Día: 21 julio, 2016

La casa de Celeste

Algunas tardes mi madre me llevaba con ella a casa de una amiga suya llamada Celeste. En realidad no me llevaba ni me quería llevar pero en cuanto yo veía que abría la puerta y empezaba a subir la cuesta, dejaba de jugar y salía corriendo detrás. Me daba igual que me llamara pesada o que pusiera cara de fastidio, me había salido con la mía y ya iba a estar pegada a ella toda la tarde. No tenía mucha dignidad.

El caso es que a los cinco minutos me aburría y se lo decía, eso la irritaba más, “¿para qué has venido?, ya te dije que te ibas a aburrir, todavía estás a tiempo de volver”. Qué indecisión, no sabía qué hacer, quería bajar para seguir jugando pero ¿y si justo por bajar le ocurría ese algo que yo tanto temía? Mejor aburrirme con ella y con su amiga Celeste. Me quedo, le decía dándole la mano. Me gustaban muchísimo sus manos, largas y suaves. Pero por dentro pensaba, “tenía que haberme ido”. Eso me sigue pasando, elija lo que elija siempre creo que lo bueno era lo otro.

Y me aburría toda la tarde en casa de Celeste. Era costurera y trabajaba desde su casa, por eso tenía el suelo sembrado de trozos de telas de colores. Vivía con un marido acostado en una cama, tenía alguna enfermedad, y un gato muy gordo y antipático, capado, al que había puesto de nombre Rey de España. El nombre venía de que cuando lo tenía en brazos le gritaba, “ay, mi rey de España, qué guapo es”. Mi padre aseguraba que el marido estaba muerto, que lo había matado la propia Celeste para poder cohabitar tranquilamente con el gato. Pero es que todas las amigas de mi madre le caían mal y a todas les atribuía leyendas raras.

Puedes quedarte con todos los retales que quieras, me decía Celeste muy generosamente, ofreciéndome las telas rotas del suelo pero merienda ni por el forro. A eso me dedicaba mientras ellas hablaban, a recolectar retales y a formar montones. Los ordenaba por colores, por formas, por estampados, los volvía a desordenar, hacía figuras con ellos en el suelo, los lanzaba al aire. También miraba por la ventana. Desde la casa de Celeste se veían las vías del tren y detrás el monte verde y gris. Cuando pasaba el tren dejaba el juego de los retales y miraba el tren. Rey de España también miraba, muy digno, desde otra ventana.

Mientras, ellas hablaban y hablaban de sus vidas y de los disgustos. Venga con los disgustos, hija mía qué disgusto esto y qué disgusto lo otro. Después se reían como dos locas de los propios disgustos, hasta lloraban de la risa. No había quién las entendiera. Mi madre, como si yo no estuviera delante, le contaba cosas nuestras, también de mí. Eso me hacía sentirme mueble o niña invisible puesto que era capaz de decir “esta es la que me ha salido más tonta de todos, creíamos que iba a ser muy lista porque aprendió enseguida a leer pero luego…” y Celeste asentía, dándole la razón. Una niña que jugaba con trozos de tela y miraba el tren pasar no daba muestras de gran inteligencia. Pero si lo de las telas me lo había sugerido ella…estaba claro que me había equivocado al ir allí, la opción buena era la otra.

Todo el camino de vuelta lo hacía enfadada. Quería un helado, ya que me había aburrido, no había merendado y me habían llamado tonta en mis narices, era lo mínimo. Pasábamos delante de la tienda de los helados valencianos y después de mucho tira y afloja compraba un polo de horchata para mí y para ella un granizado de limón. Nos lo tomábamos sentadas en un banco antes de llegar a casa para que no lo vieran mis hermanos. Ese momento era perfecto y la elección la correcta. Mirábamos juntas los retales para ver cuál era el más bonito y qué se podía hacer con él aunque luego nunca hiciéramos nada. Daba igual, la gracia estaba en proyectar. También nos reíamos mucho del gordo de Rey de España. Era muy sencillo ser feliz. Tanto como dejar de serlo.

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