Día: 12 junio, 2016

Cuerpo de Cristo

Precisamente por ese afán suyo de acabar cuanto antes con lo que fuera, los cuatro hermanos menores hicimos la comunión a la vez. Mi madre, en su línea pragmática, estaba encantada, “qué bien, nos quitamos cuatro de encima y se terminaron las comuniones”. A mis dos hermanos sí les habían dado unas clases de preparación, pero a nosotras como éramos más pequeñas, no. No importaba, ya nos puso en situación el cura en un par de tardes y al terminar la charla, muy contento, nos dio una torta a cada una. Tengo muy grabado ese tortazo porque no me lo esperaba y me dejó muy sorprendida, ¿por qué nos había pegado? No sé, supongo que le apeteció.

Cuando lo contamos en casa, mi madre dijo que éramos unas exageradas y que eso no era pegar, si acaso había sido un saludo o una imposición de manos. Lo que ella quisiera pero la torta nos la habíamos llevado puesta. Además de la supuesta imposición de su mano en nuestra cara, también nos estuvo explicando en qué consistía el sacramento de la comunión. Menudo lío que nos armamos. Básicamente habíamos entendido que nos íban a poner a Cristo en la lengua para que nos lo tragáramos. Por eso nos teníamos que volver buenas, porque el cuerpo de Cristo, que era Dios, estaría ya en nuestro interior, vigilando. Ya antes nos veía, por algo estaba en todas partes, pero a partir de ese momento nos vería también desde dentro, como una especie de topo infiltrado. No me hacía mucha gracia a mí eso.

De todas formas esa no era nuestra principal preocupación, lo que nos importaba de verdad era la vestimenta. Nos hubiera gustado un vestido de esos cursis, de organdí se llamaban, pero mi madre ya tenía otros planes más austeros para nosotras y, junto con mi abuela, nos estaba haciendo unos vestidos. Sencillos, decían ellas. Feos, traducido a nuestro idioma. Para colmo, nos echaron por encima unas túnicas blancas de monja y con eso puesto nos hicieron fotos: las manos juntas y mirando al cielo con cara de pasmarotes iluminados.

A mis hermanos también les iban a poner una túnica blanca de frailes enanos. El que ya había hecho la comunión por su cuenta estaba muy callado con los preparativos y decía a todo que sí sin protestar porque no quería que se recordara el incidente. Pero el otro, que no tenía que hacerse perdonar nada, se empeñó en que debajo de la túnica tenía que llevar la camiseta del Atleti. Le tuvieron que dejar, era muy cabezota y sabía machacar hasta desesperar al oponente y vencerle de puro aburrimiento. Al final los dos llevaron las camisetas atléticas, para que no hubiera envidias.

Al comulgar tuve un problema con el cuerpo de Cristo, se me quedó pegado al paladar y no me lo podia tragar. No me atrevía a morderlo ni a partirlo por si eso no se podía hacer, tampoco me atrevía a hablar ni a toser ni casi a moverme. Era muy inquietante llevar a Dios dentro de la boca y no saber qué hacer con él. Al final se fue deshaciendo solo y una vez dentro, tenía razón mi hermano, no notabas casi nada en un primer momento, como si Dios tardara un rato en hacer efecto. Pero luego sí, me entraron muchísimas ganas de ser más buena y pacífica y salí de la misa convencida de que era una especie de niña santa súbita. En las escaleras, mi hermana me dio un pisotón, según ella sin querer. Por si acaso, se lo devolví con saña. Llevábamos el ojo por ojo escrito en los genes.

Los regalos por haber hecho la comunión fueron un balón de reglamento para mis hermanos, por lo que se ve la comunión y el fútbol tenían alguna conexión íntima, y una muñeca a nosotras. Todo muy sexista, aunque conmigo el sexismo acertaba de pleno, era prototípica a más no poder.

La muñeca también iba vestida de primera comunión pero ella sí llevaba el traje bonito que hubiéramos querido para nosotras, detalle siniestro y poco comprensible. Cayó en desgracia al momento por mucho cuerpo de Cristo muñeco que, supuestamente, ella también llevara dentro.

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