Día: 26 agosto, 2016

Hacia el lugar equivocado

Qué envidia me daba el Ardilla los últimos días del verano. Él no tenía que irse. Se quedaba el año entero con todo lo que me gustaba, era suyo de verdad y no un simple préstamo como en nuestro caso. Ya estábamos a punto de tener que devolver la felicidad y eso me hacía sufrir por anticipado y no me dejaba disfrutar del final.

Para fastidiarle un poco, ya que él tenía lo que yo quería y sin haber hecho nada especial para merecerlo, puro azar del nacimiento, le preguntaba cómo se llamaba su colegio. No lo sabía, ignorancia que nos hacía mucha gracia. Se encogía de hombros con fastidio y me señalaba con la cabeza la dirección de ese colegio sin nombre. Eso también me daba un poco de envidia, en un sito sin denominar seguro que se estudiaba poco y no mandaban deberes.

A pesar de que volvíamos algunos fines de semana y en las vacaciones de Navidad y nos encontrábamos de nuevo, yo me imaginaba su vida instalada siempre en verano, libre de obligaciones, sin lluvia, sin días oscuros, sin dolor de garganta, sin fiebre de invierno, en un constante juego y en unas vacaciones eternas. Por eso no entendía por qué él también estaba esos últimos días un poco melancólico y todavía más callado de lo habitual. Si él no tenía que volver a Madrid, a encerrarse en un piso pequeño con un feo descampado delante. Él seguía teniendo árboles, montes, olor a pinos, estrellas por las noches. Él estaba en el lugar correcto y nosotros íbamos hacia el equivocado.

Estaba clarísimo y más claro todavía cuando nos acercábamos por la carretera a nuestra casa por esa zona de naves industriales y cementerios de coches. Cada año, al volver, insistíamos en lo mismo: queríamos quedarnos a vivir en el pueblo, ¿es que mis padres eran tontos y no se habían dado cuenta? Mi padre, que también volvía de muy mal humor, soltaba su “no se puede y a callar” y ponía en el coche la música de sus canciones vascas. Pues a callar, a odiar el “Boga, boga mariñela”, canción que también hablaba del adiós y la nostalgia pero bastante absurda con su “agur Ondarroa” cuando lo que se atraviesa es la reseca meseta castellana, imposible de bogar.

Entre patadas y pisotones rabiosos y los juegos de sumar matrículas que proponía mi madre, nunca perdía la esperanza de transmitirnos su pasión por los números, llegábamos al lugar erróneo, el nuestro de verdad, al parecer, con esa angustia acompañada de dolor de estómago y de cabeza, el cuerpo solidarizándose sin necesidad.

El Ardilla, él sí que tenía suerte, aunque no debía de saberlo porque cuando, al irnos, pasábamos con el coche por delante de su casa, lo veíamos sentado en un escalón, arrancándose las costras de las rodillas, mirando taciturno para el suelo, sin querer contestar a nuestros gritos de adiós.

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