Día: 19 julio, 2016

Ania la malvada

 

La casa más misteriosa de toda la calle era la de Isabel :  persianas bajadas, el jardín sin cuidar lleno de hierbajos crecidos y un sofá-columpio que a veces se mecía solo, fantasmal.  Su madre, Ania, también era misteriosa. Había nacido en Polonia y tenía una cara angulosa, de pómulos muy marcados,  ojos verdes felinos y un moño color teja que se iba desplazando de sitio según el día de la semana. Los lunes empezaba en la nuca, muy bajo, y al llegar el viernes había subido ya casi hasta la frente. De lo más misterioso el moño trepador.

Isabel era una de nuestras amigas del verano. Por las tardes salía a jugar con todos pero  nunca venía a bañarse a la piscina del pueblo, donde íbamos casi todas las mañanas. Se quedaba en casa, con las ventanas cerradas, las persianas bajadas, a oscuras. Era muy extraño y cuando alguna vez le preguntábamos por qué no se bañaba eludía la respuesta. Isabel era una niña buena, de las que nunca se pelean con otros ni quiere imponer su voluntad, pacífica, sonriente.

Algunas tardes, mientras jugábamos, el moño móvil se asomaba por una esquina de la ventana a observar. No me gustaba Ania pese a que era guapa y todo lo que fuera belleza me atraía sin remedio,  esos pómulos me parecían contenedores de maldad. Mucho antes de que se hiciese de noche y cuando todavía estábamos en la parte más interesante del juego,  Ania salía a la puerta de su jardín salvaje y, desde ahí, medio escondida entre las hierbas altas y amarillas, resecas por el calor de agosto, llamaba a Isabel con unas frases cortas  en polaco. Ella salía corriendo, ni se despedía, y desaparecía en la casa lúgrube. Puertas y ventanas cerradas.

Un día mi madre nos contó que Ania pegaba a Isabel, no por nada en especial, por cualquier cosa podía pegarla: por derramar un poco de leche en la mesa, por atarse mal el cordón de la zapatilla, por olvidarse de algo cuando le mandaba a la compra o por cualquier otro motivo tonto. Ahora ya sabíamos por qué tenía siempre todo tan cerrado, seguro que era para poder pegar a su hija sin que nadie se enterase. Al momento, mi madre se arrepintió de habérnoslo contado y nos dijo que no estaba segura, que era algo que habia oído pero que probablemente sería un bulo inventando por alguien del pueblo, simplemente porque eran extranjeras y distintas.

Mentira o verdad, a la mañana siguiente nos plantamos delante de la casa dispuestas a a hacer justicia a nuestra rústica manera. Mi hermana se puso a tirar piedras a las ventanas, rebotaban en las persianas bajadas y caían al jardín. Copiona  como era, hice lo mismo aunque tampoco tenía muy claro qué iba a solucionar ese ataque. Estuvimos un buen rato tirando piedras hasta que nos cansamos y lo dejamos. Solo se movía el sofá columpio de fuera con un chirrido muy leve. Esa tarde Isabel no vino a jugar, a la siguiente sí. Aunque hacía mucho calor llevaba un pañuelo atado al cuello, generalmente iba muy abrigada, con ropa inapropiada para un mes de agosto español. Por la ventana de arriba nos observaba otra vez el odioso moño ascendente.

Todas las mañanas, antes de ir a la piscina, le lanzábamos alguna piedra y salíamos corriendo. Antes de que acabara el mes se marcharon,  no creo que fuera por nuestra cutre intifada, y nunca más las volvimos a ver. La casa estuvo un tiempo vacía, como maldita, o eso me imaginaba yo. Al  verano siguiente la habían transformado en un asilo de ancianos y pasando por delante, ya sin piedras, fue como nos  hicimos amigos de Ezequiel, el viejo simpático.

Nos regalaba chocolate y  caramelos a través de la valla como si fuéramos nosotros los prisioneros y no él. También nos hacía un truco de magia con cartas, siempre el mismo, pero cada vez nos asombraba.  Nunca le pillamos y eso que se lo hacíamos repetir mil veces para captar el engaño. Mis hermanos le pusieron de nombre el Mago Magín.

De vez en cuando, alguna tarde, mientras jugábamos, nos acordábamos de Isabel, de lo abrigada que iba, de los pómulos malignos de Ania. Qué habría sido de ella. Ojalá viviera en una casa de ventanas abiertas y fuera feliz. Enseguida se nos olvidaba. También se nos olvidó Ezequiel y su truco. La infancia está llena de novedades y unas van cayendo encima de otras sepultando lo anterior.  Es ahora, en el rescate, al remover la tierra cuando empiezan a salir de golpe, en desorden.