El tío arboricida

En la quietud de las cuatro de la tarde del mes de agosto, tal vez desesperado por ese aparente estacamiento del tiempo, el tío Jaime se entretenía ideando arboricidios. Mientras el resto de adultos dormía la siesta, él salía a la terraza con un cigarro y una taza de café. Una vez bebido el café usaba la taza de cenicero y detallaba en voz alta sus planes destructivos. Que año tras año resultaran frustrados no disminuía en nada su interés por ellos.

Empezaba atacando al más débil, al pino torcido, “ese se cae este año, hay que cortarlo pero ya, antes de que ocurra una desgracia”. Después continuaba con cualquier otro elegido al azar, “si quitáramos ese entraría luz directa e la cocina, fuera ese otro también y el de al lado, coño”. Y así iba extendiendo el exterminio a los demás hasta que, como si de un fuego imaginario se tratara, los alcanzaba a todos. Ya tenía casi su páramo soñado aunque aún debía cargarse a tres más para completar la faena. Uno era el castaño del centro del jardín cuya copa llena de escandalosos gorriones lo atormentaba, decía que tanto trino le ponía nervioso, y por último a los dos tilos. Al de la derecha lo odiaba especialmente pues algunas de sus ramas se colaban por la ventana de su cuarto. Una impertinencia arbórea intolerable.

A la vez que fumaba, señalaba víctimas con el dedo y narraba para nadie sus proyectos de aniquilación. En lugar de ver en los árboles una riqueza, él veía incomodidades y peligros. Tal vez volcaba en ellos otro tipo de odios no confesados, su propio malestar, el deseo de estar en otra parte o de ser otro. Su rechazo hacia esa casa, esos veranos, esa vida. Claro que esto son elucubraciones porque nadie puede entrar, por suerte para todos, en la mente de otro, solo hacerse una composición aproximada de lo que hay dentro observando lo de fuera, pero no siempre se acierta.

Como no podía hacer realidad su desierto y necesitaba acción, iba a buscar la caja de herramientas y ajustaba patas de sillas, lijaba puertas, afianzaba marcos de ventana, pintaba una barandilla, trasladaba los cacharros de la cocina de un armario a otro y un día hasta cambió de sitio la mesa del comedor y cuando los demás se levantaron de la siesta se encontraron con la mesa de comer en la entrada, al lado del teléfono y todas las sillas pegadas a la pared, como castigadas. El caso era intervenir en el territorio, modificar, dejar su huella, cambiar las cosas. Así se pasaba las tardes del verano, martilleando lo que fuera, sudando, fumando.

No debía de saber que las cosas, los seres que las usan y las situaciones que entre todos componen se modifican solas y hasta se destruyen y desaparecen para dejar paso a nuevos escenarios que también se extinguirán, intervengamos o no.

Qué irreal me parece ahora la mesa de patas de hierro con un cristal por encima donde él se sentaba a fumar y a imaginar arboricidios, los largos y flacos troncos de los pinos, las hortensias de mi abuelo, la franja de luz donde bailaban las moscas borrachas de tila, la cabaña que nos construimos con cuatro cartones y unos trapos viejos.

Y qué irreal también él, viendo la televisión después de cenar con los pies metidos en una palangana con agua y sal porque le dolían de tanto trajín, qué lejano y desecho el miedo y el desagrado que tanto su persona como sus planes destructivos me causaban.

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31 comentarios en “El tío arboricida

  1. Muy bueno. No imaginas cuantos jaimitos arboricidas habitan en mi gallega tierra, nunca lo entenderé y menos tras el viaje que acabo de hacer. Y para más inri aquí plantamos eucaliptos para alimentar a la insaciable celulosa, es un depredador, desertiza el suelo, acaba con las especies autóctonas pero como de lo que se trata es de que crezca rápido (como los pollos en la granja) y de dinero, listo y pos si fuera poco, quemados valen igual para hacer pasta de papel y las celulosas los pagan a la mitad o menos, una de las causas por la que arde Galicia, son como piras de 40 metros de altura, a veces odio a mis propios paisanos, tan primitivos.

      1. Si se trata de defender se puede añadir que la miel de eucalipto es deliciosa y que los vahos (infusión) de sus hojas son excelentes para catarros, congestiones y trastornos del aparato respiratorio, pero lo sacrificaría todo.

  2. En cuanto leí que usaba la taza de café vacía como cenicero no me quedó más remedio que esperar nuevas atrocidades del tal personaje que se vieron debidamente cumplidas hasta el último detalle de estar viendo la televisión con los pies metidos en una palangana.

  3. Hay gente cuya memoria racial los hace odiar los árboles.
    En una ocasión conocí a un tipo que talaba un secuoya completo en un minuto cuatro segundos, cuando le pregunté donde aprendió a talar así me contestó:
    -En el Sahara-
    -¿El desierto?- Inquirí inocentemente.
    – Así lo llaman ahora.- Me contestó muy confiado…

  4. Me imagino la situación al revés: los árboles conversando entre ellos y eliminando a la plaga humana… “Este fuera, que nos quema. Este fuera, que lo deja todo perdido de basura a nuestro alrededor. Este fuera, que nos hiere con su sierra…”
    Recuerdo haber conocido a alguien parecido en un pueblo de Galicia (la tierra de Icástico), que se empeño en matar un castaño viejísimo porque , el muy descerebrado, decía que le ensuciaba su patio. Cuando le dije que eso era un asesinato me contestó que en el pueblo las cosas “funcionan de otro modo”. y que yo no me enteraba porque era de ciudad.

  5. Cómo me alegro que los planes arboricidas de tu tio nunca finalizaran. Mis hermanos árboles lo agradecen…
    Decía M.Lutter King “aunque supiera que mañana iba a acabar el mundo, hoy plantaría un árbol”
    Besos

    1. Te tienes que alegrar, tú que eres un bosque entero.

      Hoy he leído esto en un libro sobre árboles: “de todas las acciones, los árboles eligieron la danza en el cielo y la tierra. De todos los sonidos, el silencio. Entre los alimentos, la luz y el agua del cielo. Son guardianes de la vida”
      ¿A qué es bonito?

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