Día: 16 junio, 2016

Paraíso terrenal

El paraíso en la Tierra existía entonces y estaba en la casa del pueblo de mis abuelos, durante el verano. Una casa con escaleras, que como todo el mundo sabe son de lo más paradisíacas, y con un jardín. Y dentro del jardín todos los elementos propios del paraíso: árboles, flores, rincones ocultos, mariposas, libélulas, pájaros, ardillas, un perro. Y por la noche: grillos, ranas y estrellas. Claro que también había avispas, moscas y mosquitos y hasta algún escorpión al acecho debajo de las piedras, pero eso no influía en sus maravillas, solo le añadía credibilidad.

Por dentro la casa era muy fea, los cuadros más espantosos y mal pintados del mundo estaban colgados en sus paredes y además había muchos. Los había pintado alguien de la familia poseído por el espíritu de las creaciones abominables. Eran bodegones donde flotaban los cuchillos y peras y manzanas informes se desparramban por el plato, paisajes de los montes de ese mismo pueblo, tan bellos en la realidad, pero en la pintura deformes y contrahechos, retratos de niños raros y siniestros. Muebles había pocos pero los que había estaban escogidos con odio a la humanidad. En realidad ni siquiera estaban escogidos, todo lo que no gustaba o ya estaba viejo o nadie quería en sus casas acababa en la casa común para permanecer allí eternamente.

Que por dentro fuera fea no nos importaba nada, los cuadros horrendos nos proporcionaron muchos momentos de risas. Hasta que nos acostumbramos a verlos y ya solo nos hacían gracia si venía alguien nuevo y se los enseñábamos. Allí nos juntábamos a pasar el mes de agosto tres familias, dos de ellas numerosas, y eso implicaba caos, disolución de la autoridad, muchos primos, juerga constante y libertad.

Pero como no era un paraíso celestial sino terrenal, tenía que tener su parte negativa, no ya los insectos o los ratones del desván cuyas patitas recorrían por la noche nuestros sueños. Esa parte negativa para mí fue un humano, uno de mis tíos. Parece que la vida siempre te coloca desde el principio algún obstáculo o dificultad para que te entrenes en lo que vendrá después.

Esa dificultad fue él, el tío ogro. Tal vez no era feliz, no quería estar ahí, no le gustaba la casa ni el campo, no le gustabámos nosotros y como el odio tan difuminado le resultaba difícil de gestionar lo concentró en unos pocos seres: los árboles, a los que cada verano intentaba talar, el perro, que se llevaba unas cuantas patadas furtivas, y una de sus sobrinas, que resulté ser yo. Si podía, interceptaba mis juegos de fantasía por el jardín para regañarme o amenazarme y me llamaba riéndose “la niña rara”. Yo le tenía miedo y procuraba ponerme lejos de su alcance o jugar donde él no estuviera.

Aún con ogro, los momentos más felices de mi vida están guardados ahí, en esa casa que ya no existe, en el jardín de las hortensias y los pinos, volando de aquí para allá como las mariposas que tanto me gustaban. Hasta un día que una se me puso en la nariz y descubrí su cuerpo de gusano. Qué asco y qué decepción.