Día: 13 junio, 2016

Huidas

Ella huía por la ventana muchas veces al día. No sé dónde iba o dónde le hubiera gustado ir pero así, mirando a través del cristal al descampado de enfrente, ni siquiera tenía un lugar bonito donde poner la vista, huía a cada rato. De nosotros, de la abuela Mila y su demencia, de mi padre y sus constantes peticiones y cambios de humor y hasta de ella misma. Eran huidas breves, pequeñas dosis de huida, tragos cortos de semi libertad, lo único que podía concederse, lo que tenía a mano.

Una ventana y al otro lado la luna, las tres estrellas que las luces de la carretera no habían conseguido apagar, las ramas de las raquíticas acacias moviéndose con el viento, remolinos de polvo, nubes de pequeños mosquitos, franjas de sol, la luz roja y morada del atardecer. Todo eso le servía de alimento, de punto de apoyo para escapar. A veces la ventana era insuficiente y entonces decía que salía un momento. Enseguida la acosábamos, ¿dónde vas, cuándo vuelves, vas a tardar mucho? A un recado, esa era la excusa para salir a la calle y dar la vuelta a la manzana, recorrer las hileras de bloques, tampoco había mucho más que recorrer, llegar hasta el final donde estaba el puente que cruzaba la carretera y volver. Volver siempre. ¿Dónde iba a ir?

Cuando se enfadaba decía que un día se iba a marchar, “cualquier día de estos hago la maleta, salgo por esa puerta y me voy”. Como lo decía demasiado, era una de esas frases amenaza mil veces repetida como la de “os voy a castigar” gritada sin dirección determinada, perdía fuerza y sentido. En cuanto empezaba a decir su “cualquier día de estos”, le terminábamos la frase entre risas y ella también se reía. Nunca nos habría abandonado, nos quería, sólo huía mentalmente, tal vez se imaginaba cómo podría haber sido su vida sin nosotros, se estaba inventando otra ella sin ataduras, alguien nuevo, que no necesitara asomarse a la ventana a cada rato.

Cuando volvía de sus ausencias tenía durante unos segundos una mirada rara pero enseguida recuperaba su espíritu práctico y volvía a ser nuestra madre ocupada y presente, metida de lleno en el torbellino de la casa, de la vida. Sin embargo había algo en ella, una fisura, un punto de fuga, una grieta por dónde podía escaparse.

Por eso me asomaba a la ventana a su lado para saber qué era lo que miraba, dónde estaba el peligro o el placer oculto. Ella me empujaba con el codo y me llamaba pesada, quería estar sola, pero yo no siempre me iba, precisamente porque era pesada, pesadísima. Así me aficioné yo también a las ventanas, a escaparme mirando y a proteger con codazos mis huidas.

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