Día: 29 julio, 2016

El harén de Pepe

Pepe, el portero del 42, se ha montado un harén asexuado pero muy lucrativo con las viejas del edificio. Todas le adoran porque las lleva de la mano, les pregunta por sus males, acarrea sus bolsas y carros y hasta las sube en brazos para montarlas en lo que él llama “el columpio” una de esas sillas salva escaleras que se encajan en las barandillas. Mientras ellas suben o bajan, Pepe les canta “A la sillita de la reina, que nunca se peina” y da alegres palmas.

También les alaba los peinados cuando vuelven de la peluquería, sostiene en brazos a sus perritos, se interesa por la vida de sus nietos y critica con saña a las residencias o a los hijos que no las visitan. Cuando ya no pueden salir, les lleva el pan, la leche y un rato de compañía. A Manolita, como se le cayó al patio una zapatilla, le puso de nombre la Cenicienta y cada día le augura la pronta venida de un príncipe, mucho mejor que su marido, el que se gasta la pensión en tragaperras.

A Susana, la que recoge colillas del suelo y luego se las fuma apoyada en el árbol de la esquina, le hace de detector colillero, “ahí tienes una buena, la acaba de tirar el del despacho de abogados y estaba casi entera, esa no la cojas, se la ha fumado el farmaceútico y las deja mondas, mira, tres seguidas, qué suerte tienes hoy”. A veces también se apoya él en el mismo árbol, todo bigotes negros, junto a la escurrida Susana, más consumida que sus propias colillas.

¡Pepe, mi salvador!, grita de lejos Amparo, la que camina con un andador. Pepe sale corriendo al rescate y le dice, “cada día das más deprisa la vuelta a la manzana, te veo corriendo la San Silvestre, Amparito, que sí, ya lo verás”. Y la acompaña hasta la farmacia cantándole el bolero, “Si tú me dices ven, lo dejo todo”

Por las tardes montan una tertulia en las escaleras del portal o alrededor de los contendores de basura. Algunos vecinos se han quejado de que Pepe se siente en las escaleras, agitando su plumero hecho de tiras de trapos, como si fuera el jeque del portal y las viejas sus decrépitas huríes. La gente se queja por cada tontería…

Cuando es el ramadán, Pepe, cuyo verdadero nombre nadie conoce aunque se sospecha que es Mohamed, desaparece durante el día y solo asoma para lo más esencial. Su harén vaga penoso, renqueante y abandonado por las calles del barrio, las propinas sin destinatario acumuladas en bolsos y bolsillos.