Mes: mayo 2016

Pepe

En verano el campillo se llenaba de espigas. Al arrancarlas se transformaban en flechas que se clavaban en la ropa y en el pelo. Por la tarde llegaba Pepe subido en una bicicleta roja, derrapaba levantando polvo y se reía. Hubiera querido que me lanzara a mí todas las espigas, a nadie más.

Pero Pepe más que nada era un guerrero y repartía los espigazos entre todos, sin hacer distinciones, con la única intención de ganar. Casi siempre vencía porque era el más rápido corriendo y agachándose, el de la mejor puntería y los más hábiles saltos.

¿Y a mí qué su victoria? Yo me iba quitando a manotazos las espigas clavadas que pinchaban y picaban a la vez y hacía como que me interesaba el juego, corriendo de un lado a otro, fingiendo esquivar ataques, participando a medias.

Mi atención no estaba puesta en la batalla ni mis fuerzas dedicadas a la lucha en equipo, sólo me importaba uno de los soldados, para colmo enemigo: Pepe el de la bici roja, el de las rodillas costrosas, el que una noche en el hueco de la mano llevaba una luciérnaga.

(Cuaderno de DM)

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Señora de los huevos

Había una señora, antes de llegar al cruce, que vendía huevos en su casa porque tenía un patio con gallinas. Como no había que atravesar la calle ancha nos mandaban a las dos más pequeñas a comprar huevos allí, sin acompañamiento. La mujer se llamaba Consuelo pero era conocida como la señora de los huevos y su apodo siempre iba seguido de risas. No importaba que el chiste estuviera muy visto, había que reírse y todos nos reíamos una y otra vez sin importar la repetición.

La señora de los huevos tenía un marido al que nadie llamaba por su nombre porque era simplemente el marido de la señora de los huevos. Y dos hijos a los que le pasaba lo mismo. Los tres estaban siempre dentro de la casa, en una esquina del comedor, sentados de medio lado como esperando algo que no se sabía qué era. El marido era tan pequeño que parecía de juguete pero los hijos eran muy grandes y muy feos. Mi padre decía que los chavales eran un poco obtusos.

La señora de los huevos tambien era grandota y fea, con un boquete en la frente. Mis hermanos, a los que les gustaba bastante asustar, nos contaron que era una herida de bala hecha por los hijos, aunque en realidad era la cicatriz de una operación cerebral. De todas formas, que le hubieran tenido que trepanar el cráneo era casi más terrorífico que la historia inventada del disparo. Se ponía muy contenta cuando nos veía llegar con las hueveras de cartón en la mano y salía al patio por una puerta trasera, hecha de tiras colgantes de tela, para recoger los huevos.

El marido de juguete y los hijos feos se nos quedaban mirando sin decir nada. El marido se reía con cara de tonto intentando ser amable, los hijos no. En ese momento la mentira de mis hermanos se volvía verdad, iban a sacar la escopeta y nos iban a llenar la frente de boquetes o sólo nos harían uno, justo en el centro, redondo y profundo, como el de su madre.

Pero ella regresaba enseguida, anticipándose a nuestra imaginada masacre, con la huevera llena y hacía un gesto a los hijos para que alargaran la mano y sacaran unas gomas del cajón de un mueble que tenían detrás. Los obtusos obedecían lentamente sin dejar de mirarnos y luego ella las colocaba alrededor de la huevera haciendo la onomatopeya de goma: un chasquido con la lengua al poner la primera goma y otro al colocar la segunda. El marido seguía riéndose, pequeño y esquinado.

Qué ganas de salir de esa casa, de alejarnos de la mirada densa de los obtusos, de llegar a la nuestra y anunciar que ya volvíamos de la misión, que habíamos ido a casa de la señora de los huevos y que todos se riéran con el chiste repetido disolviendo así la tensión, uno de esos chistes a los que el uso, en vez de gastarlo, da fuerza.

(Cuaderno de DM)