Día: 5 julio, 2016

Subida al pico

Dos o tres veces en el verano hacíamos una excursión hasta la cima del monte. Subir al pico lo llamábamos. De guía montañero hacía el tío Andrés, uno de los hermanos de mi madre, un señor muy simpático y didáctico, nada que ver con el otro tío, el ogro. Pese a que le sobraban algunos kilos estaba en forma, él se subía al pico todas las mañanas, salía de madrugada y cuando volvía nos traía churros para desayunar. La comida le importaba mucho, por eso llevábamos tantos bocadillos en esa excursión. También le importaba irnos enseñando cosas por el camino sobre la flora y fauna autóctona. La verdad es que no le hacíamos ni caso, algo se nos quedaría, pero poco, tal vez la afición por aprender después, en ese momento no era nuestro objetivo y cuando nos hablaba de plantas, árboles o pájaros, desconectábamos.

En el camino hasta el pico había tres hitos: los árboles enamorados, las rocas con forma de tetas y la tumba del desgraciado niño Pedrín. Nos gustaba repetir exactamente el mismo itinerario y que no se modificara nada respecto a las veces anteriores. Cuando eres niño te gustan las pautas establecidas, no necesitas novedades, será porque todo es nuevo.

Los árboles enamorados eran dos castaños que parecían volcarse uno sobre el otro formando por arriba una cúpula verde, llena de sombra. En realidad no se llegaban a tocar y si te fijabas bien entre las ramas se dibujaban ríos de aire. Pero no nos fijábamos bien porque precisamente lo que nos gustaba era que se abrazaran. Uno ve lo que quiere ver.

Mis hermanos lo que querían ver era dos tetas gigantes en las dos piedras redondas, un poco más arriba de los castaños enamorados, y también las veían. Todos las veíamos y nos subíamos encima y las tocábamos para reírnos. Esas risas eran importantes porque ya nos acercábamos al tercer hito: la tumba del desgraciado niño Pedrín.

Qué angustia me daba ese lugar. Era una cruz de piedra con tres escalones, en el primero estaba escrito “aquí yace el desgraciado niño Pedrín”, en el segundo escalón se leía “Bravo y Bravo” y en el tercero, “víctima del cruel salvajismo”. Pedrín había sido un niño del pueblo, monaguillo para más señas, al que alguien asesinó un día nevado de diciembre de mil ochocientos algo.

Nunca entendi muy bien el “Bravo y Bravo”, ¿estaban contentos porque habían encontrado el cuerpo y lo habían podido enterrar o es que aplaudían el cruel salvajismo? Luego resultó que eran los apellidos del niño pero de eso me enteré mucho después. No me gustaba demasiado pararme ahí, sentía una mezcla de pena y miedo. Mis hermanos y primos decían que de noche se oía la voz gimiente de Pedrín, pero era mentira. Tampoco tenía mucho sentido que el que nos diera miedo fuera el desgraciado Pedrín, un muerto, más bien nos tenían que haber asustado los vivos capaces de hacer algo así.

Menos mal que enseguida continuábamos subiendo, mi tío debía de tener ya hambre, los bocadillos nos los comíamos en el pico, y nos azuzaba para que fuéramos más rápido. A medida que ascendíamos me olvidaba de Pedrín y su desgracia. Era tan bonito el monte, sus olores a pino y jara pegajosa, sus sonidos de pájaros, la sensación de libertad al ir dejando atrás el mundo conocido que el desgraciado niño, asesinado a los ocho años, se esfumaba.

Otro problema más terrenal e inmediato me preocupaba: no llegar la última para así no tener que aguantar las burlas de mis hermanos. Imposible, siempre llegué la última a la cima y si quería imitarles trepando por las rocas para acortar como hacían ellos, solía caerme. Pero que era patosa también se me olvidaba arriba,al comerme el bocadillo mirando ese horizonte inmenso que se extendía delante.

Aunque solo fuera por unos momentos nos sentíamos poderosos, el mundo parecía nuestro y la vida, la mucha vida que nos esperaba todavía, cargada de emociones, alegrías y dolores, aunque eso todavía no lo supiéramos, también nos pertenecía como un regalo sin abrir.

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