Día: 1 junio, 2016

Madres gallinas

Todos queríamos tener perro o gato o las dos cosas. Los Carapeto tenían un pastor alemán muy guapo. A mi padre no le gustaba, decía que era un perro de la Gestapo y que le olisqueaba los zapatos con aviesas intenciones. Otros vecinos también tenían mascota. Lo pedíamos casi todos los días y varias veces, insistiendo hasta la pesadez, pero no nos hacían caso. Sí, lo que nos faltaba, bichos por la casa. Esa era mi madre, para ella todos los animales eran bichos

Lo que sí teníamos era un canario en una jaula que se llamaba Txoria, pájaro en euskera, aunque le llamábamos Chorizo. Nos tenía manía a todos y en cuanto nos acercábamos a la jaula abría las alas y hacía un ruido muy feo y amenazante con el pico. Ahora entiendo la agresividad de Chorizo, vaya porquería de vida que tenía. Solo, enjaulado y rodeado de humanos pirados.

Entonces se me ocurrió una idea buenísima que no sabía cómo no habíamos pensado antes ninguno: podíamos tener pollitos si incubábamos los huevos de la nevera. Se lo dije a mi hermana y se entusiasmó tanto como yo, cosa rara porque siempre mis ideas le parecían idiotas o si le gustaban les daba la vuelta para hacerlas suyas. Por fin tendríamos mascota y seríamos madres a la vez. Ella quería ser madre para castigar a sus hijos y yo por que sí, para hacer cosas de madres como bañarlos, principalmente. A mis hermanos no se lo dijimos porque ellos no podían incubar, eran gallos. Además estaban jugando al fútbol, como siempre.

Sacamos dos huevos de la nevera, los envolvimos en toallas y nos sentamos encima con mucho cuidado de no aplastarlos, en realidad no nos sentábamos del todo por lo que la postura requería mucho esfuerzo. Qué aburrida, incómoda y pesada era la gestación, no habíamos caído en eso. Cada cinco minutos nos levantábamos a mirar. ¿Te ha nacido el tuyo? Este todavia no. Y volvíamos a lo mismo. Si notas un ruido como de que araña con el pico, me avisas. ¿Notas ruido? Pues no, el pollo estaba dormido, lo más seguro.

Ya no nos estaba pareciendo tan buena la idea. Como a la hora de cenar no habían venido al mundo los hijos pollos, los colocamos encima del radiador. Eso se le ocurrió a mi hermana, había que meterles calor para que se asfixiaran dentro y así quisieran salir a respirar. Ese era el truco del nacimiento, si estaban confortables jamás querrían salir a este mundo tan poco cómodo.

Mientras cenábamos la tortilla francesa de casi todas nuestras noches, con un poco de asco, al fin y al cabo era un potencial hijo mascota batido y espachurrado lo que nos estábamos comiendo, oímos gritar a mi madre, presa de la histeria ¿Por qué hay dos huevos en el radiador y unas toallas tiradas en el suelo? Se alteraba mucho cuando encontraba cosas fuera de su sitio, por eso vivía en constante estado de alteración. Castigadas, me tenéis harta. A la cama.

A la cama era su castigo preferido, claramente porque le beneficiaba a ella. Estaba deseando que hiciéramos algo medio mal para mandarnos a dormir. Si no hacíamos nada, nos daba la cena prontísimo para acelerar nuestra desaparición temporal. Y en verano, cuando los días eran muy largos, cerraba las persianas de golpe, clausuraba el día cual diosa del Tiempo y daba por instaurada la noche y el toque de queda.

El caso es que nos fuimos a la cama bastante apenadas con nuestra frustrada maternidad o lo que fuera eso. Mi hermana enseguida se consoló porque era de las que nunca admitía sus fracasos. Los pollos son idiotas, no te siguen si les llamas y se mueren enseguida. Mejor que no hayan nacido. Bueno, visto así, hasta tenía un poco de razón aunque yo al mío, durante el aburrimiento de la incubación, ya le había puesto nombre y apellido, no el mío, otro más de pollo, y eso hacía que la pérdida fuera más profunda. Además a mí me gustaba sufrir un poco, sufrí un rato disfrutando del dolor y me dormí.

Para resarcirnos, al día siguiente sacamos a Txori de la jaula y le dimos un baño dentro de una taza. Así yo cumplía mi sueño de bañar seres y después secarlos diciéndoles cositas tiernas y mi hermana el suyo de regañar y castigar. Definitivamente, la vida de Chorizo fue siempre un infierno.

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