El árbol de los bastones

La abuela Martina tenía un grupo de amigas en el pueblo con las que jugaba a las cartas. Entre ellas se llamaban con diminutivos como si se hubieran vuelto niñas de nuevo. En verano se sentaban a jugar en una mesa plegable debajo de un árbol. Era un arce negundo, lo sé ahora porque lo he investigado pero antes, para mí, era el árbol de las abuelas o el árbol de los bastones. Las que llevaban bastón lo colgaban de las ramas más bajas mientras echaban la partida. Como unos frutos extraños.

Las amigas empezaron a morirse una tras otra y un verano ya solo quedaban Martina y Consuelín. Como solo dos no podían jugar buscaron unas suplentes pero ya no era lo mismo. Mi abuela se enfadaba con las nuevas, no le gustaban, decía que hablaban mucho y que la mareaban, que eran tontas y que jugaban muy mal. Cuando íbamos a verla los fines de semana siempre nos enseñaba la misma foto, una en la que estaban las cuatro amigas originales muy pimpantes debajo del árbol de los bastones.

Teníamos que poner mucha cara de sopresa como si nunca hubiéramos visto la foto, y la habíamos visto mil veces, y ella, entonces, y eso era lo peor, entraba en detalles. Nos iba señalando a cada una de las amigas y nos narraba su proceso mortuorio sin ahorrarnos nada. Con puntillismo de abuela morbosa. Si intentábamos cambiar de tema, nos reconducía debidamente al relato del fin.

Estábamos deseando salir de allí, largarnos, dejarla sola con sus amigas supletorias que no sabían jugar y la foto de sus muertitas sufrientes. Pero luego, cuando por fin nos íbamos me daba pena. Pensaba que ella podía ser la siguiente ya que solo quedaban dos y me entraban ganas de volver para estar con ella un poco más. Es raro querer a alguien y al mismo tiempo no poderlo soportar. Estar deseando marcharte y cuando te marchas, arrepentirte. Pero pasa.

Ella fue la superviviente, la recuerdo muchas tardes sentada debajo del arce, ya sin bastones colgando, ya sin partida porque también sobrevivió a las suplentes tontas. Mirando al frente. Los pájaros cantando por encima.

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41 comentarios en “El árbol de los bastones

      1. No, no, que podías haber dicho un nogal, un castaño, un abedul, un sauce (uno llorón habría quedado bien en esta tu historia)… y te fuiste al arce negundo, ¡toma ya conocimientos de arbolística!.

      2. No, qué va, le da un toque de erudicíón, y esos toques están bien de vez en cuando sobre todo si son verídicos. Besos Eva 🙂

  1. No es tan raro querer a alguien y a la vez no poder soportarlo. De hecho a mi me ocurre con varias personas de mi familia. Pero creo que les queremos porque es lo que hay que hacer, no porque realmente nos salga del corazón ese sentimiento….

  2. “A la próxima castaño, y andando…” Jajaja, qué bueno, y por cierto, primera vez que oigo el vocablo “negundo”.
    “Es raro querer a alguien y al mismo tiempo no poderlo soportar. Estar deseando marcharte y cuando te marchas, arrepentirte. Pero pasa.” Magistral reflexión, y muy cierta. Yo estoy deseando leer el post, comentar y salir por patas. ¿Verdad o mentira?
    Bonita y triste historia a la vez, tan real como la vida misma. Hermoso final. Un beso.

    1. Será verdad, no te vas a quedar a vivir en un blog. Está bien así. Veo que lo de negundo os ha llegado al alma, os colaré alguna más, por algo me llamaban repelente.
      Otro beso para usted, estimado señor What.

      1. Quedarme a vivir no, pero sí pasar muchos ratos que no tienen precio (ni Mastercard ni Visa…). Ya me conoces, tenía que soltar la bromita. Me pasa y me ha pasado, incluso con familia MUY MUY cercana, no aguantarles más que un ratito y sin embargo…
        “Estimado señor What”…Ohhhhhh…..

      2. Sí, casi parezco un Sir o un Lord inglés, o un conde (Drácula mejor). Tampoco me gusta What, la verdad sea dicha. Algún día las cosas pueden cambiar en ese sentido.

  3. “Es raro querer a alguien y al mismo tiempo no poderlo soportar. Estar deseando marcharte y cuando te marchas, arrepentirte. Pero pasa”. ¡Qué cierto! Y después, el día que lo pierdes definitivamente das vueltas a la cabeza pensando en que lo hubieras podido hacerlo mejor.
    Qué bonita imagen de amistad, pérdida y soledad que has pintado bajo ese árbol. Me quedo con las ganas de saber el nombre de las otras dos
    ¡Ah! Y al hilo del comentario de Chus, lo del nombre de los árboles —da igual si preguntas el nombre o no— da a la entrada un aire especial que a mí también me gusta y para es pedante, porque el buen escritor busca palabras sonoras e investiga y eso no quiere decir que lo sepa todo, lo que quiere decir es que mima sus textos 😉 ¡No dejes de mimarlos nunca!

    1. Las otras dos se llamaban Laurita y Carmentxu. Es verdad que pasa mucho cuando alguien muere y piensas que mientras vivía no te portaste todo lo bien que debías. Gracias por el comentario sobre el árbol. Beso enorme, Neh.

  4. A mí ahora mismo también me pasa. Eso de querer estar pero en el momento de estar desear irme. También con mi abuela. Y no se reconoce tan fácilmente, se siente uno culpable, pero no por eso deja de sentirse…

    1. Te sientes muy culpable pero se repite. A mí, y esto es todavía peor, ahora también me pasa con mi madre. Se ha hecho mayor y tengo esas mismas sensaciones y ese mismo sentimiento de culpa.

  5. Por alguna extraña razón ese cedro me recordó a un célebre castaño donde “el primero de la extirpe está amarrado y al último se lo comen las hormigas ”
    Dentro de mi cabeza existe algún paralelismo
    😜😜

      1. Sí, es de Gabo, y es impresionante por si misma esa imagen, sobretodo porque el último protagonista era un bebé indefenso que no tenía culpa ninguna de las carambolas de la historia. Es un personaje cojo en el mundo mágico-realista de Márquez
        (quizá se nota que soy súbdito abnegado de Gabriel)

  6. La situación y la idea de esperar que se vaya quien creemos que debe de irse, pero no se va. Debilidades casi tan increíbles como esa del elefante sobre la tela de una araña. Provocan sentimientos de atracción y rechazo. A la vez, como tú dices.

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