Mes: mayo 2016

Suplicios los míos

Me están entrando unas ganas irresistibles de irme a vivir sola y dejar plantados en el sofá, en sendas macetas, al Toni de mis amores y a la Noe Miranda de mis amistades íntimas desde nuestra más tierna infancia. Si ya por separado no te lo ponen fácil, los dos juntos y en espacio reducido son una prueba difícil de superar.

El Toni solo deja a un lado el libro de poesía con el que nos martiriza para ver el fútbol. Dice que el susodicho deporte también es poesía y de la buena. Además de pasión, arte, inteligencia,elegancia, magia, belleza y no sé qué más.

Sí, ja, se pone la Noemi, este con tal de no levantarse del sofá ya no sabe qué inventarse. Antonio, jeta, haz algo, lleva los platos por lo menos, ¿hasta cuándo dura la champions esa? Menos mal que enseguida es juernes y me voy de marchuqui y luego viene ¡el finde!

¿Qué tres espantos ha sido capaz de colar en una misma frase?, se sobresalta el Toni sin apartar por ello la vista del terreno de juego. Me ha parecido oír juernes, marchuqui y finde , el simplismo analfabeto de esta mujer no conoce límites.

Ah,no, yo límites no me pongo porque hay que apuntar alto, eso te lo digo, Eva. Ya me tengo preparado el conjunto de la Kahleesi para el juernes. Es que últimamente no hago más que ver khal drogos por la calle y por eso.

¿No serán hipsters lo que tú ves, Noe?

Lo que sean, me da igual. Qué rollo el fútbol, si siempre es lo mismo, todos estos tíos corriendo detrás de una bola, ellos lo llaman esférico, pues vale, y ahora goooool, gooool porque han metido la bola en el hueco, o el esférico en la portería, que más da, vaya cosa. Y mírale cómo se pone este, si parece que le va a dar algo, alucino, de verdad. El cholo Simeone me da morbo pero no lo suficiente, me aburro, ¿falta mucho para que se acabe la copa de Europa?

Creo que voy a cometer un crimen, me dice el Toni en voz baja, si me encarcelan tampoco me importa tanto. En el trullo se puede leer y te dejarán ver los partidos también. Sí, matar a la Noemi es la solución a unos cuantos de mis males.

Pero como era el descanso del partido se ve que en vez de tomarse la molestia de asesinarla que, al fin y al cabo tiene que ser un trabajo bastante pesado, ha decidido mejor volver a su libro y a sus recitativos, «maldita es la vida, maldición es conocerla. Cada hora cambia no sólo la hora sino lo que en ella se crea y así pasa la vida, entre el vivir y el ser».

Toma del frasco lo que acaba de decir, me da un codazo la Noe en todo el costillar, me meo viva con lo que lee, con la de libros que hay y le da por los versículos, de eso operaron al tío Paco, de los versículos del colon. No es lo mismo, ¿verdad? A veces hay cosas que se llaman igual pero no son lo mismo, ya me he dado cuenta. Lo que no sé cómo lo aguantas, yo la le hubiera asesinado a cámara lenta. No me digas que mañana hay fútbol otra vez. Madre mía qué suplicio.

Para suplicios los míos.

Pepe

En verano el campillo se llenaba de espigas. Al arrancarlas se transformaban en flechas que se clavaban en la ropa y en el pelo. Por la tarde llegaba Pepe subido en una bicicleta roja, derrapaba levantando polvo y se reía. Hubiera querido que me lanzara a mí todas las espigas, a nadie más.

Pero Pepe más que nada era un guerrero y repartía los espigazos entre todos, sin hacer distinciones, con la única intención de ganar. Casi siempre vencía porque era el más rápido corriendo y agachándose, el de la mejor puntería y los más hábiles saltos.

¿Y a mí qué su victoria? Yo me iba quitando a manotazos las espigas clavadas que pinchaban y picaban a la vez y hacía como que me interesaba el juego, corriendo de un lado a otro, fingiendo esquivar ataques, participando a medias.

Mi atención no estaba puesta en la batalla ni mis fuerzas dedicadas a la lucha en equipo, sólo me importaba uno de los soldados, para colmo enemigo: Pepe el de la bici roja, el de las rodillas costrosas, el que una noche en el hueco de la mano llevaba una luciérnaga.

(Cuaderno de DM)

Señora de los huevos

Había una señora, antes de llegar al cruce, que vendía huevos en su casa porque tenía un patio con gallinas. Como no había que atravesar la calle ancha nos mandaban a las dos más pequeñas a comprar huevos allí, sin acompañamiento. La mujer se llamaba Consuelo pero era conocida como la señora de los huevos y su apodo siempre iba seguido de risas. No importaba que el chiste estuviera muy visto, había que reírse y todos nos reíamos una y otra vez sin importar la repetición.

La señora de los huevos tenía un marido al que nadie llamaba por su nombre porque era simplemente el marido de la señora de los huevos. Y dos hijos a los que le pasaba lo mismo. Los tres estaban siempre dentro de la casa, en una esquina del comedor, sentados de medio lado como esperando algo que no se sabía qué era. El marido era tan pequeño que parecía de juguete pero los hijos eran muy grandes y muy feos. Mi padre decía que los chavales eran un poco obtusos.

La señora de los huevos tambien era grandota y fea, con un boquete en la frente. Mis hermanos, a los que les gustaba bastante asustar, nos contaron que era una herida de bala hecha por los hijos, aunque en realidad era la cicatriz de una operación cerebral. De todas formas, que le hubieran tenido que trepanar el cráneo era casi más terrorífico que la historia inventada del disparo. Se ponía muy contenta cuando nos veía llegar con las hueveras de cartón en la mano y salía al patio por una puerta trasera, hecha de tiras colgantes de tela, para recoger los huevos.

El marido de juguete y los hijos feos se nos quedaban mirando sin decir nada. El marido se reía con cara de tonto intentando ser amable, los hijos no. En ese momento la mentira de mis hermanos se volvía verdad, iban a sacar la escopeta y nos iban a llenar la frente de boquetes o sólo nos harían uno, justo en el centro, redondo y profundo, como el de su madre.

Pero ella regresaba enseguida, anticipándose a nuestra imaginada masacre, con la huevera llena y hacía un gesto a los hijos para que alargaran la mano y sacaran unas gomas del cajón de un mueble que tenían detrás. Los obtusos obedecían lentamente sin dejar de mirarnos y luego ella las colocaba alrededor de la huevera haciendo la onomatopeya de goma: un chasquido con la lengua al poner la primera goma y otro al colocar la segunda. El marido seguía riéndose, pequeño y esquinado.

Qué ganas de salir de esa casa, de alejarnos de la mirada densa de los obtusos, de llegar a la nuestra y anunciar que ya volvíamos de la misión, que habíamos ido a casa de la señora de los huevos y que todos se riéran con el chiste repetido disolviendo así la tensión, uno de esos chistes a los que el uso, en vez de gastarlo, da fuerza.

(Cuaderno de DM)