Día: 24 agosto, 2016

Negro quinto

Negro quinto era el perro de tía vieja y tío viejo, una pareja que vivía en una casa cercana a la nuestra. A tío viejo y tía vieja les llamábamos tío y tía pese a que no tenían ningún parentesco con nosotros, lo de viejo y vieja lo decíamos solo cuando no estaban delante para que no hubiera confusiones con los tíos de verdad y porque realmente eran muy viejos. Eran tan viejos que no podían sacar de paseo a Negro quinto porque era un perro fuerte y los tumbaba. Para que no se escapara lo tenían atado a la pata de una mesa. Estaba muy triste y aburrido Negro quinto hasta que llegamos a darle la condicional.

Su color de pelo no era negro como podría deducirse por el nombre, era un perro canela con manchas blancas pero todos los perros que llegaban a esa casa heredaban el nombre del primero que habían tenido: Negro, ese sí, negro. El tío viejo era con ese perro inicial como un enamorado abandonado que aunque luego tenga más amantes nunca olvida del todo a la primera. Nos hablaba de él como si hubiera sido un perro prodigioso, todo virtudes y maravillas. Los siguientes habían ido mermando en inteligencia y buen comportamiento hasta desembocar en el desastre de Negro quinto, tonto de remate, según él.

A mí no me parecía nada tonto Negro quinto, bastante loco sí, desquiciado podría decirse. Él era joven y fuerte y vivía con dos viejos achacosos, necesitaba carreras y movimiento y se pasaba el día atado o encerrado en el cuartucho de la lavadora y las herramientas. La lavadora en marcha le ponía nervioso y la gruñía. Cuando nos oía llegar ladraba y lloraba a la vez porque sabía que tenía paseo. Cuando el tío viejo lo soltaba se ponía a girar sobre sí mismo como una peonza expresando así su alegría de prisionero liberado y su gozo de vivir.

Corría tanto y con tanta energía que no hacía ninguna falta esforzarse en subir la cuesta, le agarrábamos de la correa y nos transportaba hasta la falda del monte casi volando. Justo en la falda había cuatro casas de ricos, todas tenían perros guardianes y la diversión de Negro quinto era ladrarles desde fuera hasta ponerlos histéricos de rabia, mordían la verja a falta de cosa mejor que destrozar o amagaban con saltar desde arriba para matarnos a todos. Nos daba mucho miedo pero no había forma de contener los hábitos macarras de ese perro. Después, tranquilamente y con parsimonia, marcaba su territorio en cada una de las puertas y, misión cumplida, seguíamos subiendo, Negro quinto más calmado y con andares chulescos.

Nos gustaban mucho esos paseos con nuestro perro prestado. La única pega es que, a la vuelta, teníamos que quedarnos a hablar un rato con los tíos viejos, a modo de impuesto perruno. Nos sentaban en su mesa de comer, nos daban unos trozos de pan tostado del día anterior o del mes anterior y nos contaban, dándose codazos el uno al otro y guiñándose los ojos, cosas de cuando eran jóvenes y bailaban en las fiestas de todos los pueblos cercanos. Al parecer se habían pasado la juventud bailando de fiesta en fiesta y puede que por eso tuvieran las espaldas con joroba y los pies deformes, de tanta danza popular.

Negro quinto, agotado del paseo, se quedaba dormido con las patas pegadas a la pared. De vez en cuando tío viejo lo miraba con pena y decía, no es que sea mal animal pero es más tonto…como el Negro, ninguno. Tía vieja se reía tapándose la boca desdentada con la mano y nos llamaba “carinas guapas”. A nosotros también nos entraba un sueño raro.

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