Día: 3 septiembre, 2016

La iluminación de Carlos

La mejor amiga de mi madre se llamaba Marta y era viuda. Mis padres decían que era una pena que se hubiera quedado viuda tan joven, la veían joven aunque a nosotros nos parecía de la edad de todos, o sea, vieja. Cualquier edad por encima de los veinte era ya causa perdida. Mi hermanos mayores, que estaban a punto de entrar en la Universidad, ya mostraban señales de decadencia y una vez que cruzabas la frontera, lo mismo daba que tuvieras treinta que sesenta, eras un señor o una señora con todas las desgracias que ese título conlleva.

También decían que era muy guapa: otro error de percepción. No veían bien o tenían un sentido de la estética poco desarrollado. Por ser en teoría joven, en teoría guapa y viuda en la práctica, Marta resultaba peligrosa a bastantes mujeres del barrio, temerosas de que les robara el marido aunque solo fuera por un rato. Tal vez por eso o por su humor entre negro y ácido que no todo el mundo comprendía, tenía muy pocas amigas. Una de ellas era mi madre, nada celosa, y la otra una señora, Alicia, apodada la Patrás porque aunque caminaba hacia delante, como todo el mundo, daba la sensación de que retrocedía.

Muchas tardes mi madre y Alicia iban casa de Marta a lo que ellas llamaban “hacerle compañía” aunque la misma compañía buscaban ellas. Mi hermana y yo nos pegábamos bastantes veces porque Marta tenía una hija de nuestra edad, ella sí guapísima de verdad, tanto que cada vez que la veías te impresionaba como si no la conocieras de nada. En el salón, al lado del sofá donde se sentaban a hablar y a beber “vinito”, lo decían en diminutivo para disimular, había una lámpara de pie espantosa. Era la figura de un hombre muy flaco y oscuro, en taparrabos rojo, una especie de indio. En la cabeza llevaba un turbante y dentro estaba la bombilla. Cuando se encendía reflejaba la cara del hombre, cadavérica y sufriente.

A ella tampoco le gustaba pero decía que no la podía tirar porque le recordaba muchísimo a su difunto Carlos. Al nombrar al fallecido se quedaban un momento calladas, muy serias, como recordándolo pero, de pronto, empezaban a reírse a carcajadas, la primera Marta, abriendo la veda.

Luego venían los vasitos y los vinitos y cada vez más risas, por algo gracioso que dijera alguna o por nada, por el puro placer de reír hasta las lágrimas. Cuando ya se habían reído bastante, Marta decía: “voy a encender a Carlos para que nos ilumine” y pegaba un pisotón al botón que tenía la lámpara en el cable. Ahí ya no se reían, se quedaban un rato calladas como si de verdad las estuviera iluminando en algún sentido.

Nunca me pareció que salieran especialmente iluminadas de esas sesiones de risas y compañías, borrachas si acaso , o “piripis”, la cogorza de las madres. Pero puede que un día sí se produjera la iluminación porque a Marta se le ocurrió, mientras el cadavérico repartía su luz sobre el sofá, que podían volver a estudiar. O mejor, dicho, estudiar desde el principio, porque ninguna de ellas había tenido la oportunidad de hacerlo cuando les hubiera correspondido por edad.

Eso, estudiar,ser tardíamente una empollona, fue la verdadera pasión de mi madre y su felicidad más duradera.