Día: 7 junio, 2016

Primer párrafo

¡Se acabó!, dijo mi padre un domingo, todavía en pijama, todo el mundo a callar que voy a escribir una novela. No quiero ruidos ni peleas de las vuestras. Apartó las lanas de mi madre que ocupaban toda la mesa, sacó unas hojas y un bolígrafo y se sentó en la misma posición que nosotros cuando hacíamos los deberes, con la cabeza ladeada apoyada en una mano.

Todos le mirábamos con mucha atención porque nunca habíamos visto a nadie escribiendo una novela y lo mismo hacía algo interesante. Le dio unas vueltas al bolígrafo en el aire como si estuviera ensayando la escritura aérea y luego continuó en el papel. No tenía ninguna gracia ver a alguien escribir novelas, enseguida nos aburrimos y nos pusimos a jugar con el consiguiente ruido.

Así no se puede, ¿por qué no te los llevas a algún sitio?, le pidió a mi madre que le miraba burlona por detras de sus agujas. ¿A dónde?, preguntó ella un poco escandalizada, no le gustaba salir sola con todos porque decía que siempre liábamos alguna.

Dónde sea, de paseo, a por el pan, a misa. Sí, eso, llévatelos a misa.

Por culpa de la novela empezamos a ir a misa los domingos. Cómo nos aburríamos en esos bancos y cuántos pellizcos de mi madre nos llevábamos para que nos estuviéramos quietos y mirando al cura. Y total, para nada, porque a la vuelta, a pesar del silencio que le habíamos regalado, la novela seguía prácticamente igual, en el primer párrafo.

Ya me he atascado otra vez, se quejaba él, iba muy bien, muy lineal, pero de repente, no sé qué ha pasado que me he quedado ahí, en el momento en el que los pescadores llegan al puerto de Bermeo y están decidiendo si salen o no porque hay mala mar. Si tuviera más tiempo…pero la misa dura muy poco, ¿no hay misas más largas, por qué no os quedáis también a la de doce? Ya están haciendo ruido, no puedo así, es imposible, lo dejo.

Y lo dejaba hasta el siguiente domingo siempre que no fuera él el que se iba a pescar de verdad, pero no a Bermeo, que estaba muy lejos, sino a un río de truchas de la sierra de Gredos. Esos domingos no le importaba nada la novela atascada pero los que se quedaba en casa, sí.

Me pongo, os aviso, ni medio ruido. Sacaba las hojas, hacía su trazo imaginario en el aire antes de empezar y al momento nos mandaba misa con muy mal humor. En una de esas mañanas, mi hermano el del medio hizo la primera comunión sin que nadie se diera cuenta.

Avanzó sigilosamente en la fila detrás de mi madre y de mis dos hermanos mayores y comulgó muy piadosamente. No se nota nada, nos dijo encogiendo los hombros cuando volvió al banco. Lo que sí notó fue el tortazo que le dio mi madre a la salida de misa. Tenía la mano un poco larga pero luego se arrepentía, nos pedía perdón, nos daba besos pesadísimos y se justificaba diciendo que la poníamos tan nerviosa que no sabía ni lo que hacía.

Mi hermano se pasó todo el día llorando porque quería hacer la primera comunión de verdad con todos los de su clase pero eso ya nunca sería posible, si acaso haría la segunda. Tan poco posible como que esos pescadores indecisos salieran de una vez a faenar. Ahí se quedaron varados, hablándose entre ellos en el primer párrafo de esa hoja y mojándose para siempre porque mi padre, por avanzar de alguna manera, les puso lluvia por encima.