Día: 8 junio, 2016

Cero redondo

Una cosa era bailar a nuestro aire en casa de Peti moviendo el cuerpo como nos diera la gana y otra muy distinta era hacerlo en la clase de Manolita, la profesora pesadilla. Mi madre nos apuntó a ballet dos tardes por semana mientras mis hermanos jugaban al fútbol en su colegio. Así se quedaba una hora a sus anchas con su punto y sus pensamientos.

La tal Manolita era una señora que si había sido bailarina en otra vida no se le notaba nada en esta porque parecía una chincheta con moño. Lo que sí se le notaba era lo mucho que le gustaba mandar, disciplinar y los decimales. A estos últimos era aficionadísima. Nos hacía salir al centro de la sala y ejecutar uno de los bailes o sucesión de pasos que previamente nos había enseñado. Luego decía en alto la nota que creía que merecíamos: siete con cuarenta y tres, ocho con cincuenta y cinco o seis con veintitrés, por ejemplo. Nunca eran números exactos y yo nunca llegué al cuatro.

Creo que nos caímos mal desde el primer momento. Siempre venía a corregirme la postura, a estirarme más los brazos, a enderezarme la cabeza o a obligarme a meter tripa como si ella fuese mi corsé viviente. Qué tortura de mujer. En cuanto se daba la media vuelta para corregir a otra, deshacía el arreglo incomodísimo y anormal en el que pretendía que me quedara y volvía a mi ser anárquico.

A mi hermana sí le gustaba el ballet y lo hacía bien, como Manolita quería. Por eso le alababa mucho la pose, en mi caso era postura pero en el suyo pose, y le ponía notas rayando el nueve, como ocho con noventa y ocho. Manolita se paseaba dando vueltas alrededor de la barra donde teníamos que doblarnos para un lado o para el otro diciendo, “esa elegancia, niñas, esa elegancia”. Y dale con la elegancia, qué obsesa de ese concepto tan subjetivo.

Me pasaba la hora mirando el reloj de la pared y deseando que sus agujas se movieran más deprisa. Ahí descubrí lo mucho que le gusta al tiempo llevarnos la contraria y pararse justo cuando más deseamos que fluya. En algunas de esas clases se detuvo tanto que llegué a pensar que nunca saldría de ahí, que sería siempre una niña poco elegante sujeta a una barra, embutida en mallas negras y con los brazos doloridos de tanto estirarlos para no marcar codo, el peor de los delitos.

Pero también ahí descubrí que aunque las cosas aparenten inmovilidad sí se están moviendo, siempre se mueven y tú con ellas porque al final acababa saliendo, arrancándome con furia las mallas y deshaciéndome el moño que me daba dolor de cabeza. Algo también muy bueno que saqué de las torturas manolitenses fue mi primera amiga separada de mi hermana, una amiga solo mía, tan inepta para el baile disciplinado como yo, o puede que más.

Se llamaba Lucía y siempre estaba tirada por el suelo fingiendo que hacía estiramientos pero lo que hacía de verdad era tumbarse en cuanto podía. Si había que moverse a la otra esquina para cambiar de ejercicio, se desplazaba sentada, arrastrando el culo, que siempre llevaba manchado de blanco.

Enseguida admiré su gran capacidad para la vagancia y el escaqueo, ni siquiera se molestaba en disimular, como hacía yo, lo mucho que pasaba del ballet y de la tirana Manolita .Fuimos muchos años amigas inseparables aunque a veces nos odiáramos a muerte, como sólo pueden odiarse los que se parecen y ven reflejados en el otro sus propios defectos. Incluso alguna vez quedábamos a la salida de ballet para pegarnos y así nos desahogábamos de nuestras frustraciones y quedábamos limpias y resarcidas después de dos o tres tortas.

Mi amiga amor-odio sacaba tanto de quicio a Manolita que hasta consiguió que se saliera de su absurda puntución decimal. Porque Lucía, una y otra vez y sin excepción se llevaba el trofeo del cero redondo. A ella le daba risa y eso también era admirable.

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