Día: 22 junio, 2016

Descubrimientos

En cuanto nos quedábamos un rato solas en casa nos lanzábamos como posesas al fisgoneo. No había cajón ni armario ni hueco que no inspeccionáramos. Como buenas urracas que éramos teníamos nuestros rincones preferidos, claro. Lo primero sobre lo que nos avalanzábamos era una caja de nuestra hermana mayor que estaba encima de su mesa, cerrada con un candado.

La mayor, llamada así en mi casa, directamente, era la única con una mesa propia para estudiar y sobre ella estaban sus posesiones, muy cuidadas, ordenadas y hasta inventariadas. En uno de sus cajones había una hoja escrita titulada “mis cosas” donde detallaba qué cosas eran esas, la caja de nuestros deseos era una de ellas. Nos costó un poco averiguar dónde escondía la llave pero finalmente lo logramos. Dentro guardaba pulseras, pendientes, horquillas y gomas del pelo. Nos lo colgábamos todo encima y seguíamos adelante con el registro domiciliario.

Lo siguiente que más nos interesaba era el armario de mi madre para disfrazarnos con sus vestidos y ponernos sus zapatos de tacón. Como solo tenía un par nos calzábamos uno cada una y cojas continuábamos peinando cajones, estantes y rincones. Solo respetábamos el cuarto de mis hermanos, en parte porque generalmente estaban en el pasillo de casa parando goles o metiéndolos y su ira era peligrosa, pero también porque el mundo futbolístico nos interesaba poco.

Terminábamos en la cocina buscando el chocolate. Mi madre era muy previsible y se creía que si lo escondía debajo de unas acelgas o al fondo de frutero no lo íbamos a encontrar y precisamente ahí era donde primero mirábamos.

En uno de esas exploraciones hicimos dos descubrimientos bastante horribles: nuestros padres eran unos mentirosos y unos cerdos. Las dos cosas. Mi hermana se había subido a una escalera para mirar en la parte de arriba del armario y de pronto gritó, ¡juguetes! Muy nerviosa empezó a lanzarme cajas que contenían algunas de nuestras peticiones de la carta a los Reyes. Luego se quitó el zapato de tacón y lo tiró con rabia al suelo. Los Reyes son ellos, dijo con la cara lívida. Yo me puse a llorar porque eso no podía ser verdad.

Pero no había tiempo de lamentarse, los falsos Reyes Magos podían volver en cualquier momento y no nos convenía que supieran que sabíamos. Lo colocamos todo como supuestamente estaba y al colocarlo descubrimos otra cosa peor. Un libro gordo de tapas rojas. Si no estaba con los otros libros tenía que ser por algo. Lo abrimos y vimos los dibujos de una pareja desnuda haciendo a la par extraños ejercicios gimnásticos. Qué asco, son unos guarros, dijo mi hermana cerrándolo de golpe y censurándomelo. Casi mejor, creo que no estaba preparada para leer el Kamasutra.

Decidí seguir creyendo en la existencia de los Reyes Magos todavía un par de años. No me resultó difícil, a mi pensamiento mágico le daban igual las evidencias científicas y era muy capaz de saltárselas con éxito. En cuanto a tener que convivir con dos degenerados, era cuestión de aplicar el proceso contrario: no creer. Esa pareja acrobática del libro nada tenía que ver con mis asexuados padres. Por si acaso, en las siguientes batidas nunca más volvimos a mirar en ese altillo.