El guarro

A nuestro barrio le faltaban muchas cosas. Al principio no tenía aceras y el suelo era una arena gris que se convertía en barro si llovía o en un polvo que se pegaba a los zapatos si el tiempo era seco. Luego, poco a poco, las fueron poniendo. Tampoco había llegado el metro y para desplazarse al centro había una única línea de autobús a la que la gente llamaba la camioneta. Si se nos ocurría decir “la camioneta” mi madre nos daba una colleja, “no digáis eso, paletos, es un autobús”. No quería que nos integráramos demasiado,pues su objetivo era salir de ahí cuanto antes. El nuestro no.

Porque pese a que faltaban muchas cosas, servicios, según mis padres, de otras teníamos en abundancia, como calle libre para jugar por donde no pasaban coches. También tuvimos durante bastante tiempo un exhibicionista que hacía la ronda dentro de un coche aunque lo compartíamos con los otros barrios de alrededor, tampoco era para nosotros solos.

El exhibicionista, un señor de apariencia normal, llegaba en coche a primera hora, lo aparcaba cerca de los colegios o por el camino que conducía a ellos y a las horas de paso de los niños, se desnudaba. No hacía nada más, solo quedarse quieto en pelotas dentro del coche, como mucho alguno contaba que le había dicho hola.

Por culpa del señor exhibicionista volvieron a acompañarnos al colegio fastidiándonos bastante. Las madres hacían turnos de acompañamientos hasta que una de ellas, que sólo tenía dos hijos, lo cual era poquísimo comparado con la mayoría, se ofreció a hacer todos los viajes.

La obsesión de esa mujer era la dentición. A sus dos hijos, unos mellizos, les habían salido unas palas delanteras enormes que les sobresalían por encima del labio. En vez de llevarlos al dentista, seguramente no tenía dinero para eso, confiaba en que a todos los demás nos pasara lo mismo y así seríamos el barrio de los niños conejo y problema resuelto.

Todo el camino al colegio iba mirándonos los dientes, especialmente a mí, tenía puestas en los míos sus esperanzas, ya que aún no estaban del todo fuera. A cada momento se paraba, me sujetaba la cabeza entre las manos, me la echaba hacia atrás y me hacía abrir la boca con el deseo de que mis palas crecieran y crecieran. Te va a pasar lo mismo, me decía poniendo una falsa cara de disgusto, tienes una boca muy pequeña y los dientes te están saliendo grandes.

A los cinco minutos repetía la operación. A ver, déjame mirar otra vez. Como si pudieran crecer por el camino. Varios días llegamos tarde al colegio por culpa de sus exploraciones bucales. Consiguió que me preocupara y que me pasara el día mirándome los dientes en el espejo del baño. Según mi hermana, si me salían de conejo me tendría que casar con los niños roedores, probablemente con los dos, puesto que eran mellizos.

Para colmo, nunca habíamos visto al guarro ni pasado miedo y asco como la mayoría de los niños. No es que estuviéramos interesadas en su anatomía, pero tampoco queríamos ser las más tontas del lugar. No haberse encontrado nunca con él era como decir que nunca habías visto el mar o pisado la Puerta del Sol, de pardillas totales. Por eso un día, aprovechando que la madre de los mellizos estaba examinando los dientes de otro niño, escapamos del grupo y echamos a correr como dos locas hacia el colegio.

Queríamos verlo y a la vez no. Por eso corríamos con los ojos entrecerrados.
El corazón me latía tan fuerte por el miedo al guarro que de verdad pensé que si me paraba lo vomitaría y de inmediato sería niña muerta. La única ventaja que veía a morirme en ese momento era librarme del matrimonio con los hermanos dentones. Justo cuando ya estábamos llegando, mi hermana gritó, “lo he visto, lo he visto, estaba ahí, en un coche al lado del árbol, no mires, yo tampoco he mirado, que no mires, ¿lo has visto ya sin mirar?, pues corre, corre.

Por fin podíamos integrarnos plenamente en la sociedad porque lo habíamos visto, sin verlo. Antes de entrar al colegio me toqué los dientes con el dedo, no fuera que por ahí viniera la temida marginación que acabábamos de evitar por el lado del guarro. Por suerte, seguían discretamente en su sitio.

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42 comentarios en “El guarro

  1. Jajaja, es difícil resaltar un párrafo o una línea tronchantemente surrealista. Todas lo son. Lo bordas. Qué pena que me falle la memoria infantil / adolescente, porque los recuerdos los tengo repartidos en otras cabezas y es necesario encontrarme con algún familiar o viejo amigo para que los rescate, vía evocación y los reconstruya, así voy yo con mi álbum.

      1. Mi padre nunca suministro nada en vida y mi madre siempre tuvo planeta propio, no se enteraba de nada, ahora tiene 86 y no sabe ni quién es pero despacha con Napoleón todos los días, toda la vida fue muy afrancesada (de gustos y ensoñaciones) Hace años la llevé a París una semana y no se le olvida nunca, está más que amortizado el viaje 🙂

      2. Qué graciosa, es muy tierna la historia del viaje a París y sus confianzas con Napoleón. Un beso, Antonio, pasa buen fin de semana.

  2. Recuerdos de niñez… bien parecida a la mia, solo que nosotros no teníamos un guarro al que echar mano. Bueno haberlos los había, guarros y guarras, y estaban entre nosotros, eran de nuestra misma especie, por asi decirlo. Recuerdo especialmente a uno que… pero esa es otra historia 🙂

  3. Me encanta 😀 ¿Cuántas historias de críos no han empezado con uno que ve o cree ver algo y luego el resto se lo inventa de pura envidia y al final tienes a un grupo entero jurando que había un fulano a la puerta del cole vendiendo droga, y tienes ahí a la poli buscando como pasmarotes? xD

    En serio, genial.

  4. En donde quiera hay pervertidos de esos… Jajaja… Cerca de mi colegio había uno que se sacaba el aparato y lo enseñaba. Horror!!! Pero son cosas que las niñas tenemos que ver, supongo.

  5. Jajaja…hoy no te he podido leer hasta las tantas y no sabes cómo he echado de menos el hacerlo antes. Vaya tela, entre el guarro y la obsesionada con las palas dentales. Esta mujer estaba pero que muy mal de la olla. Suscribo lo que dice Icástico, todo es genial y es difícil resaltar un párrafo por su nivel de genialidad o comicidad. En mi infancia y mis trayectos al colegio no hubo guarros ni guarras. Sí recuerdo, y de esto hace poco, a un señor que se paseaba absolutamente desnudo por el centro de Barcelona, principalmente por las Ramblas y por todo lo que es el paseo de la Barceloneta, que ya toca al puerto y al mar, lleno de terrazas y bares y que como te podrás imaginar cuando llega el buen tiempo está petadísimo de gente. Pues él, un hombre ya bastante anciano y escuálido, ahí estaba caminando en pelota picada, era lo único que hacía. Yo llegué a escuchar que es perfectamente legal hacerlo, no sé si las leyes habrán cambiado. Ah sí, me acabo de acordar. Y teníamos una vecina, en un bloque de enfrente, bastante ida de la olla y que le daba a la botella, que salía a tender la ropa en bolas -de anciana nada, la tipa estaba bien relativamente- y si te pillaba mirándola encima te caía la gran bronca y empezaba a insultarte, cosas como “Sóis unos pajeros de mierda”. Qué gracioso. En fin, me despido aquí en pelota picada, soy un guarrillo digital.

    1. Ya te he rescatado, soy lerda pero no tanto. Yo al guarro no llegué a verlo nunca, solo crei que lo había visto. Menos mal que a ti tampoco puedo verte, mira que te gusta provocar, eh? Pero eres muy simpático. Buenas noches.

      1. Pero…¿provocar, por qué? ¿Qué he dicho esta vez? Es mi manera de hacer broma. Te decía esto por si no sabías andar trasteando en la carpeta de spam, etc. Perdona, pero si no sabes copiar un enlace que es cien mil veces más fácil…Bona nit y gracias, espera que lo compruebo…

  6. ¿Puede ser que el que metía drogas en los caramelos y el guarro fueran la misma persona? Lo cierto es que al primero nunca nadie llegó a verlo.
    PD: Geniales las entradas que acabo de leer, creo que han sido las doce últimas, para ponerme al día, ya sabes que funciono así, aunque te comente solo en una, me han encantado TODAS. Besos.

    1. Jajaja, el mítico señor de los caramelos con droga, siempre me hizo gracia ese personaje. Gracias por leer tantas juntas, tienes mérito!! Mejor comentar solo en una, que son muchas. Un besazo.

  7. Hola. Ayer me leí esta entrada y te dejé un comentario bastante largo, pero se perdió en el limbo. Cuando intenté volverlo a enviar, me dijo que estaba duplicado. Has de tenerlo en tu apartado de spam, como suele pasar a veces. Al final desistí y después apagué el ordenador. ¿Puedes mirar si lo tienes en spam? Si no sabes cómo rescatarlo de ahí puedo explicarte cómo se hace, no es nada difícil. Me gustó esta entrada. Bye, y a ver si éste tiene más suerte…

  8. En mi barrio también había uno. Se asomaba a la ventana y ahí se pasaba horas de pie. A mí, en el fondo, lo que me daba era pena. Pensaba en la clase de vida triste que debía llevar y lo compadecía.
    En tu caso, la que de verdad da miedo es la obsesa esa de los dientes ¡vaya traumas debió crear! 😀 😀 😀

  9. A los exhibicionistas de mi niñez les llamaban sátiros. Se ve que la gente de mi barrio tenía una formación más literaria y todos conocían, sin hacer ostentación de ello, la mitología griega y romana. Y no lo digo por tirarme el pegote.

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