Latoñi

Una de las mejores amigas de nuestra infancia no fue una niña sino una señora de la edad de mi madre, gorda y bajita, con aspecto de albóndiga, que venía supuestamente a cuidarnos cuando mis padres tenían que salir a algún sitio. Se llamaba Toñi pero como para referirse a ella siempre le ponían el artículo delante y solo se lo ponían a ella, durante mucho tiempo creí que su nombre era Latoñi. Y me parecía un nombre bonito, elegante, como Lavinia o algo así.

Latoñi era la peor cuidadora del mundo. O la mejor, según el punto de vista. Mis padres a veces se quejaban de ella porque a su vuelta casi siempre habíamos roto algo, una lámpara, el cristal de la puerta del comedor que ya se quedó rajado y con un esparadrapo para siempre, o cualquier otra cosa. Pero no se hubieran atrevido a sustituirla por nadie porque Latoñi nos quería locamente y nosotros a ella más. Era la más infantil de todos nosotros y la que tenía la mayor capacidad de ponerlo todo del revés, de desordenar y romper las normas.

Con ella saltábamos encima de las camas, jugábamos a las tinieblas por toda la casa dejándolo todo a oscuras, comíamos lo que nos daba la gana o no comíamos y jugábamos a “vieja bruja”. Vieja bruja era ella y el juego consistía en que se escondiera y apareciera sorpresivamente para perseguirnos muy enloquecida. Pasábamos miedo y angustia de verdad y también risa, todo junto.

También gastábamos bromas por teléfono que se inventaba ella. Las víctimas solían ser sus vecinas y debían de ser muy tontas porque siempre picaban. Una se fue a Prado del Rey a recoger un televisor porque Latoñi le había dicho, poniendo una voz muy engolada, que había resultado agraciada en un sorteo. En sus juegos participábamos todos, incluso mis hermanos los del pasillo que dejaban por unas horas su eterno golear.

Aunque era muy buena, tenía sus manías. Una eran los negros, a los que odiaba y temía, no sé el motivo. Cuando nos íbamos a pasar el verano al pueblo siempre nos prevenía de los posibles peligros negroides. Y aunque le explicáramos que en nuestro pueblo no había negros y que aunque los hubiera habido no pasaría nada, su racismo no cedía. Su segundo odio inexplicable era el hombre del tiempo, ese que se llamaba Medina. Se ponía furiosísima si alguien lo mencionaba. A veces le hablábamos de él solo para ver cómo se le ponía la cara roja de rabia.

La primera vez que vi la nieve en Madrid, Latoñi estaba en casa. Le dio tanta ilusión al fenómeno nieve, y eso que sólo había una capa muy fina cubriendo las cosas, armó tal lío, dio tantos saltos y gritos y se emocionó y consiguió emocionarnos de tal modo que cuando nieva, lo que ocurre muy raramente, siempre me acuerdo de ella.

Ni siquiera bajamos a la calle, sólo salimos al balcón y con la poca nieve que había allí nos bastó como si hubiéramos tenido una cordillera entera, gracias a la imaginación que Latoñi le supo poner.

La nieve para mí va asociada a su pinta de albóndiga loca, a los abrazos sudorosos que nos daba, a su mano agarrando con fuerza la mía, apretaba mucho , una mano áspera, con olor a jabón lagarto.

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38 comentarios en “Latoñi

      1. De alguna forma soy un poco hedonista, busco el placer, y para mí siempre es un placer leerte. En fin, todos hablando del Brexit y ninguno se ha dado cuenta que todos los magnolios han abierto ya sus flores.

      2. Mira por donde que acabo de salir a dar una vuelta y acabo de ver uno. Es verdad, no me lo invento.
        Me alegra mucho que te lo pases bien aquí.

  1. Ay las bromas por teléfono… aún recuerdo cuando con catorce o quince años llamé a la vecina, haciéndome pasar por empleado del banco donde trabajaba su marido, diciéndole que había fallecido.
    Estaba con un amigo en casa y nos reímos mucho…. a los dos minutos llaman a la puerta de mi casa, abre mi madre y entra la “presunta viuda” llorando y llorando y llorando y gritando…. mi madre la abraza…. y se disponen a irse corriendo al banco…. entonces… en un acto de valentía que me honra le digo en privado a mi madre que todo era una broma… joder…. la que se lió… y es que la gente es poco dada a aceptar bromas tan graciosas como esa…

    Besos.

  2. Muy bonito y entrañable todo, es que puedo imaginaros. Qué cuidadora tan “anárquica”, pasota, cachonda, anticonvencional y genial, en el fondo. Ojalá yo hubiera podido divertirme así en mi infancia, como costumbre, quiero decir. Muy gracioso ese odio hacia Medina, pobre hombre, y también muy bonito lo de que la nieve te la recuerde siempre. La única cuidadora que tuve una vez se llamaba Brexit. Era inglesa y siempre se estaba quejando, decía que no le salía a cuenta trabajar en Europa y que quería volverse a su país. Pese a las muchas ventajas de su posición y pese a su gran indecisión, acabó decidiéndolo echando una moneda al aire. Yo creí que iba de farol y que nunca se recluiría en sus islas, pero menudo sorpresón me llevé: Una buena mañana nos dejó para siempre y volvió con su prima Libra Esterlina a su añorada “City”. Tenéis razón en los comentarios, por otro lado, todo el mundo hablando del Brexit y no acabo de entender muy bien por qué tanto revuelo.

    1. Yo creo que esa niñera tuya tan moerna ya tenía un pie fuera, distinta moneda, distintas medidas, conduciendo por el revés. Es muy suya ella. Que les den a todos en general, me tienen un poco aburridita ya.
      Y sí , Latoñi era genial y todavía vive con su marido en la casa que era nuestra, mis padres se la vendieron a ellos cuando nos fuimos. Son muy viejos pero como soy muy mala persona nunca voy a verlos 😦

      1. Así que todavía vive…No soy el más indicado para opinar o criticar…Por más que alguien haya sido entrañable en nuestras vidas, muchas veces cuesta mucho volver al pasado, sencillamente no apetece. Pero pobres ancianos muchas veces, me dan cierta lástima porque acaban casi solos y olvidados por todos.

    2. No está sola, tiene su familia. Estuve hace unos años pero me da mal rollo volver a la casa de mi infancia que ya no se parece en nada, claro. A mí también me da pena que los viejos estén solos. Bueno, qué rollos te meto. Buen fin de semana

  3. A mí, de vez en cuando, me cuidaba una universitaria. Era vecina nuestra y un poco siesa, la verdad. Hubiese preferido tener a Latoñi porque recuerdo que esta a veces me prohibía hacer cosas que hasta mi madre me permitía hacer, así que de romper lámparas ni hablamos. Besotes!!!

  4. Vamos, que Latoñi venía a ser una Mary Poppins castiza 😀 😀 😀 Nos es tan difícil ponernos en la piel de los niños cuando crecemos que eso que hacía ella tiene mucho mérito. Me viene a la mente que hace un par de días, paseando por la calle, me cayó justo delante un chorro de agua que fue de pelos que no me mojara, levante la vista y vi a un crío que se escondía raudo y veloz. Me planté en la acera de enfrente hasta verlo aparecer de nuevo, solo para verle la cara. Tendría unos ocho o nueve años y cuando vio que lo había descubierto se quedó muy quieto y serio… No le dije nada, recordé que con mi hermana, en las largas y calurosas tardes de verano, jugábamos a “refrescar” a los que pasaban por la calle. Echábamos vasos de agua por el balcón porque nos daba “pena” que la gente pasara calor 😀 😀 😀

    1. Lo de que nadie pasara calor ya veo que os preocupaba mucho, el hamster, la gente de la calle….jajajaja. Eso de tirar líquidos me suena y potigues que hacíamos en la cocina 😉

      1. 😀 😀 el no pasar calor era nuestra prioridad y nos regábamos a manguerazo limpio con el consiguiente enfado de la abuela. Pero si yo te contara lo del frío… 😀 😀

      2. 😀 😀 😀 😀 Podría pasarme días contándote las historias que nos montábamos y no terminaría, porque si yo imagino, las locas encantadoras que van delante de mí me ganan con creces. ¡Cinco chicas a cual más loca! 😀 😀 😀 😀

  5. Yo creo que todos tenemos una Latoñi en nuestra historia, ¿no? En mi caso era Cris, y no era gordita ni racista… pero en todo lo demás sin duda me ha recordado a ella esta historia. Muy buena, de hecho.

  6. Me ha encantado este recuerdo. Es curioso como el miedo en la niñez nos hace reir tanto. Es como si la vida nos fuera preparando para los sustos que tendríamos de adultos. Viva Latoñi… Besos, Paloma.

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