Día: 13 julio, 2016

Nicanores de Boñar

Un otoño a la abuela Martina le dio por morirse. Se moría todas las tardes por lo menos una vez. Por las mañanas no, tenía  cosas que hacer pero por las tardes, esas tardes del otoño cortas y de poca luz, se moría y nos avisaba por teléfono.

Es el fin, hija, no sé quién eres de las tres, da igual, dile a tu madre que me muero ya, que venga deprisa. El corazón me ha hecho dos latidos muy raros, fuertes, más fuertes de lo normal, como la traca final y luego, plas, se ha parado. Ya no lo noto, estoy muerta.

Mi madre salía corriendo, su corazón también latiendo a tope,  estaba un rato con ella y la resucitaba. No todas las tardes se moría de lo mismo. Algunas era de insuficiencia respiratoria, se ahogaba, otras de un fallo renal, notaba ella que el riñón ya no era el que había sido, o de simple muerte sobrevenida.

Después de unas cuantas muertes y resurrecciones nos empezaron a mandar a nosotros, por parejas, nunca solos, no fuera a ser verdad esa vez y nos impactara demasiado. Yo casi siempre iba con mi hermana pero una tarde me tocó ir con uno de mis hermanos medianos. Era muy peliculero y se llevó un espejo pequeño en el bolsillo del pantalón para ponérselo a Martina en la boca, habia visto en el cine que se hacía eso para saber si alguien había muerto o no. Si se empañaba era que no.

Nada más llegar abrimos con la llave que nos habían dado y fuimos corriendo a hacerle la prueba del espejo. Nos la encontramos tan ricamente sentada en su sillón comiéndose un bollo con forma de flor, las manos manchadas de polvo azucarado.  Tenía una caja encima de la mesa en cuya tapa  ponía “Nicanores de Boñar”, por los huecos que quedaban dentro, ya iba por el tercero.

Me los ha traído una vecina, la he llamado también porque a veces tardáis mucho y no quería irme sola de este mundo, qué atenta es Luci, ¿verdad?,  nos dijo con la boca llena de hojaldre. Están buenísimos, ¿queréis uno? Nos comimos esa cosa pringosa con ella y como vimos que seguía viva  nos marchamos sin haberle podido hacer lo del espejo.

Era una glotona y decía que no sabía por qué engordaba con lo “poco” que comía. Me quedé preocupada por si se moría esa noche de un empacho de Nicanores pero no,   por las noches no se moría y por las mañanas  tampoco, su hora de difuntos era a eso de las seis cuando empezaba a oscurecer y le entraba la angustia con la llegada de las sombras.

Sonaba el teléfono y otra vez Martina dando el parte:  se acabó lo que se daba, majos, venid corriendo, que venga tu madre o Elena o Josetxu, vosotras dos no, sois muy liantas, y los medianos tampoco, me rompen los adornos con la pelota. Qué más le darían ya los adornos, esas familias de perritos y gatitos, la lavandera de porcelana y el cenicero de cerámica de Talavera de la Reina, si estaba muerta.

No se murió ese año ni al otro tampoco. Pudieron ser los Nicanores, la vecina Luci no dejaba de surtirle, a lo mejor tenían algún ingrediente milagroso . Pero también pudieron ser los Nicanores los causantes de su muerte, quién sabe si hubiera durado aún unos cuántos años más de no haber comido tantos.

 

 

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