Día: 24 junio, 2016

Latoñi

Una de las mejores amigas de nuestra infancia no fue una niña sino una señora de la edad de mi madre, gorda y bajita, con aspecto de albóndiga, que venía supuestamente a cuidarnos cuando mis padres tenían que salir a algún sitio. Se llamaba Toñi pero como para referirse a ella siempre le ponían el artículo delante y solo se lo ponían a ella, durante mucho tiempo creí que su nombre era Latoñi. Y me parecía un nombre bonito, elegante, como Lavinia o algo así.

Latoñi era la peor cuidadora del mundo. O la mejor, según el punto de vista. Mis padres a veces se quejaban de ella porque a su vuelta casi siempre habíamos roto algo, una lámpara, el cristal de la puerta del comedor que ya se quedó rajado y con un esparadrapo para siempre, o cualquier otra cosa. Pero no se hubieran atrevido a sustituirla por nadie porque Latoñi nos quería locamente y nosotros a ella más. Era la más infantil de todos nosotros y la que tenía la mayor capacidad de ponerlo todo del revés, de desordenar y romper las normas.

Con ella saltábamos encima de las camas, jugábamos a las tinieblas por toda la casa dejándolo todo a oscuras, comíamos lo que nos daba la gana o no comíamos y jugábamos a “vieja bruja”. Vieja bruja era ella y el juego consistía en que se escondiera y apareciera sorpresivamente para perseguirnos muy enloquecida. Pasábamos miedo y angustia de verdad y también risa, todo junto.

También gastábamos bromas por teléfono que se inventaba ella. Las víctimas solían ser sus vecinas y debían de ser muy tontas porque siempre picaban. Una se fue a Prado del Rey a recoger un televisor porque Latoñi le había dicho, poniendo una voz muy engolada, que había resultado agraciada en un sorteo. En sus juegos participábamos todos, incluso mis hermanos los del pasillo que dejaban por unas horas su eterno golear.

Aunque era muy buena, tenía sus manías. Una eran los negros, a los que odiaba y temía, no sé el motivo. Cuando nos íbamos a pasar el verano al pueblo siempre nos prevenía de los posibles peligros negroides. Y aunque le explicáramos que en nuestro pueblo no había negros y que aunque los hubiera habido no pasaría nada, su racismo no cedía. Su segundo odio inexplicable era el hombre del tiempo, ese que se llamaba Medina. Se ponía furiosísima si alguien lo mencionaba. A veces le hablábamos de él solo para ver cómo se le ponía la cara roja de rabia.

La primera vez que vi la nieve en Madrid, Latoñi estaba en casa. Le dio tanta ilusión al fenómeno nieve, y eso que sólo había una capa muy fina cubriendo las cosas, armó tal lío, dio tantos saltos y gritos y se emocionó y consiguió emocionarnos de tal modo que cuando nieva, lo que ocurre muy raramente, siempre me acuerdo de ella.

Ni siquiera bajamos a la calle, sólo salimos al balcón y con la poca nieve que había allí nos bastó como si hubiéramos tenido una cordillera entera, gracias a la imaginación que Latoñi le supo poner.

La nieve para mí va asociada a su pinta de albóndiga loca, a los abrazos sudorosos que nos daba, a su mano agarrando con fuerza la mía, apretaba mucho , una mano áspera, con olor a jabón lagarto.