pedaleando encima para que ocupe menos sitio, a un señor llamado Donald Trump. Lo distinguiréis fácilmente por su peinado. Representa un serio peligro para la vida en la Tierra y planetas colindantes, el vuestro incluído, ¿acaso no habéis oído hablar del efecto mariposa? Pues eso.

Para el siguiente viaje os tengo preparado otro paquete hasta los topes de personal indeseable, entre los que se halla en lugar destacado el inventor del palo del selfie, pero de eso ya hablaremos otro día. No quiero abusar de vuestra confianza ni desestabilizar la nave por un exceso de peso, no vaya a ser que no podáis despegar, éramos pocos y parió el alfacentaurino. Probablemente necesitéis otro agujero negro, id mirando por ahí. Por cierto, la abducción temporal de mis hijos y de los hijos de unas cuantas amigas mías sigue en pie. Podéis utilizarlos para estudiar las absurdas y molestas costumbres humanas durante la etapa de la adolescencia.

Aquí es primavera, por si os interesa saberlo, una especie de estación adolescente, también, nunca sabe una a qué atenerse con ella. ¿Tenéis estaciones en vuestro planeta, tenéis cuerpos que enferman y se deterioran con el paso del tiempo, tenéis cuerpos, tenéis paso del tiempo? Me interesaría saberlo, no pregunto por preguntar ni por matar el rato antes de que el rato me mate a mí, pregunto por verdadero interés científico y por si me tengo que trasaladar de domicilio antes de que sea demasiado tarde.

Espero que esta vez estéis más diligentes y respondáis a mis demandas en un tiempo prudencial, o sea, ya mismo, leches.

Atentamente: Esmeralda la terrícola.