Día: 27 junio, 2016

Faro Conchita

La dueña de las calles de mi barrio se llama Conchita. Salgas de casa a la hora que salgas o vuelvas a la que vuelvas, allí está ella, patrullando. Si por algún motivo pasas un tiempo lejos, el faro Conchita te guiará hasta tu morada con su simple presencia. A Conchita puede que le caiga encima un meteorito pero el techo de su casa casi seguro que no. Hace no tanto la odiaba y me enfurecía verla a todas horas pero se me fue pasando. De tanto chocar conmigo me erosionó el odio y lo dejó pulido y liso.

El otro día hasta me preocupé porque ya había cruzado tres calles y todavía no me la había encontrado. También me asusté bastante, como si me hubieran cambiado de sitio el mundo y vagara sin referencias. Por suerte, a la cuarta calle ahí estaba mi Conchita. Con Bombón, su perra.

He de decir que Bombón es la perra más horrorosa que he visto en mi vida y que su ama no hace más que empeorar esa fealdad vistiéndola con trajecitos. Uno de sus modelos más escogidos es una camiseta rosa con lentejuelas en la que está escrito “funky” ¡Ay, Dios!, ¿por qué hará esas cosas Conchita?

Bombón fue perra apaleada y ella la rescató , la cuidó, le curó las heridas, las penas y la desconfianza. Todo tiene un precio y ese precio deben de ser los trajecitos remonos. Como la gabardina con capucha para la temporada otoño-invierno que se ajusta con un cinturón al talle gordo y amorfo de Bombón, pero de eso mejor ni hablar.

Conchita es amiga del barrio entero y hace su ronda saludando a todos, incluso ha aprendido a decir “ni jiao” para comunicarse debidamente con los de la frutería, procedentes de Quingtiang, en la mismísima China. Hay quién la odia, como me pasaba s mí antes, ella lo sabe pero no le importa, la popularidad incluye detractores.

A veces patrulla con un grupo de amigas. Todas son del mismo estilo, señoras a las que se les transparenta el cuero cabelludo por debajo del pelo ahuecado con laca. Algunas se escoran hacia la derecha, otras hacia la izquierda, ninguna camina en línea recta. Es raro ver a esa flota de barcos a punto del naufragio paseando a sus perros feos, todos rescatados del apaleamiento por Conchita, la bienhechora canina. A uno le faltan las dos patas de atrás porque lo lanzaron desde un sexto piso y su dueña actual, una mujer con el pelo tricolor como una bandera estropajosa, lo pasea en brazos.

Dan un poco de miedo, parecen peligrosas pandilleras de la tercera edad, avanzando torcidas, desconfiadas, buscando víctimas para pegar la hebra. Cuando no me da tiempo a cambiarme de acera porque el radar de Conchita me ha detectado, procuro ser simpática, total, ya estoy perdida…

Les pregunto por su perros y por sus cuerpos y ellas me hablan de las mejorías caninas y los empeoramientos humanos, presumiendo de sus dolores como si fueran riquezas. Luego me alaban el pelo y me lo tocan. Será porque a mí no se me ve el cuero cabelludo por debajo. El cartón, lo llaman ellas ¿Qué mascarilla te pones?, me preguntó ayer la del pelo bandera tricolor.

Me inventé una y ella se apuntó el nombre falso en un papel pero para eso tuve que sostener al perro sin patas traseras. Le latía muy fuerte el corazón, aún tiene miedo de ser arrojado al vacío. A mí también se me aceleró un poco, estaba deseando soltar al perro tullido y salir, yo, por patas.

Dejadla ya en paz, dijo de repente Conchita muy jefa y muy antipática con sus siervas viejas, ¿no veis que tiene prisa? Y no le toquéis el pelo, sobonas.

Conchita me aprisiona y Conchita me libera. Alabada sea la dueña de las calles que piso, faro de mis tontos deambulares, salvadora y vestidora de perros feos y maltratados.