Día: 28 julio, 2016

Frutero del Punyab

Hace poco abrieron en mi barrio una frutería nueva, el frutero es un indio con turbante naranja, barbita negra de chivo, muy delgado, con aspecto de yogui, amable y ceremonioso. Habla bien el español porque ya lleva diez años aquí y además le gusta hablar aunque si el otro no está por la labor, limita el intercambio verbal a tres frases recurrentes.

Una es “to muy bueno, to muy fresco”, la otra “gracias a Dios” y la última, que utiliza como cierre es “qué pena, qué pena”. La primera es bastante falsa porque, si puede, te coloca entremezclado algo “to malo, to pocho” pero como lo hace con una sonrisa y aires de tranquila meditación da más vergüenza reclamar que si fuera el típico frutero chulesco.

Suele tener de fondo musical algo muy repetitivo y machacón que han resultado ser rezos cantados, como el rosario de mi abuela pero en versión exótica. Para mí, para él lo éxotico será el rosario. Me recuerda un poco a mi abuela, en versión asiática y joven porque ella también decía “qué pena y si Dios quiere”.

Sé que son oraciones porque se lo pregunté, un poco por interés y otro poco por hablar de algo mientras me pesaba la fruta. Como me pareció que la charla se había quedado un poco corta, él seguía pesando y yo mirando como se electrocutaba una mosca, también le pregunté de qué parte de la India era. Me dijo que del Punyab y me preguntó, ilusionado, si había estado alguna vez.

Ahí es cuando me di cuenta, demasiado tarde, de que hacer esa pregunta si no habías ido nunca a la India, como es mi caso, y sin tener ni idea de la geografía del país, era una tontería de las gordas. Para no quedar como idiota ni decepcionarle, mentí un poco y le dije que sí, que había estado unos días y que me había gustado mucho. Ya lanzada le dije también que la gente era muy simpática y la comida riquísima. Pollo tandoori y todo eso. Luego salí corriendo antes de que me preguntara algo más, con una ansiedad parecida a la que sentía en clase de matemáticas cuando sacaban a la pizarra.

En cuanto llegué a casa, además de comprobar que me había endosado un melocotón “to pocho”, me metí en la wikipedia para informarme y aprendí bastantes cosas. Por ejemplo que Punyab significa cinco ríos, que su capital es Chandigarh, que se dedican sobre todo a la agricultura porque es una región muy fértil, a causa de los cinco ríos, y que la mayoría de la población es sij, no sé en qué consiste ser sij. Ya me enteraré. La visita típica es el Templo de Oro en Amristar, santuario sagrado del sijismo. En este momento están en época de monzones.

Con esos datos en mi poder he vuelto hoy a por un melón sin miedo a ser descubierta. Se ha puesto muy contento cuando me ha visto, por aquello de que conozco su tierra. Iba a sacarle el tema de los monzones, del templo dorado y de la fabricación de bicicletas y máquinas de coser, otro dato que me he aprendido de la zona, pero no ha podido ser porque en un momento se ha llenado la tienda de gente y de lío. Una mujer venía a devolverle una piña que no estaba tan “to buena” como debía.

Solo me ha podido contar que no va cerrar en todo el mes porque es pobre, los pobres no tienen vacaciones, solo han venido al mundo para trabajar, trabajar y trabajar, nada más que para eso. “Qué pena, qué pena”.

Pues es verdad, tiene razón el piadoso frutero del Punjab, ahí sí que está bien puesto el qué pena.