Día: 14 junio, 2016

Lectura y repelencia

El año que mi hermana empezó el colegio pidieron al abuelo Tomás que me hiciera de guardería ambulante. Así yo no daba la lata en casa y él tampoco en la suya. Era un hombre muy metódico y organizado además de madrugador. A las nueve de la mañana ya estaba llamando a la puerta. Se suponía que íbamos a un parque cercano pero nunca fuimos a ese parque, sólo lo rodeábamos. Mira, el parque, tiene un columpio y un tobogán, me señalaba como si fuera un guía turístico de los suburbios cada vez que pasábamos por delante, más bien rápido para evitar posibles tentaciones.

Ahora cruzamos por el puente y nos subimos al autobús, me anunciaba a continuación. Le gustaba ir adelantándose a todo para que no hubiera imprevistos, no era partidario de las sorpresas ni de los cambios de planes. Cuando estemos arriba del puente te va dar vértigo pero tú no te preocupes porque el puente no se cae, no mires hacia abajo, siempre adelante.

Me parece que esas instrucciones eran para él mismo porque yo no tenía vértigo aunque luego sí lo tuve y mucho, no sé si influenciada por el suyo. Así iba explicando punto por punto y en tiempo real lo que íbamos a hacer o ya estábamos haciendo. Todos los días hacíamos lo mismo.

El autobús terminaba en la Puerta del Sol y eso también me lo decía mañana tras mañana, este autobús termina en Sol, el kilómetro cero. Ni idea de qué quería decir lo del kilómetro cero pero me parecía un dato muy importante que le daba mucha emoción al paseo. El recorrido siempre era igual: bajábamos por la calle Arenal hasta Ópera y subíamos por Mayor hasta Sol. Así tres o cuatro veces.

Por el camino me enseñó a leer usando de libro los carteles de las tiendas. Al principio no es que leyera, es que me sabía de memoria los rótulos que correspondían a cada una de tanto oírselo y lo repetía en voz alta haciéndome la sabihonda. Él se impresionaba mucho pero no de mi inteligencia sino de sus dotes docentes. Qué bien se me da enseñar, has aprendido sin darte ni cuenta gracias a mí.

Y sí que me enseñó de verdad después de unos meses, aprendí sin darme ni cuenta como decía él, antes que mi hermana que sí se estaba dando cuenta en el colegio con una cartilla que le daba muchos sudores y disgustos. Esa habilidad precoz me trajo consecuencias un tanto desagradables. Porque un día el abuelo quiso exhibirme y exhibirse él, de paso, y me puso a leer el periódico delante de todos mis hermanos como si fuera un fenómeno de feria.

Leí tres o cuatro titulares y pensaba seguir porque creía que mi actuación lectora estaba gustando, hasta que uno dijo: “que se calle ya la repelente”. Me quedé con el mote de la Repelente o, peor, la Repelencias durante un buen tiempo. Y además, mi hermana, que era muy envidiosa y a la que un simple mote no le parecía castigo suficiente, tiró por la ventana a mi muñeca preferida, la Piojosa, llamada así porque estaba muy vieja y tenía pelos de estropajo. En la caída desde el sexto en el que vivíamos, se le salió un brazo.

Piojosa y manca por culpa de la Repelencias. Hasta la infancia más feliz tiene sus momentos duros.