Negro quinto

Negro quinto era el perro de tía vieja y tío viejo, una pareja que vivía en una casa cercana a la nuestra. A tío viejo y tía vieja les llamábamos tío y tía pese a que no tenían ningún parentesco con nosotros, lo de viejo y vieja lo decíamos solo cuando no estaban delante para que no hubiera confusiones con los tíos de verdad y porque realmente eran muy viejos. Eran tan viejos que no podían sacar de paseo a Negro quinto porque era un perro fuerte y los tumbaba. Para que no se escapara lo tenían atado a la pata de una mesa. Estaba muy triste y aburrido Negro quinto hasta que llegamos a darle la condicional.

Su color de pelo no era negro como podría deducirse por el nombre, era un perro canela con manchas blancas pero todos los perros que llegaban a esa casa heredaban el nombre del primero que habían tenido: Negro, ese sí, negro. El tío viejo era con ese perro inicial como un enamorado abandonado que aunque luego tenga más amantes nunca olvida del todo a la primera. Nos hablaba de él como si hubiera sido un perro prodigioso, todo virtudes y maravillas. Los siguientes habían ido mermando en inteligencia y buen comportamiento hasta desembocar en el desastre de Negro quinto, tonto de remate, según él.

A mí no me parecía nada tonto Negro quinto, bastante loco sí, desquiciado podría decirse. Él era joven y fuerte y vivía con dos viejos achacosos, necesitaba carreras y movimiento y se pasaba el día atado o encerrado en el cuartucho de la lavadora y las herramientas. La lavadora en marcha le ponía nervioso y la gruñía. Cuando nos oía llegar ladraba y lloraba a la vez porque sabía que tenía paseo. Cuando el tío viejo lo soltaba se ponía a girar sobre sí mismo como una peonza expresando así su alegría de prisionero liberado y su gozo de vivir.

Corría tanto y con tanta energía que no hacía ninguna falta esforzarse en subir la cuesta, le agarrábamos de la correa y nos transportaba hasta la falda del monte casi volando. Justo en la falda había cuatro casas de ricos, todas tenían perros guardianes y la diversión de Negro quinto era ladrarles desde fuera hasta ponerlos histéricos de rabia, mordían la verja a falta de cosa mejor que destrozar o amagaban con saltar desde arriba para matarnos a todos. Nos daba mucho miedo pero no había forma de contener los hábitos macarras de ese perro. Después, tranquilamente y con parsimonia, marcaba su territorio en cada una de las puertas y, misión cumplida, seguíamos subiendo, Negro quinto más calmado y con andares chulescos.

Nos gustaban mucho esos paseos con nuestro perro prestado. La única pega es que, a la vuelta, teníamos que quedarnos a hablar un rato con los tíos viejos, a modo de impuesto perruno. Nos sentaban en su mesa de comer, nos daban unos trozos de pan tostado del día anterior o del mes anterior y nos contaban, dándose codazos el uno al otro y guiñándose los ojos, cosas de cuando eran jóvenes y bailaban en las fiestas de todos los pueblos cercanos. Al parecer se habían pasado la juventud bailando de fiesta en fiesta y puede que por eso tuvieran las espaldas con joroba y los pies deformes, de tanta danza popular.

Negro quinto, agotado del paseo, se quedaba dormido con las patas pegadas a la pared. De vez en cuando tío viejo lo miraba con pena y decía, no es que sea mal animal pero es más tonto…como el Negro, ninguno. Tía vieja se reía tapándose la boca desdentada con la mano y nos llamaba “carinas guapas”. A nosotros también nos entraba un sueño raro.

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33 comentarios en “Negro quinto

    1. Tú nunca tendrás que pagar nada, con el comentario es más que suficiente, incluso puedes leer en silencio aunque prefiero que te manifestes, claro.

      Besos libres de impuestos.

  1. Una amiga de mi madre que era una auténtica loca de los gatos, empezó con una gata negra llamada “Negraza”. Perdí la cuenta de las generaciones de Negrazos que pasaron por allí. Besotes!!!

  2. Hermosa historia, me ha encantado, nos haces sentir la energía y las ganas de vivir de Negro V de Viejolandia (no se complicaban…). Amo a los perros, su alegría y su nobleza. Gotas de humor impagables, como siempre: El impuesto perruno, los hábitos macarras o el pan tostado del mes anterior. Pobre animal, tan cautivo y solo. Ahora si alguna vez me tomo un quinto, pensaré en Negro. Mira, esto se presta a juegos de palabras, porque ese quinto tendría que ser de Guiness, y porque si te tomas una Heineken parece que has de pensar en verde. Claro que la Guiness no implica pensar en “pesimista” o la Heineken pensar en “pornográfico”. Ay, el lenguaje…

  3. 😀 😀 😀 Creía que eso de poner el mismo nombre a todos los perros solo lo hacía un compañero de trabajo que tengo y que, dicho sea de paso, es un poco raruno 😀 😀 😀
    Pobre Negro, tener a un perro atado sin salir es para volverlo loco. Hay personas que no deberían tener perros ;(

    1. Este se lo regalaron sus nietos creyendo que les hacían un favor. Luego se lo llevó una de las nietas a vivir con ella y ya si lo sacaba mucho de paseo. Te lo cuento por si te dio pena.
      Besos

  4. He tenido varios perros, pero todos de caza (ninguno de bombardeo) y fíjate si eran listos que además de hacer muestras (como casi todos los de caza) mis perros hacían también dictados, redacciones y comentarios de textos. Para que veas.

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