Día: 19 agosto, 2016

El Ardilla

A las ocho de la mañana ya estaba el Ardi en una esquina del sofá mirándose las zapatillas. Muy repeinado con colonia por su abuela, las rodillas siempre con costras y mucha mercromina por encima. Ahí esperaba pacientemente a que nos levantáramos y, entonces, sin decir ni mu, se sentaba sigiloso a desayunar con nosotros.

El Ardilla vivía con sus abuelos y su madre en unas casas de ferroviarios detrás de las vías del tren, por encima de la nuestra. Como la madre trabajaba durante el día y se aburría con los abuelos, lo teníamos de invitado acoplado todo el verano. Se invitaba él solo, pero a nosotros nos gustaba su presencia. El nombre de “el Ardilla” no era un mote nuestro, lo traía ya, puesto por él mismo porque había conseguido atrapar una y estaba muy orgulloso de esa hazaña. La tuvo tres días en una jaula de pájaros pero luego la soltó. Él también tenía un cierto aire ardillesco, muy delgado y capaz de pasar de la inmovilidad a la acción de forma inesperada y con gran rapidez.

Si había mayores delante, el Ardilla no hablaba. Mi madre intentaba por todos los medios hacer que se comunicara oralmente pero lo único que conseguía era que mirara al suelo, se encogiese de hombros o dijera enfurruñado sí, no o no sé. Un día ocurrió el milagro y después de un mes de silencio, en una comida, el Ardilla dijo con voz muy grave: “jamón”. El plato con el manjar había pasado ya varias veces por delante de sus narices y ante el riesgo de quedarse sin catarlo no le quedó más remedio que articular palabra. Solo esa y volvió a su mutismo.

Gracias a él nos construimos una cabaña de verdad en el jardín. Antes ya habíamos tenido una pero era una porquería hecha con cartones y una toalla de piscina y siempre se estaba cayendo. Con el Ardilla mejoramos mucho nuestra arquitectura, él traía los materiales y ponía la habilidad necesaria para unirlos sin riesgo de derrumbamientos. Nos lo pasamos muy bien montando la cabaña y pensando lo que haríamos en ella. Como suele suceder con los proyectos, una vez que se alcanzan pierden el interés. Ya teníamos la cabaña, nos metíamos dentro, nos mirábamos las caras, pasábamos calor, nos aburríamos y aunque no lo quisiéramos reconocer, estábamos deseando salir.

El Ardilla era sobre todo amigo de mis hermanos, a los que apodó “los Mulos”. Enseguida aceptaron ese mote, les gustaba ser bestias y que se notara. Los tres juntos se subían a los árboles, lanzaban piedras, capturaban ranas en el arroyo mugriento y otras actividades por el estilo lideradas por el Ardi.

A veces desaparecía dos o tres días y no sabíamos nada de él pero al cuarto día ya nos estaba esperando otra vez en la esquina del sofá, con la mirada puesta en la punta de sus pies y un mayor número de heridas de guerra mercrominadas adornando sus rodillas.

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