Mes: agosto 2016

Amnesia

Resulta que os iba a contar mis vacaciones, eso tan bonito de relatar lo bien que te lo has pasado, aunque sea mentira. Pues por suerte para vosotros no va a poder ser porque no me acuerdo de nada. Como todo lo que me ocurre lo retransmito prácticamente en vivo y en directo vía blog, pues he ido a consultar en la hemeroteca del mismo. Qué chasco, majos, no están mis aventuras estivales, vacío total desde hace tres meses.

Le he preguntado al Toni pero dice que le deje, que está muy angustiado a la par que hundido en la miseria porque mañana empieza a currar en el bar y que si yo no me acuerdo de que él tenía un huerto y que era feliz, relativamente, entre sus hortalizas y qué dónde está el citado huerto.

Anda, pues es verdad, el Toni ya no vivía en Madrid ni era camarero que se fue en pos de su sueño agrario, plantándome a mí antes de hacer lo propio con las lechugas,¿qué hace aquí otra vez? Más confusión, si cabe. Y sí que cabe, la confusión es como el polvo, se mete por todas partes.

Dado que el Toni no me ha sacado de dudas, he interrogado a la Noe. Se estaba probando, entre sudores, los estilismos para la nueva temporada y cuando ella se enfrasca en sus modeleríos pierde la noción del tiempo y el espacio y cualquier otra noción que pasara por allí.

Lo pasado, pasado está, me ha dicho abrochándose su falda-cinturón y meneando el culo ante el espejo. Vamos, que tampoco se acuerda pero no lo quiere admitir.

Ahora ya os imaginaréis a quién he tenido que recurrir en tercer lugar, a la Esme, iba a decir en funciones por estar de actualidad pero, después de oírla, diré mejor en disfunciones que también está de bastante actualidad.

Esmeralda, hermosa, ya estoy de vuelta en Madrid, le he gritado por el móvil haciéndome la encontradiza. El verano muy bien, ¿y el tuyo? He pensado que era mejor no desvelarle mi falta de pasado próximo y así ir tanteando a ciegas el terreno pero ella, que es muy cuca, se lo ha olido.

No te acuerdas de nada, ¿verdad? Lo que me temía, me ha respondido con voz muy lúgubre. Os ha borrado los recuerdos la muy arpía, solo me ha dejado consciente y memoriosa a mí, qué desgracia, qué soledad, qué sinsentido todo.

¿Pero, Esme, qué rumias?, no entiendo nada.

Pues claro que no entiendes nada ni lo entenderás por mucho que te lo explique y vaca lo serás tú. Aún así, te lo resumo, ahí va el bombazo: hemos estado muertos, todos, tú, Toni, Jacobo y su hermana la bebé, Patricia, doña Marga, Noe y yo también aunque un poco menos que vosotros. Y ahora viene lo peor, agárrate al sofá que seguro que es donde estás, te conozco,so vaga: no somos reales, somos inventados y no tenemos las riendas de nuestro destino. Por eso tu blog no es tuyo y tiene otra historia paralela escrita por la verdadera dueña. Seguro que tú no la ves, qué angustia me está entrando.

Dichas estas tonterías propias de una mente afectada por los calores, ha proseguido delirando como sigue.

¿Te acuerdas de la canción de Remedios Amaya, esa con la que quedamos los últimos en Eurovisión que decía…”ay quién maneja mi barca, quién, que la deriva me lleva, quién? Igual no te acuerdas dada tu corta edad y tu cortedad. Da lo mismo, el mensaje es ese, no te esfuerces porque te va a dar igual, tu destino ya está escrito o más bien a medio escribir, así que déjate llevar como hoja por el viento y aprovecha porque esta, en breve, nos vuelve a decapitar.

Madre mía, la Esme, qué chifladura más mala, no me imaginaba yo que la caída libre de estrógenos afectara también a las circunvoluciones cerebrales. Por si acaso le he seguido la corriente y me he puesto a deshacer la maleta proveniente de no sé dónde y a pensar en cómo de cambiados me encontraré a los niños que cuido. Estoy deseando verlos de nuevo y achucharlos, a su madre no, aunque tal vez ella pueda darme una pista de lo que ha sucedido en estos meses. O doña Marga, con la que también tengo muchas ganas de reencontrarme.

En realidad tampoco me importa tanto saberlo, mis veranos siempre han sido muy parecidos, tomando la fresca en mi pueblo, a lo mejor por eso no me acuerdo. Y en cuanto a lo que dice la Esme de que me deje llevar como hoja por el viento, eso le va a costar mucho a ella, que es de naturaleza rebelde y no se resigna nunca a la mediocridad de la vida, pero a mí, nada. Si a mí me gusta mucho hacer eso, es mi estado natural, ir de hoja volandera por el mundo sin oponer resistencia.

Desde la playa de Bakio

Cada vez que era el cumpleaños o el santo de alguno recibíamos una postal del tío Carmelo, un primo de mi padre que vivía en Bakio, un pueblo de Vizcaya. Hasta que se murió, jamás faltó a su costumbre de mandarnos la postal que ya, entonces, nos parecía un poco ridícula y pasada de moda.

El contenido siempre era el mismo, lo único que variaba era el nombre del destinatario. Decía: “A mi queridísimo sobrino (nombre correspondiente), desde la playa de Bakio, muchas felicidades en el día de tu cumpleaños (o santo). Firmado, Carmelo”.

En la parte delantera de la postal, con toda lógica, aparecía una fotografía de la playa de Bakio pero ahí si introducía ligeras variaciones. A veces mandaba una vista de la playa tomada entre dos rocas, otras una vista aérea y otras una ola gigante y unas letras de colores encima en las que se leía “Bakio”. La procedencia estaba clara y que el tío Carmelo se pasaba el día en la playa, también. Eso sí que era buena vida y no la nuestra. Sabíamos que no trabajaba, le habían dado la invalidez a causa de una enfermedad y la que ganaba el sueldo era su mujer, la tía Sabina.

Ella no tenía tiempo de mandarnos postales desde la playa aunque a veces firmaba en una esquina. Un garabato hecho a toda prisa con muchos picos agudos. Rúbrica que según mi padre delataba a las claras la mala leche que tenía. Pobre Carmelo, decía, se ha casado con Hitler, le debe llevar más que tieso. Él, sin embargo, es buenísima persona, se nota en la letra. Se notará en que lo conoces desde que tenías dos años y en que es tu primo más querido, decía mi madre desmontándole sus interpretaciones grafológicas.

Lo cierto es que no hacíamos ni caso a las postales del tío Carmelo, excepto para reírnos de que siempre escribiese lo mismo o para comparar entre nosotros cuál nos había tocado, si la de la ola, la de las rocas o la aérea y contar cuántas repetidas teníamos ya. Luego mi madre nos obligaba a que le llamáramos por teléfono para darle las gracias. Tampoco en la conversación había muchas variaciones. Decíamos, muchas gracias, tío, me llegó tu postal, muy bonita. De nada, contestaba él, ¿te ha gustado la playa? El año que viene, más. Y ya estaba.

Solo les vimos en persona tres veces, dos que fuimos nosotros allí en unas vacaciones de verano en las que no paró de llover y otra que vinieron ellos a Madrid. Tenían problemas económicos y no les iba a quedar más remedio que vender la casa de la playa. La tía Hitler-Sabina se resistía y gritaba como una loca levantado el dedo índice hacia el techo y dando golpes sobre la mesa, “Bakio no se hunde, no se hunde” y así sin parar. El tío Carmelo permanecía en silencio, le habían amputado una pierna y llevaba el pantalón doblado y sujeto con unos imperdibles por detrás de la rodilla. Qué impresión.

Esa frase de “Bakio no se hunde” se me quedó pegada y la uso para darme ánimos en los malos momentos. El caso es que muy eficaz no era porque sí que tuvieron que vender la casa y marcharse a vivir a Bilbao. Desde allí nos siguió mandando postales, pero ya no eran del mar, eran una pareja de hombre y mujer vestidos con trajes regionales. La tela de la falda de la mujer estaba bordada con hilos de verdad, me gustaba pasarle el dedo por encima.

Hacia el lugar equivocado

Qué envidia me daba el Ardilla los últimos días del verano. Él no tenía que irse. Se quedaba el año entero con todo lo que me gustaba, era suyo de verdad y no un simple préstamo como en nuestro caso. Ya estábamos a punto de tener que devolver la felicidad y eso me hacía sufrir por anticipado y no me dejaba disfrutar del final.

Para fastidiarle un poco, ya que él tenía lo que yo quería y sin haber hecho nada especial para merecerlo, puro azar del nacimiento, le preguntaba cómo se llamaba su colegio. No lo sabía, ignorancia que nos hacía mucha gracia. Se encogía de hombros con fastidio y me señalaba con la cabeza la dirección de ese colegio sin nombre. Eso también me daba un poco de envidia, en un sito sin denominar seguro que se estudiaba poco y no mandaban deberes.

A pesar de que volvíamos algunos fines de semana y en las vacaciones de Navidad y nos encontrábamos de nuevo, yo me imaginaba su vida instalada siempre en verano, libre de obligaciones, sin lluvia, sin días oscuros, sin dolor de garganta, sin fiebre de invierno, en un constante juego y en unas vacaciones eternas. Por eso no entendía por qué él también estaba esos últimos días un poco melancólico y todavía más callado de lo habitual. Si él no tenía que volver a Madrid, a encerrarse en un piso pequeño con un feo descampado delante. Él seguía teniendo árboles, montes, olor a pinos, estrellas por las noches. Él estaba en el lugar correcto y nosotros íbamos hacia el equivocado.

Estaba clarísimo y más claro todavía cuando nos acercábamos por la carretera a nuestra casa por esa zona de naves industriales y cementerios de coches. Cada año, al volver, insistíamos en lo mismo: queríamos quedarnos a vivir en el pueblo, ¿es que mis padres eran tontos y no se habían dado cuenta? Mi padre, que también volvía de muy mal humor, soltaba su “no se puede y a callar” y ponía en el coche la música de sus canciones vascas. Pues a callar, a odiar el “Boga, boga mariñela”, canción que también hablaba del adiós y la nostalgia pero bastante absurda con su “agur Ondarroa” cuando lo que se atraviesa es la reseca meseta castellana, imposible de bogar.

Entre patadas y pisotones rabiosos y los juegos de sumar matrículas que proponía mi madre, nunca perdía la esperanza de transmitirnos su pasión por los números, llegábamos al lugar erróneo, el nuestro de verdad, al parecer, con esa angustia acompañada de dolor de estómago y de cabeza, el cuerpo solidarizándose sin necesidad.

El Ardilla, él sí que tenía suerte, aunque no debía de saberlo porque cuando, al irnos, pasábamos con el coche por delante de su casa, lo veíamos sentado en un escalón, arrancándose las costras de las rodillas, mirando taciturno para el suelo, sin querer contestar a nuestros gritos de adiós.

Negro quinto

Negro quinto era el perro de tía vieja y tío viejo, una pareja que vivía en una casa cercana a la nuestra. A tío viejo y tía vieja les llamábamos tío y tía pese a que no tenían ningún parentesco con nosotros, lo de viejo y vieja lo decíamos solo cuando no estaban delante para que no hubiera confusiones con los tíos de verdad y porque realmente eran muy viejos. Eran tan viejos que no podían sacar de paseo a Negro quinto porque era un perro fuerte y los tumbaba. Para que no se escapara lo tenían atado a la pata de una mesa. Estaba muy triste y aburrido Negro quinto hasta que llegamos a darle la condicional.

Su color de pelo no era negro como podría deducirse por el nombre, era un perro canela con manchas blancas pero todos los perros que llegaban a esa casa heredaban el nombre del primero que habían tenido: Negro, ese sí, negro. El tío viejo era con ese perro inicial como un enamorado abandonado que aunque luego tenga más amantes nunca olvida del todo a la primera. Nos hablaba de él como si hubiera sido un perro prodigioso, todo virtudes y maravillas. Los siguientes habían ido mermando en inteligencia y buen comportamiento hasta desembocar en el desastre de Negro quinto, tonto de remate, según él.

A mí no me parecía nada tonto Negro quinto, bastante loco sí, desquiciado podría decirse. Él era joven y fuerte y vivía con dos viejos achacosos, necesitaba carreras y movimiento y se pasaba el día atado o encerrado en el cuartucho de la lavadora y las herramientas. La lavadora en marcha le ponía nervioso y la gruñía. Cuando nos oía llegar ladraba y lloraba a la vez porque sabía que tenía paseo. Cuando el tío viejo lo soltaba se ponía a girar sobre sí mismo como una peonza expresando así su alegría de prisionero liberado y su gozo de vivir.

Corría tanto y con tanta energía que no hacía ninguna falta esforzarse en subir la cuesta, le agarrábamos de la correa y nos transportaba hasta la falda del monte casi volando. Justo en la falda había cuatro casas de ricos, todas tenían perros guardianes y la diversión de Negro quinto era ladrarles desde fuera hasta ponerlos histéricos de rabia, mordían la verja a falta de cosa mejor que destrozar o amagaban con saltar desde arriba para matarnos a todos. Nos daba mucho miedo pero no había forma de contener los hábitos macarras de ese perro. Después, tranquilamente y con parsimonia, marcaba su territorio en cada una de las puertas y, misión cumplida, seguíamos subiendo, Negro quinto más calmado y con andares chulescos.

Nos gustaban mucho esos paseos con nuestro perro prestado. La única pega es que, a la vuelta, teníamos que quedarnos a hablar un rato con los tíos viejos, a modo de impuesto perruno. Nos sentaban en su mesa de comer, nos daban unos trozos de pan tostado del día anterior o del mes anterior y nos contaban, dándose codazos el uno al otro y guiñándose los ojos, cosas de cuando eran jóvenes y bailaban en las fiestas de todos los pueblos cercanos. Al parecer se habían pasado la juventud bailando de fiesta en fiesta y puede que por eso tuvieran las espaldas con joroba y los pies deformes, de tanta danza popular.

Negro quinto, agotado del paseo, se quedaba dormido con las patas pegadas a la pared. De vez en cuando tío viejo lo miraba con pena y decía, no es que sea mal animal pero es más tonto…como el Negro, ninguno. Tía vieja se reía tapándose la boca desdentada con la mano y nos llamaba “carinas guapas”. A nosotros también nos entraba un sueño raro.

El Ardilla

A las ocho de la mañana ya estaba el Ardi en una esquina del sofá mirándose las zapatillas. Muy repeinado con colonia por su abuela, las rodillas siempre con costras y mucha mercromina por encima. Ahí esperaba pacientemente a que nos levantáramos y, entonces, sin decir ni mu, se sentaba sigiloso a desayunar con nosotros.

El Ardilla vivía con sus abuelos y su madre en unas casas de ferroviarios detrás de las vías del tren, por encima de la nuestra. Como la madre trabajaba durante el día y se aburría con los abuelos, lo teníamos de invitado acoplado todo el verano. Se invitaba él solo, pero a nosotros nos gustaba su presencia. El nombre de “el Ardilla” no era un mote nuestro, lo traía ya, puesto por él mismo porque había conseguido atrapar una y estaba muy orgulloso de esa hazaña. La tuvo tres días en una jaula de pájaros pero luego la soltó. Él también tenía un cierto aire ardillesco, muy delgado y capaz de pasar de la inmovilidad a la acción de forma inesperada y con gran rapidez.

Si había mayores delante, el Ardilla no hablaba. Mi madre intentaba por todos los medios hacer que se comunicara oralmente pero lo único que conseguía era que mirara al suelo, se encogiese de hombros o dijera enfurruñado sí, no o no sé. Un día ocurrió el milagro y después de un mes de silencio, en una comida, el Ardilla dijo con voz muy grave: “jamón”. El plato con el manjar había pasado ya varias veces por delante de sus narices y ante el riesgo de quedarse sin catarlo no le quedó más remedio que articular palabra. Solo esa y volvió a su mutismo.

Gracias a él nos construimos una cabaña de verdad en el jardín. Antes ya habíamos tenido una pero era una porquería hecha con cartones y una toalla de piscina y siempre se estaba cayendo. Con el Ardilla mejoramos mucho nuestra arquitectura, él traía los materiales y ponía la habilidad necesaria para unirlos sin riesgo de derrumbamientos. Nos lo pasamos muy bien montando la cabaña y pensando lo que haríamos en ella. Como suele suceder con los proyectos, una vez que se alcanzan pierden el interés. Ya teníamos la cabaña, nos metíamos dentro, nos mirábamos las caras, pasábamos calor, nos aburríamos y aunque no lo quisiéramos reconocer, estábamos deseando salir.

El Ardilla era sobre todo amigo de mis hermanos, a los que apodó “los Mulos”. Enseguida aceptaron ese mote, les gustaba ser bestias y que se notara. Los tres juntos se subían a los árboles, lanzaban piedras, capturaban ranas en el arroyo mugriento y otras actividades por el estilo lideradas por el Ardi.

A veces desaparecía dos o tres días y no sabíamos nada de él pero al cuarto día ya nos estaba esperando otra vez en la esquina del sofá, con la mirada puesta en la punta de sus pies y un mayor número de heridas de guerra mercrominadas adornando sus rodillas.

Resurrección, según y cómo

A las buenas y buenos, queridos y queridas seres y seras virtuales. Hoy me he levantado muy idiotamente correcta y lo de levantado es un decir porque el que no se acuesta tampoco se levanta. Los personajes semi vivos- medio muertos somos así, no tenemos cuerpos a los que cuidar. Esto que tanto me molestó en un principio, me está empezando a gustar, es una liberación muy grande. Y justo ahora que le estoy pillando el punto a la incorporeidad, va mi creadora, loada sea (tengo que hacerle la pelota, en breve sabréis por qué) y dice que lo mismo nos resucita.

Como habla sola y no tengo otra cosa mejor qué hacer que espiar sus patéticas costumbres, he oído lo siguiente: “¡ay!(como lamentándose, tiende al melodrama que no veas), el blog era más gracioso al principio, más espontáneo y natural, echo de menos a mis personajes, los voy a resucitar y retomo la antigua historia”.

De haber tenido un corazón verdadero se me hubiera puesto a latir a toda leche y con arritmias, de la emoción a la par que susto por la noticia. Cierto que era lo que yo quería hace poco pero como me ha puesto la contradicción entre los rasgos más destacados de mi carácter, ahora ya no sé si quiero. Creo que no o según. Y no soy la única, que los demás tampoco quieren.

Eva dice que ella el mocho no lo empuña otra vez, que eso era cansadísimo y que para pasarse el día persiguiendo pelusas en casa ajena mejor se queda como está. Toni, menudo elemento dicho sea de paso, sostiene, sin ser Pereira ni nada, que él no está dispuesto a volver a la vida para, nada más llegar, ponerse a trabajar, envejecer mientras trabaja y volverla a palmar. Que le gusta este no ser siendo y que puede pensar, (se cree que no hacer nada y pensar es lo mismo), sin interferencias.

Doña Marga la centenaria pasa ampliamente de resurreciones y en su caso es de comprender, le espera la residencia y el estertor final. El Jacobín no se entera porque es un niño y Patricia, como es muy estirada, no nos dirige la palabra, está un poco rabiosa por tener que compartir zulo con personajes de tan baja estofa. No sé lo que piensa, pero creo que la vuelta a su cotidianidad tampoco le apetece demasiado. Recordad que muy feliz no era y que lloraba tras las puertas.

Conclusión a toda esta chapa que os acabo de soltar: o nos mejora las condiciones vitales y laborales o nos declaramos en huelga personajil y que se escriba a otros. A mí, por ejemplo, que me conceda otro novio, que de Hipólito, el taxista ese que me colocó y del que me hizo enamorarme, ya estoy más que aburrida. Digo yo, como sugerencia,alabada sea mi suma creadora, que Usain Bolt no estaría mal. Y que me ponga otra edad que la que me ha dado es muy mala, muy de crisis vital y corporal. Y que me saque del quiosco que quiero ser inventora y que…

Ya no pierdo más tiempo y voy a escribir la carta, no a los de Alfa Centauri, esa gilipollez también se le ocurrió a ella, si no a mi Reina Maga. Recojo en la carta las peticiones de mis compañeros de andanzas y no solo las mías, solidaria que es la menda.

Ante sus pies me postro señora (qué rastrera puedo llegar a ser).

Adiós.

El tío arboricida

En la quietud de las cuatro de la tarde del mes de agosto, tal vez desesperado por ese aparente estacamiento del tiempo, el tío Jaime se entretenía ideando arboricidios. Mientras el resto de adultos dormía la siesta, él salía a la terraza con un cigarro y una taza de café. Una vez bebido el café usaba la taza de cenicero y detallaba en voz alta sus planes destructivos. Que año tras año resultaran frustrados no disminuía en nada su interés por ellos.

Empezaba atacando al más débil, al pino torcido, “ese se cae este año, hay que cortarlo pero ya, antes de que ocurra una desgracia”. Después continuaba con cualquier otro elegido al azar, “si quitáramos ese entraría luz directa e la cocina, fuera ese otro también y el de al lado, coño”. Y así iba extendiendo el exterminio a los demás hasta que, como si de un fuego imaginario se tratara, los alcanzaba a todos. Ya tenía casi su páramo soñado aunque aún debía cargarse a tres más para completar la faena. Uno era el castaño del centro del jardín cuya copa llena de escandalosos gorriones lo atormentaba, decía que tanto trino le ponía nervioso, y por último a los dos tilos. Al de la derecha lo odiaba especialmente pues algunas de sus ramas se colaban por la ventana de su cuarto. Una impertinencia arbórea intolerable.

A la vez que fumaba, señalaba víctimas con el dedo y narraba para nadie sus proyectos de aniquilación. En lugar de ver en los árboles una riqueza, él veía incomodidades y peligros. Tal vez volcaba en ellos otro tipo de odios no confesados, su propio malestar, el deseo de estar en otra parte o de ser otro. Su rechazo hacia esa casa, esos veranos, esa vida. Claro que esto son elucubraciones porque nadie puede entrar, por suerte para todos, en la mente de otro, solo hacerse una composición aproximada de lo que hay dentro observando lo de fuera, pero no siempre se acierta.

Como no podía hacer realidad su desierto y necesitaba acción, iba a buscar la caja de herramientas y ajustaba patas de sillas, lijaba puertas, afianzaba marcos de ventana, pintaba una barandilla, trasladaba los cacharros de la cocina de un armario a otro y un día hasta cambió de sitio la mesa del comedor y cuando los demás se levantaron de la siesta se encontraron con la mesa de comer en la entrada, al lado del teléfono y todas las sillas pegadas a la pared, como castigadas. El caso era intervenir en el territorio, modificar, dejar su huella, cambiar las cosas. Así se pasaba las tardes del verano, martilleando lo que fuera, sudando, fumando.

No debía de saber que las cosas, los seres que las usan y las situaciones que entre todos componen se modifican solas y hasta se destruyen y desaparecen para dejar paso a nuevos escenarios que también se extinguirán, intervengamos o no.

Qué irreal me parece ahora la mesa de patas de hierro con un cristal por encima donde él se sentaba a fumar y a imaginar arboricidios, los largos y flacos troncos de los pinos, las hortensias de mi abuelo, la franja de luz donde bailaban las moscas borrachas de tila, la cabaña que nos construimos con cuatro cartones y unos trapos viejos.

Y qué irreal también él, viendo la televisión después de cenar con los pies metidos en una palangana con agua y sal porque le dolían de tanto trajín, qué lejano y desecho el miedo y el desagrado que tanto su persona como sus planes destructivos me causaban.