El mueble

El centro del hogar era aquel mueble. El mueble. Como si no hubiera ninguno más. Allí se guardaba todo lo importante: los misteriosos documentos salvadores, los libros de mi padre, las medicinas, los recuerdos de viajes, los regalos emotivos y en una puerta que se abría hacia delante con unas cadenitas, como la del foso de un castillo, las botellas de alcohol. El mueble también servía de expositor de nosotros mismos, de la familia que éramos a modo de guía visual por si se nos olvidaba. Repartidos por sus estantes estaban las fotos de todos en los momentos estelares, o así considerados, de nuestra vida.

La imagen central era la de la boda de mis padres, tan jóvenes ellos y ligeramente ridículos en sus trajes de ceremonia, mirándose con cara de enamorados inocentes. Y alrededor, como surgidas de ese big bang matrimonial, las nuestras de bebés, las de las comuniones, también ridículas por lo poco naturales, y alguna de grupo en la playa o en el monte durante las vacaciones. Aparte, en un estante lateral, mi madre había colocado fotos de sus abuelos y de los abuelos de mi padre, extraños personajes vestidos con ropas antiquísimas y peinados fuera del tiempo. A ellos se fueron sumando, poco a poco, nuestros propios abuelos.

Mi afición por la lectura empezó ahí, en el mueble, al que tanto acudía mi padre en busca de libros, curioseando por detrás lo que le había visto en las manos. Le gustaba mucho leer hasta que por algún proceso raro de su cerebro, dejó de gustarle. Primero abandonó la ficción y solo leía libros de política o de historia, luego se centró únicamente en la Segunda Guerra Mundial y después, no sé si indigestado por todos los horrores que se había tragado, nada. Abandonó definitivamente y si le regalaban libros los empezaba por compromiso o como para demostrarse a sí mismo que todavía leía, pero se quedaba siempre en las primeras páginas.

También en el mueble, en su sección alcohólica, nos pillamos mi hermana y yo nuestra primera borrachera o, algo que se le pareció,con una botella de pipermint, qué horteras, un día que nos quedamos solas. Nos pareció que ese líquido verde tenía que saber mejor que las otras bebidas de colores menos llamativos. Para amortizar las risas y el ansia de hacer algo especial, nos pusimos a saltar en un bulto que se había formado en el suelo, en el parqué, a causa de unas humedades. Saltamos tanto y con tanta fuerza que lo aplanamos. Mis padres se pusieron muy contentos a la vuelta cuando vieron que la avería había desaparecido sin que ellos tuvieran que hacer nada. Que luego vomitáramos les pareció normal, a veces eran muy tontos.

Si se iban de viaje sin nosotros, aunque solo fuera al pueblo, sacaban de uno de los cajones del mueble una carpeta negra de gomas y le enseñaban su contenido con mucho misterio y ceremonia a mis hermanos mayores. Es esa carpeta estaba guardado el testamento y otros papeles esenciales para nuestra supervivencia de posibles huérfanos. Era de lo más desagradable ese traspaso de carpeta.

Cuando los pequeños llegamos a la adolescencia y los dos mayores ya no vivían en casa, mi padre se quedó sin trabajo. Sus pasos de parado lo encaminaron de nuevo hacia el mueble, pero ya no con la intención de leer si no con la de echarse un trago de whisky aliviador. La puerta de acceso a las botellas chirriaba al abrirla. Que se tomara un whisky de vez en cuando era algo inofensivo pero cuando empezamos a oír chirriar la puertecita muchas veces al día, nos empezamos a preocupar. Desde la cama, me dió por contar con angustia el número de veces que se abría la puerta. Eran muchas. El foso había resultado tener dentro unos cuantos cocodrilos.

Nunca fue un alcohólico agresivo, más bien se conformaba con auto destruirse en silencio sentado en su esquina del sofá, negando que le estuviera pasando nada malo. Hasta que se puso enfermo y tuvo que abandonar como medida de supervivencia aunque ya nunca tuvo buena salud. Por suerte pasó unos años muy felices cuando nacieron los dos primeros nietos, una especie de último regalo de la vida.

El mueble sigue vivo en casa de mi madre, casi exactamente igual que estaba, solo que ahora hay imágenes paternas por todas partes, -de niño, de joven, pescando, abrazado a ella- a él no le ha colocado en el estante lateral. También hay fotos de todos los nuevos que han ido llegando, los mismos libros que huelen a polvo, los adornos de siempre, muchas medicinas sustituyendo a las botellas y una colección de animalitos de peluche. Porque desde que es vieja le regalan peluches, a ella le gustan. Dice que son muy buenos y que no le dan nada de guerra.

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49 comentarios en “El mueble

  1. ¡Jo, que llorera! Debo andar flojita hoy con estos calores, pero me ha conmovido tanto tu relato. Ese mueble tan lleno de recuerdos parados en el tiempo, la figura paterna, la permanencia en las imágenes…
    Tu relato me ha traído a la mente otro mueble, también el omphalos de mi universo familiar, en el que se escondía tanta historia. Al morir mi madre, cuando mis hermanas y yo lo vaciamos de vida y recuerdos, quedó como el esqueleto de un viejo dinosaurio y todas las “cosas” que nos repartimos, ahora viven repartidas y desarraigadas y ya son “otras cosas” 😦

    1. Besos a cambio de la llorera. Todavía no me ha tocado vaciar ni muebles ni armarios. Momento duro tiene que ser pero, bueno, hay que aceptar lo efímero de todo y seguir con todo lo nuevo que se va presentando. Y dime, que tú eres más culta que yo, ¿qué es el omphalos? Me lo imagino pero saberlo, no lo sé.
      Más besos

      1. Sí, hay que aceptar que todo pasa y que unos recuerdos se amontonan sobre los otros, pero ninguno se pierde; siguen vivos en algún lugar 😉 El omphalos viene a ser el centro del mundo, el lugar más sagrado de todos. Muchas religiones y mitologías consideraban que allí había un enlace especial entre el cielo y la tierra y, por eso, ese lugar era venerado. Ciudades, árboles, piedras… cualquier cosa podía tener esa consideración sagrada. Es un término que usa mucho Mircea Eliade y como a mí me encanta leer su obra, la palabreja se me ha quedado en el disco duro y la uso sin tener en cuenta que, no siempre, se entiende. Suerte que lo he hecho contigo, que si no me hubieran llamado “repelencias” 😀 😀 😀 😀

  2. Me recuerda a tantas cosas… Es como si viera la casa en la que pasé mis primeros nueve años. Mi abuelo le daba al Pepermint como tu padre, subía a casa de mis padres , se lo iba pimplando poco a poco y lo iba rellenando de agua para que no se notara. Y cuando venían invitados era todo agua,jajajaja. También era un alcohólico como tu padre. No iba todo el día pimplado ni mucho menos, de alguna manera lo lograba controlar. Y ese mueble como el de tu madre también estaba ahí. Y también empecé a leer, supongo, de ver a mi abuelo, el único lector que hubo en mi familia aparte de mí.
    Disculpa el rollo, es que tu historia es tal cual 🙂
    Besos, hermosa.

    1. Bueno, el pipermint fuimos nosotras, él bebía whisky pero no importa el detalle. De rollo nada, Celia, me gusta que me cuentes y si hay coincidencias también me gusta 🙂 🙂
      Besos

      1. Lo de pimplarse , también, yo me agarré una de campeonato a los 14. Está fatal que lo diga, pero es que fue la leche… Un mes sin salir de casa de castigo, jajajajaja. Qué malas somos 😛

      2. Jajaja, alguna maldad hay que hacer. El que no lo hace de joven igual le da el arrebato de viejo y eso es peor. Que ya los cuerpos…

  3. El mueble-bar de la época. La borrachera tenía que haber sido de ginebra, luego se rellena con agua y no se nota (hasta que de va beber claro) o de whisky y hacer la misma operación con te, pero eso ya da más trabajo 😉

  4. Jo, hacía tiempo que no pasaba tanta envidia, jamás hubiese podido escribir algo tan bien escrito, me has hecho sentir lo que hemos sentido más de uno con nuestro mueble, ese mueble que ha estado o sigue estando en más de un hogar, ese mueble que solo pensar en el te transmite ese olor a recuerdos. Madre mía, es que me has dejada tocada y feliz por haber tenido uno de esos muebles. Gracias

  5. Pues aquí llega otro al club de las coincidencias…Bonita historia, aunque con un toque bastante triste por lo de tu padre y su deterioro, perdona la palabra. Mi padre también bebía, no te creas, aunque no de forma alarmante, y así le fue -y fumaba-, suena cruel pero es la verdad. Creo que todas las familias hemos tenido esos muebles de comedor, llenos de figuras, libros, etc. Se puede resumir casi la historia de una familia. En nuestro caso no recuerdo fotos, ni antes ni ahora. El mueble bar, con esa cadenita o esas bisagras en diagonal que le hacían parecer un puente levadizo es otro clásico. Pipermint, mi madre a veces se servía, y me hace gracia recordar todas esas celebraciones familiares por ejemplo en Navidades, hace muchos años y hace no tanto, y todo el desfile de licores dulces y que te dan una resaca horrible, ya sabes:Licor de manzana, de melocotón, el Baileys -humm, me sigue pirrando y es más pasable, no veas lo geniales que están los trifásicos de Baileys-, el Fray Angélico de avellana, genial, el licor de crema catalana, la Quina San Clemente que ya fue protagonista un día…En fin, es gracioso que después de tantos años prefiera un buen vino o una cerveza fría. Algunas cogorzas habré cogido, no recuerdo ninguna memorable. El universo de estos licores es en cierto sentido fascinante. Me hace recordar licores extraños como los de color rojo. ¿Recuerdas la grosella, otro clásico de las familias? O aquel licor de color azul, o algunos amarillos como el licor de plátano, otra de mis debilidades. ¿Recuerdas aquel licor que se llamaba Cynar, hecho de alcachofa? Estaba horrible, muy fuerte, supongo que aún se fabricará…Aún tenemos ese mueble en casa de mi madre, en Navidad nos metemos unos lingotazos de Martini con el aperitivo…jajaja, vaya familia.

    1. Tú eres un poco goloso, sospecho. A mí también me gusta el Bayleis. Menudo muestrario de licores, los conozco todos pero solo he probado algunos. La verdad es que yo ahora no bebo, solo alguna caña, con gran disgusto de toda la familia. Está peor visto no beber que asesinar.

      1. ¿Goloso? Jajaja, puede ser, simplemente ahí estaban y los fuí conociendo y probando. Yo bebo poquísimo salvo raras excepciones. Es que odio las resacas, y he tenido muchas…Lo de asesinar prefiero no probarlo ¿Y si me da el subidón, en plan Hannibal, y me gusta? Sería un problema…

  6. Mi padre preparaba unos cócteles y él y mi abuelo se ponían a conversar mi abuela escuchaba en silencio y mi madre alternaba su permanencia en la sala de estar con una carrerita a la cocina, años después yo me sume al grupo de charla y luego mi primera esposa que no se quedaba callada y a quien mi padre animaba con sus sofismas, allí solo se hablaba de política, todos eramos de izquierda, la única oveja negra era mi abuela, pues meneaba la cabeza y me miraba y sonreía. Cuando llegaba mi hermano y su esposa ellos también participaban, mi cuñada no callaba un momento ella era una furibunda troskista. Eran los días domingo antes del almuerzo familiar.

  7. Creo que ya te he hablado de un libro de Georges Perec que se titula “Me acuerdo”. En él hace una lista de recuerdos breves. (Dice la wiki: “En palabras de Perec: “Estos recuerdos se intercalan en su mayoría entre mis 10 y mis 25 años, es decir, entre 1946 y 1961. El principio es bastante sencillo: intentar sacar a la luz un recuerdo casi olvidado, no esencial, banal, común, si no a todos, por lo menos a muchos”).
    Yo he estado tentado de hacer algo así. Pero estoy comprobando que tú lo estás haciendo mucho mejor. Esas cadenillas que sujetaban la puerta del mueble bar…

    1. Sí, sé que me hablaste del libro, lo he leído y me gustó. Es que los recuerdos están muchas veces en los detalles tontos. No lo hago mejor, distinto, puede. Pero gracias

  8. Yo tengo un mueble de esos concadenita y todo
    Lo compro mi marido anterior, el finadito , jajajaja , a una señora mayor que se iba a meter monja..Lo llene de lbros mios, de mis hijos, recortes, libretos, sombreros de teatro La gente lo ama, yo le quiero, me gustan esos muebles tan de madera, tan olorosos a abuela…A las actrices siempre nos regalan peluches, yo a mi vez los regalo…en vida de mama la llene de muñecas que me regalaban pues en el escenario habia tres y has visto como somos las personas…Mama no habia tenido esas muñecas y entraron a fascinarle. Espero que no me ocurra…

    1. De verdad, Edda que tus comentarios están llenos de anécdotas buenísimas. El ” finadito”, me parto de risa, la señora mayor que se iba a meter monja, ( a buenas horas), las muñecas de tu madre, todo, el olor a abuela….besos y besos para ti.

  9. Simplemente ¡gracias!, ha sido un placer leer tu texto y, al igual que a otros compañeros, me has removido algo que tenía muy muy dentro. Al lerte, lo he visto de nuevo claramente. Un abrazo y gracias, de nuevo, por este regalo.
    Yolanda.

  10. En casa también teníamos ese mueble, en Jaén mucha gente le llamaba “el cacho mueble”. A mí me espantaba, teníamos licores y demás bebidas. Me encantaba abrir el mueble bar, salía un olorcillo a alcohol que menos más que no me dediqué a probarlos!.
    Por suerte, cuando mi madre volvió a Madrid nos deshicimos de él y de todos los recuerdos que cargaba, malos, tristes, agobiantes, fue una liberación.
    Se me ha encogido el estómago recordándolo, pero viene bien para darte cuenta de que me había olvidado de él. Buena terapia!

    Un besito

  11. Todos y cuando digo TODOS tenemos un mueble de ese tipo, de hecho hay algunas formas de vida basadas en Helio que cuentan con muebles de este tipo, las fabrican con cristales de Sodio y guardan imágenes de cuando eran pequeñas nubesitas.

    1. Son palabras mias…esooooo todos tenemos esos muebles. El nuestro fue grande y robusto , así que estaba hecho por mi padre carpintero. Fue un mal carpintero, autodidacto y era su primer obra. Tantas historias guarda ese mueble.

    2. Son mis palabras…todos tenemos esos muebles. El nuestro fue grande y muy robusto, estaba hecho por mi padre carpintero. Fue un mal carpintero , autodidacta, aficionado. Tantas historias guarda ese mueble.

  12. Me has devuelto a otra época con tu relato. Creo que en todas las casas ha habido un mueble… En casa era uno que traía tocadiscos integrado. Sobre él, había figuras, retratos, LP’s. Me gustaba mucho ese mueble, sobretodo porque podía escuchar la música y aveces me sentaba en el suelo frente a él con lápiz y papel para copiar la letra de las canciones. Gracias por ese recuerdo. Besos, Paloma.

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