Día: 3 junio, 2016

El guarro

A nuestro barrio le faltaban muchas cosas. Al principio no tenía aceras y el suelo era una arena gris que se convertía en barro si llovía o en un polvo que se pegaba a los zapatos si el tiempo era seco. Luego, poco a poco, las fueron poniendo. Tampoco había llegado el metro y para desplazarse al centro había una única línea de autobús a la que la gente llamaba la camioneta. Si se nos ocurría decir “la camioneta” mi madre nos daba una colleja, “no digáis eso, paletos, es un autobús”. No quería que nos integráramos demasiado,pues su objetivo era salir de ahí cuanto antes. El nuestro no.

Porque pese a que faltaban muchas cosas, servicios, según mis padres, de otras teníamos en abundancia, como calle libre para jugar por donde no pasaban coches. También tuvimos durante bastante tiempo un exhibicionista que hacía la ronda dentro de un coche aunque lo compartíamos con los otros barrios de alrededor, tampoco era para nosotros solos.

El exhibicionista, un señor de apariencia normal, llegaba en coche a primera hora, lo aparcaba cerca de los colegios o por el camino que conducía a ellos y a las horas de paso de los niños, se desnudaba. No hacía nada más, solo quedarse quieto en pelotas dentro del coche, como mucho alguno contaba que le había dicho hola.

Por culpa del señor exhibicionista volvieron a acompañarnos al colegio fastidiándonos bastante. Las madres hacían turnos de acompañamientos hasta que una de ellas, que sólo tenía dos hijos, lo cual era poquísimo comparado con la mayoría, se ofreció a hacer todos los viajes.

La obsesión de esa mujer era la dentición. A sus dos hijos, unos mellizos, les habían salido unas palas delanteras enormes que les sobresalían por encima del labio. En vez de llevarlos al dentista, seguramente no tenía dinero para eso, confiaba en que a todos los demás nos pasara lo mismo y así seríamos el barrio de los niños conejo y problema resuelto.

Todo el camino al colegio iba mirándonos los dientes, especialmente a mí, tenía puestas en los míos sus esperanzas, ya que aún no estaban del todo fuera. A cada momento se paraba, me sujetaba la cabeza entre las manos, me la echaba hacia atrás y me hacía abrir la boca con el deseo de que mis palas crecieran y crecieran. Te va a pasar lo mismo, me decía poniendo una falsa cara de disgusto, tienes una boca muy pequeña y los dientes te están saliendo grandes.

A los cinco minutos repetía la operación. A ver, déjame mirar otra vez. Como si pudieran crecer por el camino. Varios días llegamos tarde al colegio por culpa de sus exploraciones bucales. Consiguió que me preocupara y que me pasara el día mirándome los dientes en el espejo del baño. Según mi hermana, si me salían de conejo me tendría que casar con los niños roedores, probablemente con los dos, puesto que eran mellizos.

Para colmo, nunca habíamos visto al guarro ni pasado miedo y asco como la mayoría de los niños. No es que estuviéramos interesadas en su anatomía, pero tampoco queríamos ser las más tontas del lugar. No haberse encontrado nunca con él era como decir que nunca habías visto el mar o pisado la Puerta del Sol, de pardillas totales. Por eso un día, aprovechando que la madre de los mellizos estaba examinando los dientes de otro niño, escapamos del grupo y echamos a correr como dos locas hacia el colegio.

Queríamos verlo y a la vez no. Por eso corríamos con los ojos entrecerrados.
El corazón me latía tan fuerte por el miedo al guarro que de verdad pensé que si me paraba lo vomitaría y de inmediato sería niña muerta. La única ventaja que veía a morirme en ese momento era librarme del matrimonio con los hermanos dentones. Justo cuando ya estábamos llegando, mi hermana gritó, “lo he visto, lo he visto, estaba ahí, en un coche al lado del árbol, no mires, yo tampoco he mirado, que no mires, ¿lo has visto ya sin mirar?, pues corre, corre.

Por fin podíamos integrarnos plenamente en la sociedad porque lo habíamos visto, sin verlo. Antes de entrar al colegio me toqué los dientes con el dedo, no fuera que por ahí viniera la temida marginación que acabábamos de evitar por el lado del guarro. Por suerte, seguían discretamente en su sitio.

Anuncios