Día: 6 junio, 2016

El cuerpo de las frívolas

Nos costaba creerlo, por mucho que ella insistiera y nos lo contara una y otra vez, la abuela Martina, la de los santitos repartidos por la casa y gran apasionada de las apariciones divinas, no podía haber sido la mujer arrebatadora que ella aseguraba que había sido.

Si, hijas, sí, nos decía dándose golpes de abanico, yo era espectacular, guapísima, todos los hombres se enamoraban de mí. Bueno, casi todos. Ese matiz le daba algo de credibilidad pero tampoco demasiada, ¿cómo se iba a enamorar nadie de esa señora gorda, nuestra abuela mullida sobre la que daba gusto recostarse? Estaba volviéndose loca igual que le había pasado a Mila o nos tomaba el pelo.

Pero ella seguía muy seria: lo pasé mal, no os creáis, porque muchos sufrieron por mí y hacer sufrir no es algo que me guste pero qué iba a hacer si se enamoraban. Tenía tantos donde elegir que tardé mucho en decidirme pero, al final, escogí al abuelo. Eso sí que ya nos desconcertaba del todo, con lo feo que era el abuelo, había elegido fatal. Tanta frivolidad y tanta belleza para acabar casándose con el abuelo Tomás que aunque era muy bueno y a mí me enseñó a leer, entre otras diversiones, no se ajustaba a nuestra idea de una buena elección.

Intrigadas por saber si la guapa todavía vivía debajo de esas carnes arrugadas, le estirábamos la cara con las manos para ver si aparecía. No aparecía, sólo era la cara de la abuela estirada. Ya de paso, aprovechábamos para espachurrarle los brazos porque los tenía muy gordos y blandos. Ante tanto sobo, ni se inmutaba, seguía contándonos sus hazañas como rompecorazones sin dejar de mover el abanico, mientras le contábamos las varices de las piernas. Mira, aquí tiene otra, nos decíamos como si hubiéramos descubierto un nuevo río en ese mapa geográfico.

Todo en ella nos llamaba la atención porque en ese cuerpo gastado, viejo y lleno de marcas y señales, había vivido una frívola seductora y eso resultaba sorprendente. Tal vez por eso, porque estaba acostumbrada a lucir sus encantos y ya no los tenía, en cuanto podía, nos enseñaba lo que sí podía mostrar: sus cicatrices.

¿Queréis ver la de la vesícula? La verdad es que no queríamos del todo aunque un poco sí porque éramos algo morbosas, pero era una pregunta retórica y antes de que dijéramos sí o no, ya se había levantado la ropa y nos la estaba enseñando. Luego venía la de la apendicitis y después la del corazón. A corazón abierto, decía con mucho dramatismo señalándose ese costurón.

Si así de recosidos y estropeados quedaban los cuerpos de las frívolas y si después de mucho dudar acababan casándose con un abuelo Tomás cualquiera, ya no le veíamos tanto interés ni tanta ventaja a eso de la frivolidad.

Lo que sí parecía una facultad menos perecedera y por eso más interesante de adquirir era su habilidad para mover el abanico como si fuera un pájaro colorido que le revolaba entre las manos. Y lo mejor, ese chasquido final con el que cerraba el vuelo y que parecía decir, “este es mi cielo y en él hago lo que quiero”.

Eso, un cielo pequeño pero solo nuestro y el poder para entrar y salir, eso sí nos hubiera gustado mucho tener para toda la vida. Aunque un cuerpo frívolo mientras durase tampoco estaba nada mal.