Día: 10 junio, 2016

Cosas de dentro y de encima

A base de seguir y hasta perseguir a mi madre por los cuartos y pasillos, por si acaso se moría en un descuido, principal terror de mi infancia, descubrí cuál era el objetivo de su vida: quitarse cosas de encima. En realidad ese no debía de ser el objetivo principal sino el medio de llegar a él, una vez que el camino estuviera despejado de todas esas cosas que incesantemente le iban cayendo.

Cada vez que terminaba de hacer algo, lo que fuera, y siempre estaba haciendo algo, decía, “bueno, pues otra cosa que me he quitado de encima”. Ahora ya podía ir a por la siguiente, darle el manotazo y continuar. Su esperanza era un camino limpio y apacible, justo lo que nunca tuvo. A lo mejor por eso, mientras iba quitándose cosas de encima, con su sombra detrás, también decía mucho, “qué vida más perra, chica”. Chica era ella porque no había nadie más y conmigo no estaba hablando.

En esos seguimientos intensivos también descubrí que tenía un cierto miedo de mi padre, no tanto de él, como de su humor cambiante. Cuando se acercaba la hora en la que él volvía a casa, ella empezaba a decir, “a ver cómo viene hoy éste, a ver como viene”.

Y tenía tres maneras básicas de venir: después de haber trabajado como un idiota, esa era aceptable y no había que preocuparse, después de haber trabajado como un gilipollas, ahí ya había que tomar ciertas precauciones, o después de haber trabajado como un cabrón, en ese caso lo mejor era desaparecer. Por desgracia, la última modalidad era la mas frecuente y toda la casa parecía cambiar de ánimo con su llegada, las paredes se estrechaban y el aire se volvía más denso y difícil de respirar.

El mal humor de mi padre, a causa de ese trabajo que no le gustaba nada, era la última cosa del día que tenía que quitarse de encima y creo que la más pesada, también. Para eso nos pedía ayuda tratando de que dejáramos de ser niños y nos convirtiéramos en señores y señoras silenciosos que leían serios tratados sentados sin mover un músculo. Como eso era imposible nos mandaba a la cama para quitarse esa cosa, nosotros, de encima. Tampoco nos importaba demasiado, allí estábamos a salvo del lado oscuro.

Pese a todo creo que ella fue bastante feliz con su vida perra de quitarse cosas de encima. Estaba en su naturaleza serlo, reír por tonterías, cantar, hacerse amiga de la gente y conformarse con poco. Al revés que mi padre, casi siempre insatisfecho, con una acusada incapacidad para estar bien en la mayoría de los sitios, como si el mundo fuera un lugar incómodo hecho de aristas duras que se le clavaban, como si todo le molestara, él mismo, algo que llevaba dentro y que, por eso, por no estar encima sino dentro era imposible de apartar.