Mes: junio 2016

Cosas de dentro y de encima

A base de seguir y hasta perseguir a mi madre por los cuartos y pasillos, por si acaso se moría en un descuido, principal terror de mi infancia, descubrí cuál era el objetivo de su vida: quitarse cosas de encima. En realidad ese no debía de ser el objetivo principal sino el medio de llegar a él, una vez que el camino estuviera despejado de todas esas cosas que incesantemente le iban cayendo.

Cada vez que terminaba de hacer algo, lo que fuera, y siempre estaba haciendo algo, decía, “bueno, pues otra cosa que me he quitado de encima”. Ahora ya podía ir a por la siguiente, darle el manotazo y continuar. Su esperanza era un camino limpio y apacible, justo lo que nunca tuvo. A lo mejor por eso, mientras iba quitándose cosas de encima, con su sombra detrás, también decía mucho, “qué vida más perra, chica”. Chica era ella porque no había nadie más y conmigo no estaba hablando.

En esos seguimientos intensivos también descubrí que tenía un cierto miedo de mi padre, no tanto de él, como de su humor cambiante. Cuando se acercaba la hora en la que él volvía a casa, ella empezaba a decir, “a ver cómo viene hoy éste, a ver como viene”.

Y tenía tres maneras básicas de venir: después de haber trabajado como un idiota, esa era aceptable y no había que preocuparse, después de haber trabajado como un gilipollas, ahí ya había que tomar ciertas precauciones, o después de haber trabajado como un cabrón, en ese caso lo mejor era desaparecer. Por desgracia, la última modalidad era la mas frecuente y toda la casa parecía cambiar de ánimo con su llegada, las paredes se estrechaban y el aire se volvía más denso y difícil de respirar.

El mal humor de mi padre, a causa de ese trabajo que no le gustaba nada, era la última cosa del día que tenía que quitarse de encima y creo que la más pesada, también. Para eso nos pedía ayuda tratando de que dejáramos de ser niños y nos convirtiéramos en señores y señoras silenciosos que leían serios tratados sentados sin mover un músculo. Como eso era imposible nos mandaba a la cama para quitarse esa cosa, nosotros, de encima. Tampoco nos importaba demasiado, allí estábamos a salvo del lado oscuro.

Pese a todo creo que ella fue bastante feliz con su vida perra de quitarse cosas de encima. Estaba en su naturaleza serlo, reír por tonterías, cantar, hacerse amiga de la gente y conformarse con poco. Al revés que mi padre, casi siempre insatisfecho, con una acusada incapacidad para estar bien en la mayoría de los sitios, como si el mundo fuera un lugar incómodo hecho de aristas duras que se le clavaban, como si todo le molestara, él mismo, algo que llevaba dentro y que, por eso, por no estar encima sino dentro era imposible de apartar.

Revolución

Ya está bien de tonterías, hombre, que no puedo más. He vuelto y con ganas de liarla. Yo a esta le monto una revuelta pero en su mismísima cocina. Derrocamos a la lianta y nos ponemos nosotros, los personajes llanos, a gobernar. Pero lo primero que voy a hacer es apagar el insoportable fado con el que nos lleva torturando toda la mañana. Utiliza métodos que ni en Guantánamo. Ya está, ¡qué paz!, diez veces ha oído el mismo, es obsesiva compulsiva, luego dirá que está melancólica y con saudade. Pues hija, ponte a Metálica.

Pero antes de la revolución viene el saqueo. Eso es así. A la nevera que voy, a ver qué tiene que nos pueda interesar. Bien, birras para el Toni, yogures para el Jacobín, chocolate para doña Marga y jamón para Eva. Alucino, lonchas de jamón a un euro. “Con Navidul no te la juegues”, pone en el paquete. Pero con la Esme sí te la vas a jugar, por tacaña. Que menos que un buen ibérico, so cutre.

A ver si alimento a estos de abajo y se motivan para secundarme en la insurrección. Mi plan es mandarla lejos, a ella y a su nueva familia, y volver a tomar las riendas. Nosotros éramos mucho más graciosos y entrañables que esta peña setentera, estos son un muermo, seamos sinceros. La niñita es una petarda del diez y el resto, pues lo mismo.

El caso es que lo tengo difícil porque los otros están contentos con su situación. Eva dice que tiene justo lo que quería, vivir eternamente con el Toni y sin tener que trabajar. El Toni igual, eso de no dar palo al agua le pone de muy buen humor, si hasta está simpático y chistoso. Doña Margs feliz por haberse librado de la residencia, el Jacobín lo mismo pero del colegio y Patricia y su amiga, tan idiotas como siempre, meditando por las esquinas.

Por mucho que les grito, venga, vamos ¡a las barricadas! no me hacen caso. Igual es que es una consigna un poco pasada de moda y tengo que actualizar las arengas. Qué vagos son todos y eso es porque ella nos traspasa rasgos de su personalidad, como es vaga, pues sus personajes también. A mí no, yo no tengo nada en común con semejante mamarracha, espero.

Pues la pienso montar aunque sea en solitario, en plan guerrillera autónoma. Para empezar le voy a esconder a la lianta el ipad churretoso con el que escribe. Verás qué disgusto se lleva sin su droga, aquí, en el cajón de los peines donde nunca mirará, por lo menos que se pase tres días sin escribir y así nos vamos posicionando. Ese es mi plan: salir del zulo, colocarnos cada uno en nuestro puesto anterior y empezar a hablar otra vez como si nunca nos hubiéramos callado.

Peligro a la vista, viene y con una tabla de la plancha en brazos. Apasionante, de verdad, vida glamourosa la suya. Yo me largo, no se me vaya a pegar algo, pero volveré y con refuerzos. Los Fernández tienen los días contados, eso fue un golpe de estado y voy a restablecer el orden constitucional pese a quién le pese. Panda golpistas…

Cero redondo

Una cosa era bailar a nuestro aire en casa de Peti moviendo el cuerpo como nos diera la gana y otra muy distinta era hacerlo en la clase de Manolita, la profesora pesadilla. Mi madre nos apuntó a ballet dos tardes por semana mientras mis hermanos jugaban al fútbol en su colegio. Así se quedaba una hora a sus anchas con su punto y sus pensamientos.

La tal Manolita era una señora que si había sido bailarina en otra vida no se le notaba nada en esta porque parecía una chincheta con moño. Lo que sí se le notaba era lo mucho que le gustaba mandar, disciplinar y los decimales. A estos últimos era aficionadísima. Nos hacía salir al centro de la sala y ejecutar uno de los bailes o sucesión de pasos que previamente nos había enseñado. Luego decía en alto la nota que creía que merecíamos: siete con cuarenta y tres, ocho con cincuenta y cinco o seis con veintitrés, por ejemplo. Nunca eran números exactos y yo nunca llegué al cuatro.

Creo que nos caímos mal desde el primer momento. Siempre venía a corregirme la postura, a estirarme más los brazos, a enderezarme la cabeza o a obligarme a meter tripa como si ella fuese mi corsé viviente. Qué tortura de mujer. En cuanto se daba la media vuelta para corregir a otra, deshacía el arreglo incomodísimo y anormal en el que pretendía que me quedara y volvía a mi ser anárquico.

A mi hermana sí le gustaba el ballet y lo hacía bien, como Manolita quería. Por eso le alababa mucho la pose, en mi caso era postura pero en el suyo pose, y le ponía notas rayando el nueve, como ocho con noventa y ocho. Manolita se paseaba dando vueltas alrededor de la barra donde teníamos que doblarnos para un lado o para el otro diciendo, “esa elegancia, niñas, esa elegancia”. Y dale con la elegancia, qué obsesa de ese concepto tan subjetivo.

Me pasaba la hora mirando el reloj de la pared y deseando que sus agujas se movieran más deprisa. Ahí descubrí lo mucho que le gusta al tiempo llevarnos la contraria y pararse justo cuando más deseamos que fluya. En algunas de esas clases se detuvo tanto que llegué a pensar que nunca saldría de ahí, que sería siempre una niña poco elegante sujeta a una barra, embutida en mallas negras y con los brazos doloridos de tanto estirarlos para no marcar codo, el peor de los delitos.

Pero también ahí descubrí que aunque las cosas aparenten inmovilidad sí se están moviendo, siempre se mueven y tú con ellas porque al final acababa saliendo, arrancándome con furia las mallas y deshaciéndome el moño que me daba dolor de cabeza. Algo también muy bueno que saqué de las torturas manolitenses fue mi primera amiga separada de mi hermana, una amiga solo mía, tan inepta para el baile disciplinado como yo, o puede que más.

Se llamaba Lucía y siempre estaba tirada por el suelo fingiendo que hacía estiramientos pero lo que hacía de verdad era tumbarse en cuanto podía. Si había que moverse a la otra esquina para cambiar de ejercicio, se desplazaba sentada, arrastrando el culo, que siempre llevaba manchado de blanco.

Enseguida admiré su gran capacidad para la vagancia y el escaqueo, ni siquiera se molestaba en disimular, como hacía yo, lo mucho que pasaba del ballet y de la tirana Manolita .Fuimos muchos años amigas inseparables aunque a veces nos odiáramos a muerte, como sólo pueden odiarse los que se parecen y ven reflejados en el otro sus propios defectos. Incluso alguna vez quedábamos a la salida de ballet para pegarnos y así nos desahogábamos de nuestras frustraciones y quedábamos limpias y resarcidas después de dos o tres tortas.

Mi amiga amor-odio sacaba tanto de quicio a Manolita que hasta consiguió que se saliera de su absurda puntución decimal. Porque Lucía, una y otra vez y sin excepción se llevaba el trofeo del cero redondo. A ella le daba risa y eso también era admirable.

Primer párrafo

¡Se acabó!, dijo mi padre un domingo, todavía en pijama, todo el mundo a callar que voy a escribir una novela. No quiero ruidos ni peleas de las vuestras. Apartó las lanas de mi madre que ocupaban toda la mesa, sacó unas hojas y un bolígrafo y se sentó en la misma posición que nosotros cuando hacíamos los deberes, con la cabeza ladeada apoyada en una mano.

Todos le mirábamos con mucha atención porque nunca habíamos visto a nadie escribiendo una novela y lo mismo hacía algo interesante. Le dio unas vueltas al bolígrafo en el aire como si estuviera ensayando la escritura aérea y luego continuó en el papel. No tenía ninguna gracia ver a alguien escribir novelas, enseguida nos aburrimos y nos pusimos a jugar con el consiguiente ruido.

Así no se puede, ¿por qué no te los llevas a algún sitio?, le pidió a mi madre que le miraba burlona por detras de sus agujas. ¿A dónde?, preguntó ella un poco escandalizada, no le gustaba salir sola con todos porque decía que siempre liábamos alguna.

Dónde sea, de paseo, a por el pan, a misa. Sí, eso, llévatelos a misa.

Por culpa de la novela empezamos a ir a misa los domingos. Cómo nos aburríamos en esos bancos y cuántos pellizcos de mi madre nos llevábamos para que nos estuviéramos quietos y mirando al cura. Y total, para nada, porque a la vuelta, a pesar del silencio que le habíamos regalado, la novela seguía prácticamente igual, en el primer párrafo.

Ya me he atascado otra vez, se quejaba él, iba muy bien, muy lineal, pero de repente, no sé qué ha pasado que me he quedado ahí, en el momento en el que los pescadores llegan al puerto de Bermeo y están decidiendo si salen o no porque hay mala mar. Si tuviera más tiempo…pero la misa dura muy poco, ¿no hay misas más largas, por qué no os quedáis también a la de doce? Ya están haciendo ruido, no puedo así, es imposible, lo dejo.

Y lo dejaba hasta el siguiente domingo siempre que no fuera él el que se iba a pescar de verdad, pero no a Bermeo, que estaba muy lejos, sino a un río de truchas de la sierra de Gredos. Esos domingos no le importaba nada la novela atascada pero los que se quedaba en casa, sí.

Me pongo, os aviso, ni medio ruido. Sacaba las hojas, hacía su trazo imaginario en el aire antes de empezar y al momento nos mandaba misa con muy mal humor. En una de esas mañanas, mi hermano el del medio hizo la primera comunión sin que nadie se diera cuenta.

Avanzó sigilosamente en la fila detrás de mi madre y de mis dos hermanos mayores y comulgó muy piadosamente. No se nota nada, nos dijo encogiendo los hombros cuando volvió al banco. Lo que sí notó fue el tortazo que le dio mi madre a la salida de misa. Tenía la mano un poco larga pero luego se arrepentía, nos pedía perdón, nos daba besos pesadísimos y se justificaba diciendo que la poníamos tan nerviosa que no sabía ni lo que hacía.

Mi hermano se pasó todo el día llorando porque quería hacer la primera comunión de verdad con todos los de su clase pero eso ya nunca sería posible, si acaso haría la segunda. Tan poco posible como que esos pescadores indecisos salieran de una vez a faenar. Ahí se quedaron varados, hablándose entre ellos en el primer párrafo de esa hoja y mojándose para siempre porque mi padre, por avanzar de alguna manera, les puso lluvia por encima.

El cuerpo de las frívolas

Nos costaba creerlo, por mucho que ella insistiera y nos lo contara una y otra vez, la abuela Martina, la de los santitos repartidos por la casa y gran apasionada de las apariciones divinas, no podía haber sido la mujer arrebatadora que ella aseguraba que había sido.

Si, hijas, sí, nos decía dándose golpes de abanico, yo era espectacular, guapísima, todos los hombres se enamoraban de mí. Bueno, casi todos. Ese matiz le daba algo de credibilidad pero tampoco demasiada, ¿cómo se iba a enamorar nadie de esa señora gorda, nuestra abuela mullida sobre la que daba gusto recostarse? Estaba volviéndose loca igual que le había pasado a Mila o nos tomaba el pelo.

Pero ella seguía muy seria: lo pasé mal, no os creáis, porque muchos sufrieron por mí y hacer sufrir no es algo que me guste pero qué iba a hacer si se enamoraban. Tenía tantos donde elegir que tardé mucho en decidirme pero, al final, escogí al abuelo. Eso sí que ya nos desconcertaba del todo, con lo feo que era el abuelo, había elegido fatal. Tanta frivolidad y tanta belleza para acabar casándose con el abuelo Tomás que aunque era muy bueno y a mí me enseñó a leer, entre otras diversiones, no se ajustaba a nuestra idea de una buena elección.

Intrigadas por saber si la guapa todavía vivía debajo de esas carnes arrugadas, le estirábamos la cara con las manos para ver si aparecía. No aparecía, sólo era la cara de la abuela estirada. Ya de paso, aprovechábamos para espachurrarle los brazos porque los tenía muy gordos y blandos. Ante tanto sobo, ni se inmutaba, seguía contándonos sus hazañas como rompecorazones sin dejar de mover el abanico, mientras le contábamos las varices de las piernas. Mira, aquí tiene otra, nos decíamos como si hubiéramos descubierto un nuevo río en ese mapa geográfico.

Todo en ella nos llamaba la atención porque en ese cuerpo gastado, viejo y lleno de marcas y señales, había vivido una frívola seductora y eso resultaba sorprendente. Tal vez por eso, porque estaba acostumbrada a lucir sus encantos y ya no los tenía, en cuanto podía, nos enseñaba lo que sí podía mostrar: sus cicatrices.

¿Queréis ver la de la vesícula? La verdad es que no queríamos del todo aunque un poco sí porque éramos algo morbosas, pero era una pregunta retórica y antes de que dijéramos sí o no, ya se había levantado la ropa y nos la estaba enseñando. Luego venía la de la apendicitis y después la del corazón. A corazón abierto, decía con mucho dramatismo señalándose ese costurón.

Si así de recosidos y estropeados quedaban los cuerpos de las frívolas y si después de mucho dudar acababan casándose con un abuelo Tomás cualquiera, ya no le veíamos tanto interés ni tanta ventaja a eso de la frivolidad.

Lo que sí parecía una facultad menos perecedera y por eso más interesante de adquirir era su habilidad para mover el abanico como si fuera un pájaro colorido que le revolaba entre las manos. Y lo mejor, ese chasquido final con el que cerraba el vuelo y que parecía decir, “este es mi cielo y en él hago lo que quiero”.

Eso, un cielo pequeño pero solo nuestro y el poder para entrar y salir, eso sí nos hubiera gustado mucho tener para toda la vida. Aunque un cuerpo frívolo mientras durase tampoco estaba nada mal.

El guarro

A nuestro barrio le faltaban muchas cosas. Al principio no tenía aceras y el suelo era una arena gris que se convertía en barro si llovía o en un polvo que se pegaba a los zapatos si el tiempo era seco. Luego, poco a poco, las fueron poniendo. Tampoco había llegado el metro y para desplazarse al centro había una única línea de autobús a la que la gente llamaba la camioneta. Si se nos ocurría decir “la camioneta” mi madre nos daba una colleja, “no digáis eso, paletos, es un autobús”. No quería que nos integráramos demasiado,pues su objetivo era salir de ahí cuanto antes. El nuestro no.

Porque pese a que faltaban muchas cosas, servicios, según mis padres, de otras teníamos en abundancia, como calle libre para jugar por donde no pasaban coches. También tuvimos durante bastante tiempo un exhibicionista que hacía la ronda dentro de un coche aunque lo compartíamos con los otros barrios de alrededor, tampoco era para nosotros solos.

El exhibicionista, un señor de apariencia normal, llegaba en coche a primera hora, lo aparcaba cerca de los colegios o por el camino que conducía a ellos y a las horas de paso de los niños, se desnudaba. No hacía nada más, solo quedarse quieto en pelotas dentro del coche, como mucho alguno contaba que le había dicho hola.

Por culpa del señor exhibicionista volvieron a acompañarnos al colegio fastidiándonos bastante. Las madres hacían turnos de acompañamientos hasta que una de ellas, que sólo tenía dos hijos, lo cual era poquísimo comparado con la mayoría, se ofreció a hacer todos los viajes.

La obsesión de esa mujer era la dentición. A sus dos hijos, unos mellizos, les habían salido unas palas delanteras enormes que les sobresalían por encima del labio. En vez de llevarlos al dentista, seguramente no tenía dinero para eso, confiaba en que a todos los demás nos pasara lo mismo y así seríamos el barrio de los niños conejo y problema resuelto.

Todo el camino al colegio iba mirándonos los dientes, especialmente a mí, tenía puestas en los míos sus esperanzas, ya que aún no estaban del todo fuera. A cada momento se paraba, me sujetaba la cabeza entre las manos, me la echaba hacia atrás y me hacía abrir la boca con el deseo de que mis palas crecieran y crecieran. Te va a pasar lo mismo, me decía poniendo una falsa cara de disgusto, tienes una boca muy pequeña y los dientes te están saliendo grandes.

A los cinco minutos repetía la operación. A ver, déjame mirar otra vez. Como si pudieran crecer por el camino. Varios días llegamos tarde al colegio por culpa de sus exploraciones bucales. Consiguió que me preocupara y que me pasara el día mirándome los dientes en el espejo del baño. Según mi hermana, si me salían de conejo me tendría que casar con los niños roedores, probablemente con los dos, puesto que eran mellizos.

Para colmo, nunca habíamos visto al guarro ni pasado miedo y asco como la mayoría de los niños. No es que estuviéramos interesadas en su anatomía, pero tampoco queríamos ser las más tontas del lugar. No haberse encontrado nunca con él era como decir que nunca habías visto el mar o pisado la Puerta del Sol, de pardillas totales. Por eso un día, aprovechando que la madre de los mellizos estaba examinando los dientes de otro niño, escapamos del grupo y echamos a correr como dos locas hacia el colegio.

Queríamos verlo y a la vez no. Por eso corríamos con los ojos entrecerrados.
El corazón me latía tan fuerte por el miedo al guarro que de verdad pensé que si me paraba lo vomitaría y de inmediato sería niña muerta. La única ventaja que veía a morirme en ese momento era librarme del matrimonio con los hermanos dentones. Justo cuando ya estábamos llegando, mi hermana gritó, “lo he visto, lo he visto, estaba ahí, en un coche al lado del árbol, no mires, yo tampoco he mirado, que no mires, ¿lo has visto ya sin mirar?, pues corre, corre.

Por fin podíamos integrarnos plenamente en la sociedad porque lo habíamos visto, sin verlo. Antes de entrar al colegio me toqué los dientes con el dedo, no fuera que por ahí viniera la temida marginación que acabábamos de evitar por el lado del guarro. Por suerte, seguían discretamente en su sitio.

Cuidado con la maligna

Lo que me ha costado quitarme de encima a los Fernández y salir a la superficie. No es que os quiera dar pena pero vivimos en muy malas condiciones, sin apenas luz, sin víveres -la maligna no nos da de comer-, enmudecidos, paralizados, muy, muy cerca de la muerte. He logrado emerger como el que sale de entre las ruinas después de un terremoto. Ya me podía haber mandado la pérfida un bombero buenorro a rescatarme, pero ni eso, ni siquiera es capaz de darle a mis estertores un poco de alegría y placer de vivir. Qué asco de tía.

Y encima no sabréis ni quién os está hablando ahora y estaréis a punto de salir pitando a vuestro peregrinaje diario por la blogosfera, a dejar un comentario aquí y otro allí para haceros los graciosos y corresponder a los que os los dejan a vosotros. Ya son ganas. Que soy la Esme, leches, que he venido a avisaros sobre la lianta. No os creáis demasiado lo que cuenta. Tengo sospechas de que gran parte son invenciones suyas, está muy loca. Necesita adornar su miserable existencia y la razón es clara: se aburre. Pero como una mona.

¿Qué hago, qué hago para escapar de este tedio vital?, le oí decir el otro día desde la cocina, lugar desde donde escribe para estar más cerca de la cafetera. Ella habla así, es muy pedante, no puede decir me aburro como todo el mundo, no. Ah, pues me voy a inventar una familia que tenga cosas de la mía, pero sólo algunas, dijo poniendo cara de ilusión. Se ilusiona con cada tontería…Y eso es lo que ha hecho tras pegarnos la patada, a nosotros, su anterior diversión.

No os fiéis de lo que leáis. No creo yo que fuera esa niña tan mona y sensible que narra las historias. Más bien creo que fue la hermana mala, le pega mucho más, dado su carácter actual tirando a borde, o la Alicita que se hacía pis, eso también le pega porque es muy tonta. Por no tener no tiene ni trabajo, está parada y además lo es, no emprende como yo. Todas las mañanas apunta en un papel arrugado las cosas que debería hacer pero luego esconde el papel en un cajón porque le da angustia leerlo y no hace ninguna. Mañana, mañana, va diciendo todo el rato.

Y por si tenéis curiosidad por saber cómo es físicamente os diré que en una cosa sí ha sido sincera: es del montón. Y va siempre muy despeinada. Huy, que viene con las bolsas de la compra, qué lista, ella sí se alimenta, peinarse no, vaya pelos que lleva hoy y ya va directa a la cafetera. En cuanto le robe algo de comer me vuelvo a los submundos a penar junto a la Eva, el Toni, la Noe, el Jacobín y la Doña Marga.

Es muy triste el destino de nosotros los personajes, vivimos un tiempo con las vidas que otros nos eligieron, con los rasgos físicos y psíquicos que quisieron darnos, nos dan tres vueltas por un decorado de cartón piedra, nos hacen alegrarnos y también sufrir, nos dejan que nos esperancemos dándonos una falsa sensación de libertad y finalmente…pues eso, que nos dan el finiquito. Anda, pues como el de los no personajes también. No hay más que verla a ella, la no personaje. En eso nos parecemos bastante.

Desparezco, le voy a dejar un peine encima de la mesa a ver si capta la indirecta, pero volveré para seguirme chivando. A la próxima os digo su edad, eso sí que le va a dar rabia. Que se fastidie.

Madres gallinas

Todos queríamos tener perro o gato o las dos cosas. Los Carapeto tenían un pastor alemán muy guapo. A mi padre no le gustaba, decía que era un perro de la Gestapo y que le olisqueaba los zapatos con aviesas intenciones. Otros vecinos también tenían mascota. Lo pedíamos casi todos los días y varias veces, insistiendo hasta la pesadez, pero no nos hacían caso. Sí, lo que nos faltaba, bichos por la casa. Esa era mi madre, para ella todos los animales eran bichos

Lo que sí teníamos era un canario en una jaula que se llamaba Txoria, pájaro en euskera, aunque le llamábamos Chorizo. Nos tenía manía a todos y en cuanto nos acercábamos a la jaula abría las alas y hacía un ruido muy feo y amenazante con el pico. Ahora entiendo la agresividad de Chorizo, vaya porquería de vida que tenía. Solo, enjaulado y rodeado de humanos pirados.

Entonces se me ocurrió una idea buenísima que no sabía cómo no habíamos pensado antes ninguno: podíamos tener pollitos si incubábamos los huevos de la nevera. Se lo dije a mi hermana y se entusiasmó tanto como yo, cosa rara porque siempre mis ideas le parecían idiotas o si le gustaban les daba la vuelta para hacerlas suyas. Por fin tendríamos mascota y seríamos madres a la vez. Ella quería ser madre para castigar a sus hijos y yo por que sí, para hacer cosas de madres como bañarlos, principalmente. A mis hermanos no se lo dijimos porque ellos no podían incubar, eran gallos. Además estaban jugando al fútbol, como siempre.

Sacamos dos huevos de la nevera, los envolvimos en toallas y nos sentamos encima con mucho cuidado de no aplastarlos, en realidad no nos sentábamos del todo por lo que la postura requería mucho esfuerzo. Qué aburrida, incómoda y pesada era la gestación, no habíamos caído en eso. Cada cinco minutos nos levantábamos a mirar. ¿Te ha nacido el tuyo? Este todavia no. Y volvíamos a lo mismo. Si notas un ruido como de que araña con el pico, me avisas. ¿Notas ruido? Pues no, el pollo estaba dormido, lo más seguro.

Ya no nos estaba pareciendo tan buena la idea. Como a la hora de cenar no habían venido al mundo los hijos pollos, los colocamos encima del radiador. Eso se le ocurrió a mi hermana, había que meterles calor para que se asfixiaran dentro y así quisieran salir a respirar. Ese era el truco del nacimiento, si estaban confortables jamás querrían salir a este mundo tan poco cómodo.

Mientras cenábamos la tortilla francesa de casi todas nuestras noches, con un poco de asco, al fin y al cabo era un potencial hijo mascota batido y espachurrado lo que nos estábamos comiendo, oímos gritar a mi madre, presa de la histeria ¿Por qué hay dos huevos en el radiador y unas toallas tiradas en el suelo? Se alteraba mucho cuando encontraba cosas fuera de su sitio, por eso vivía en constante estado de alteración. Castigadas, me tenéis harta. A la cama.

A la cama era su castigo preferido, claramente porque le beneficiaba a ella. Estaba deseando que hiciéramos algo medio mal para mandarnos a dormir. Si no hacíamos nada, nos daba la cena prontísimo para acelerar nuestra desaparición temporal. Y en verano, cuando los días eran muy largos, cerraba las persianas de golpe, clausuraba el día cual diosa del Tiempo y daba por instaurada la noche y el toque de queda.

El caso es que nos fuimos a la cama bastante apenadas con nuestra frustrada maternidad o lo que fuera eso. Mi hermana enseguida se consoló porque era de las que nunca admitía sus fracasos. Los pollos son idiotas, no te siguen si les llamas y se mueren enseguida. Mejor que no hayan nacido. Bueno, visto así, hasta tenía un poco de razón aunque yo al mío, durante el aburrimiento de la incubación, ya le había puesto nombre y apellido, no el mío, otro más de pollo, y eso hacía que la pérdida fuera más profunda. Además a mí me gustaba sufrir un poco, sufrí un rato disfrutando del dolor y me dormí.

Para resarcirnos, al día siguiente sacamos a Txori de la jaula y le dimos un baño dentro de una taza. Así yo cumplía mi sueño de bañar seres y después secarlos diciéndoles cositas tiernas y mi hermana el suyo de regañar y castigar. Definitivamente, la vida de Chorizo fue siempre un infierno.