La iluminación de Carlos

La mejor amiga de mi madre se llamaba Marta y era viuda. Mis padres decían que era una pena que se hubiera quedado viuda tan joven, la veían joven aunque a nosotros nos parecía de la edad de todos, o sea, vieja. Cualquier edad por encima de los veinte era ya causa perdida. Mi hermanos mayores, que estaban a punto de entrar en la Universidad, ya mostraban señales de decadencia y una vez que cruzabas la frontera, lo mismo daba que tuvieras treinta que sesenta, eras un señor o una señora con todas las desgracias que ese título conlleva.

También decían que era muy guapa: otro error de percepción. No veían bien o tenían un sentido de la estética poco desarrollado. Por ser en teoría joven, en teoría guapa y viuda en la práctica, Marta resultaba peligrosa a bastantes mujeres del barrio, temerosas de que les robara el marido aunque solo fuera por un rato. Tal vez por eso o por su humor entre negro y ácido que no todo el mundo comprendía, tenía muy pocas amigas. Una de ellas era mi madre, nada celosa, y la otra una señora, Alicia, apodada la Patrás porque aunque caminaba hacia delante, como todo el mundo, daba la sensación de que retrocedía.

Muchas tardes mi madre y Alicia iban casa de Marta a lo que ellas llamaban “hacerle compañía” aunque la misma compañía buscaban ellas. Mi hermana y yo nos pegábamos bastantes veces porque Marta tenía una hija de nuestra edad, ella sí guapísima de verdad, tanto que cada vez que la veías te impresionaba como si no la conocieras de nada. En el salón, al lado del sofá donde se sentaban a hablar y a beber “vinito”, lo decían en diminutivo para disimular, había una lámpara de pie espantosa. Era la figura de un hombre muy flaco y oscuro, en taparrabos rojo, una especie de indio. En la cabeza llevaba un turbante y dentro estaba la bombilla. Cuando se encendía reflejaba la cara del hombre, cadavérica y sufriente.

A ella tampoco le gustaba pero decía que no la podía tirar porque le recordaba muchísimo a su difunto Carlos. Al nombrar al fallecido se quedaban un momento calladas, muy serias, como recordándolo pero, de pronto, empezaban a reírse a carcajadas, la primera Marta, abriendo la veda.

Luego venían los vasitos y los vinitos y cada vez más risas, por algo gracioso que dijera alguna o por nada, por el puro placer de reír hasta las lágrimas. Cuando ya se habían reído bastante, Marta decía: “voy a encender a Carlos para que nos ilumine” y pegaba un pisotón al botón que tenía la lámpara en el cable. Ahí ya no se reían, se quedaban un rato calladas como si de verdad las estuviera iluminando en algún sentido.

Nunca me pareció que salieran especialmente iluminadas de esas sesiones de risas y compañías, borrachas si acaso , o “piripis”, la cogorza de las madres. Pero puede que un día sí se produjera la iluminación porque a Marta se le ocurrió, mientras el cadavérico repartía su luz sobre el sofá, que podían volver a estudiar. O mejor, dicho, estudiar desde el principio, porque ninguna de ellas había tenido la oportunidad de hacerlo cuando les hubiera correspondido por edad.

Eso, estudiar,ser tardíamente una empollona, fue la verdadera pasión de mi madre y su felicidad más duradera.

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43 comentarios en “La iluminación de Carlos

  1. Has tenido una niñez de lo más movidita. Me gustaría haber conocido a la Patrás, me como la bola pensando cómo podía dar la impresión de retroceder si ibar para adelante. Eso es todo un personaje.
    Besos y feliz finde!

    1. Era porque el cuerpo lo llevaba un poco inclinado hacia atrás o la cabeza. Algo se le quedaba con retraso.
      Menos mal que he llegado a tiempo para el feliz finde, por los pelos… 😉
      Besos, Celia

      1. Ah, ahora me queda claro. En el pueblo de mi abuela había una igual, solo que a esta se le quedó la cabeza así de pasarse la vida con la nariz pegada tras la persiana.
        Sí , ya tenía pensado decirte cuatro cosas si no aparecías por aquí .P
        Besos, Paloma.

  2. Mi madre tenía una amiga, pero no se llamaba Marta, ella me enseñó algunas “cositas” tal vez la amiga de tu madre a tus hermanos los preparó para la vida.Porque finalmente para eso están las mayores.

    Besos

      1. La que fue mi analista porfiaba que yo tenia demasiadas (pasiones), el teatro, los niños, mi marido, mis amigas, las flores, los arboles, la lista continua
        Yo le contestaba: amo la vida…

      1. Que va !! Deprimente…claro que no. A mi me encanta y me hace reir que yo no me evoluciono en este sentido. Teniendo 18 años una chica de 27 me parecia de muy avanzada edad, al llegar a mis 27 esplendidos…a una mujer de 47 le consideraba bastante vieja , es decir ..no aprendí. Una frase tópica pero es verdad…la edad es la cuestión del modo de vivir.

  3. Como siempre, me encanta!.
    Lo del “vinito” de las madres es genial. A mis amigas y a mí no nos dejaban acompañarlas en sus ratitos de vinitos o cervecitas pero volvían felices y llenas de complicidad.
    La lámpara, de sustito…

    Un besito

    Ana

    1. Volvió al colegio con sus amigas, hizo la EGB casi a la vez que nosotras pero con muchos mejores resultados y llegó hasta el acceso a la Universidad. No siguió porque mi abuela enfermó y tuvo que dedicarse a cuidarla.
      Lo iba a contar en otra historia pero ya lo he destripado. Bueno, se puede contar igual aunque sepáis el final.

      1. Jajaja, no pasa nada, podría no habértelo dicho, tampoco era una trama de intriga. O podía haberme inventado que estudió física cuántica, ahora que lo pienso.

  4. Lo del vinito es una costumbre ascentral y ahora que estoy en la edad la verdad es que me encanta hacerlo, unas amigas, una terraza de un bar y un vino, para que más? Lo de la lampara ya da más grima especialmente si se parecía al difunto

    1. Jajaja, bueno pues como ya le he contestado a Martes, te digo lo mismo, que volvió al cole porque de pequeña no le enseñaron nada, solo tonterías como coser y rezar, cosas de las monjas de entonces y de la ideología retrógrada que le tocó vivir.

  5. Estudiar da mucha felicidad, a mi por lo menos me encanta estudiar. Me he reído mucho con esta entrada. Hace ratito que no pasaba por aquí y como siempre, estaba de morirme de la risa. Me acuerdo cuando todas las amigas de mi mamá eran viejas (no pasaban de los treinta). Bueno amiga, a ponerme al día contigo. Besos.

  6. A mi me encanta estudiar, desde chica, yo hacia mis deberes y despues me iba a casa de mis amigas hacer los suyos para poder bajarnos antes a la calle a jugar. Como luego por circunstancias diversas no quise seguir, acabo ahora de terminar técnico de educacion infantil…y tengo pensado seguir y seguir….Ah, y como siempre me hacen pasar muy buenos ratos tus historias

    1. Eso de que ayudaras a las amigas a hacer los suyos me ha gustado mucho, yo también tenía una amiga muy lista que me ayudaba. Me alegro de que sigas estudiando, siempre hay que tener algo que nos guste y nos motive. Besos, Nona.

  7. Las observaciones de una niña, cuando esa niña las escribe de mayor, siguen siendo recuerdos exactos. Sin embargo, la manera de comentar esos objetos, esas risas y, en general, todo lo que objetivamente se recuerda, no es ya el comentario de una niña sino el de una adulta que, por medio de aquellos recuerdos, evoca ahora cosas muy distintas.
    Precisamente por esto me ha gustado mucho el relato pues, delicadamente, habla de temores, deseos y otros sentimientos apenas rozándolos.

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