Lectura y repelencia

El año que mi hermana empezó el colegio pidieron al abuelo Tomás que me hiciera de guardería ambulante. Así yo no daba la lata en casa y él tampoco en la suya. Era un hombre muy metódico y organizado además de madrugador. A las nueve de la mañana ya estaba llamando a la puerta. Se suponía que íbamos a un parque cercano pero nunca fuimos a ese parque, sólo lo rodeábamos. Mira, el parque, tiene un columpio y un tobogán, me señalaba como si fuera un guía turístico de los suburbios cada vez que pasábamos por delante, más bien rápido para evitar posibles tentaciones.

Ahora cruzamos por el puente y nos subimos al autobús, me anunciaba a continuación. Le gustaba ir adelantándose a todo para que no hubiera imprevistos, no era partidario de las sorpresas ni de los cambios de planes. Cuando estemos arriba del puente te va dar vértigo pero tú no te preocupes porque el puente no se cae, no mires hacia abajo, siempre adelante.

Me parece que esas instrucciones eran para él mismo porque yo no tenía vértigo aunque luego sí lo tuve y mucho, no sé si influenciada por el suyo. Así iba explicando punto por punto y en tiempo real lo que íbamos a hacer o ya estábamos haciendo. Todos los días hacíamos lo mismo.

El autobús terminaba en la Puerta del Sol y eso también me lo decía mañana tras mañana, este autobús termina en Sol, el kilómetro cero. Ni idea de qué quería decir lo del kilómetro cero pero me parecía un dato muy importante que le daba mucha emoción al paseo. El recorrido siempre era igual: bajábamos por la calle Arenal hasta Ópera y subíamos por Mayor hasta Sol. Así tres o cuatro veces.

Por el camino me enseñó a leer usando de libro los carteles de las tiendas. Al principio no es que leyera, es que me sabía de memoria los rótulos que correspondían a cada una de tanto oírselo y lo repetía en voz alta haciéndome la sabihonda. Él se impresionaba mucho pero no de mi inteligencia sino de sus dotes docentes. Qué bien se me da enseñar, has aprendido sin darte ni cuenta gracias a mí.

Y sí que me enseñó de verdad después de unos meses, aprendí sin darme ni cuenta como decía él, antes que mi hermana que sí se estaba dando cuenta en el colegio con una cartilla que le daba muchos sudores y disgustos. Esa habilidad precoz me trajo consecuencias un tanto desagradables. Porque un día el abuelo quiso exhibirme y exhibirse él, de paso, y me puso a leer el periódico delante de todos mis hermanos como si fuera un fenómeno de feria.

Leí tres o cuatro titulares y pensaba seguir porque creía que mi actuación lectora estaba gustando, hasta que uno dijo: “que se calle ya la repelente”. Me quedé con el mote de la Repelente o, peor, la Repelencias durante un buen tiempo. Y además, mi hermana, que era muy envidiosa y a la que un simple mote no le parecía castigo suficiente, tiró por la ventana a mi muñeca preferida, la Piojosa, llamada así porque estaba muy vieja y tenía pelos de estropajo. En la caída desde el sexto en el que vivíamos, se le salió un brazo.

Piojosa y manca por culpa de la Repelencias. Hasta la infancia más feliz tiene sus momentos duros.

40 comentarios en “Lectura y repelencia

  1. ¡Pues a mí me encantan las repelentes lectoras! Y ya no te cuento cuando esas repelentes evolucionan a escritoras 🙂 Ya lo dicen ya, que la envidia es muy mala y cuando uno destaca en algo siempre hay alguien cerca para intentar que no vuele muy alto, ¡suerte que fue la muñeca la que salió por la ventana!, porque esa acción de tu hermana daría para varias sesiones psicológicas 😀 😀 😀

      1. Los triunfadores son los peores envidiosos, no soportan perder o quedar atrás, así que si no ganan por mérito propio intentan hacer caer a los demás para ganar por la incapacidad ajena 😉

  2. Una vez más me has parecido maravillosa, escribiendo con una ternura (bueno, eso me has inspirado) y una evocación tremendas. Así que estás en las antípodas de ser repelente o repelencias. En todo caso si tú repeles algo es la mediocridad o el aburrimiento. Vaya con tu dichosa hermana, desde luego es increíble el mal bicho que estaba hecho. Envidiosa a tope. Y pobre la muñeca, me alegra que realmente no te traumatizara. En mi casa los piojosos -lo expliqué en una entrada- eran el grupo Supertramp, pues mi madre no podía con ellos (“els pollosos” en catalán). Muchos besos. Tantos, hasta que me digas ¡Para ya, repelente!

    1. Eso es porque tú también eres tierno, What. Hoy he leído un comentario que le has dejado a Eme en su blog que me ha parecido precioso, te iba a poner algo pero por no “enredar” en blog ajeno me he callado.
      Ella es alguien especial y tú también.
      ¡Toma piropo!, no te acostumbres.

      1. Gracias. Puedes poner cualquier comentario a mis comentarios, que no pasa nada ni voy a pensar que están enredando, a no ser que se pasen o enreden de verdad de verdad. De hecho yo lo hago y suelo enredar, e incluso a veces me reprimo, pero lo entiendo, no es plan…

      1. Ohhhh, muchas gracias. La admiración es mutua. Eres simpatiquísima y muy inteligente, se nota por tus comentarios. Y con el mérito añadido de que no escribes en tu lengua.

      2. Ohhhh lo mismo digo yo…gracias…jajajaj.Es que la conexión mutua se produce con las personas del mismo modo de pensar…inconcientemente. Contigo..tras leer la primera entrada tuya.

  3. Tienes toda la razón. Hasta las infancias más felices tienen momentos horribles. Te cuento el mío. Eloína. Eloína era la peluquera del barrio. Yo tenía mi melena de pelo rizo y no me dejaba peinar. Mi madre se cansó de amenazarme y me llevó donde la bruja Eloína. Yo tenía seis años entonces. Aún la recuerdo en el reflejo del espejo cuando me dijo: “Yo estaba loca por cortarte esa sereta”. Entonces agarró la tijera y me cortó mi pelito cortito cortito. Lloré sin consuelo por meses. Nunca he superado ese trauma y creo que es lo único que no le perdono a mi madre. Bueno, sí, ya se lo perdoné también. Pero no dejo que cualquiera me corte el pelo. No importa si parezco una loca. Ya! Acabo de exorcizar uno de mis demonios. Besos, Paloma.

    1. Eloína la bruja del cuento, qué maldad.

      Yo también salí llorando una vez de una peluquería porque me dejaron el pelo como a un chico. Me iba mirando en los escaparates de las tiendas y cada vez que veía la masacre lloraba.
      Te entiendo, la melena es muy importante para las niñas. Me ha gustado mucho cómo lo has contado.
      Besos, Mel.

  4. Lo que unos te alababan, para motivarte, a tus iguales les daba por saco. Y cuando unos te llamaban responsable, otros te decían pelota. Así que todo era un lío porque nunca satisfacías a los que te rodeaban. Así que entre la formalidad y las travesuras no sabía a qué carta quedarte.
    Casualmente uno de mis abuelos (el bueno) se llamaba también Tomás. Pero luego tenía otro que era más malo que un demonio. A mí me pusieron, creo que por azar, el mismo nombre que el abuelo malo. Y así, para luchar en mi vida por mantener la virtud, no sólo tuve que luchar contra mis propias inclinaciones, sino también contra el mal antecedente que en nombre llevaba. Los nombres tienen su importancia y marcan mucho.
    ¡Qué putada lo de la muñeca!

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