Día: 29 agosto, 2016

Desde la playa de Bakio

Cada vez que era el cumpleaños o el santo de alguno recibíamos una postal del tío Carmelo, un primo de mi padre que vivía en Bakio, un pueblo de Vizcaya. Hasta que se murió, jamás faltó a su costumbre de mandarnos la postal que ya, entonces, nos parecía un poco ridícula y pasada de moda.

El contenido siempre era el mismo, lo único que variaba era el nombre del destinatario. Decía: “A mi queridísimo sobrino (nombre correspondiente), desde la playa de Bakio, muchas felicidades en el día de tu cumpleaños (o santo). Firmado, Carmelo”.

En la parte delantera de la postal, con toda lógica, aparecía una fotografía de la playa de Bakio pero ahí si introducía ligeras variaciones. A veces mandaba una vista de la playa tomada entre dos rocas, otras una vista aérea y otras una ola gigante y unas letras de colores encima en las que se leía “Bakio”. La procedencia estaba clara y que el tío Carmelo se pasaba el día en la playa, también. Eso sí que era buena vida y no la nuestra. Sabíamos que no trabajaba, le habían dado la invalidez a causa de una enfermedad y la que ganaba el sueldo era su mujer, la tía Sabina.

Ella no tenía tiempo de mandarnos postales desde la playa aunque a veces firmaba en una esquina. Un garabato hecho a toda prisa con muchos picos agudos. Rúbrica que según mi padre delataba a las claras la mala leche que tenía. Pobre Carmelo, decía, se ha casado con Hitler, le debe llevar más que tieso. Él, sin embargo, es buenísima persona, se nota en la letra. Se notará en que lo conoces desde que tenías dos años y en que es tu primo más querido, decía mi madre desmontándole sus interpretaciones grafológicas.

Lo cierto es que no hacíamos ni caso a las postales del tío Carmelo, excepto para reírnos de que siempre escribiese lo mismo o para comparar entre nosotros cuál nos había tocado, si la de la ola, la de las rocas o la aérea y contar cuántas repetidas teníamos ya. Luego mi madre nos obligaba a que le llamáramos por teléfono para darle las gracias. Tampoco en la conversación había muchas variaciones. Decíamos, muchas gracias, tío, me llegó tu postal, muy bonita. De nada, contestaba él, ¿te ha gustado la playa? El año que viene, más. Y ya estaba.

Solo les vimos en persona tres veces, dos que fuimos nosotros allí en unas vacaciones de verano en las que no paró de llover y otra que vinieron ellos a Madrid. Tenían problemas económicos y no les iba a quedar más remedio que vender la casa de la playa. La tía Hitler-Sabina se resistía y gritaba como una loca levantado el dedo índice hacia el techo y dando golpes sobre la mesa, “Bakio no se hunde, no se hunde” y así sin parar. El tío Carmelo permanecía en silencio, le habían amputado una pierna y llevaba el pantalón doblado y sujeto con unos imperdibles por detrás de la rodilla. Qué impresión.

Esa frase de “Bakio no se hunde” se me quedó pegada y la uso para darme ánimos en los malos momentos. El caso es que muy eficaz no era porque sí que tuvieron que vender la casa y marcharse a vivir a Bilbao. Desde allí nos siguió mandando postales, pero ya no eran del mar, eran una pareja de hombre y mujer vestidos con trajes regionales. La tela de la falda de la mujer estaba bordada con hilos de verdad, me gustaba pasarle el dedo por encima.

Anuncios