Día: 11 septiembre, 2016

Avelino en su terraza

Le faltaba el ojo derecho y la mujer y la juventud pero, a cambio, tenía la terraza más alta de la calle, una terraza en forma de uve desde la que se divisaba el pantano, los pueblos de los alrededores y la mole de Madrid al fondo. Para taparse el no ojo llevaba un parche negro atado por detrás con una cinta, un parche de pirata de película que nos impresionaba bastante. Muchas veces hacíamos elucubraciones sobre qué tendría debajo del parche, si un ojo vuelto del revés, un ojo espachurrado o un hueco de carne sin nada debajo. Fuera lo que fuera tenía que ser horrible y por eso lo escondía.

Avelino no era simpático con nosotros, tampoco antipático, simplemente nos ignoraba, nos prestaba la misma atención que a los perros que vagaban sueltos por la cuesta o a los castaños de los lados de la calle: prácticamente ninguna. Eramos parte de su paisaje cotidiano igual que él del nuestro. Por las mañanas Avelino salía de casa a comprar el pan en una tienda que había en la plaza pequeña. A mi hermana y a mí también nos mandaba mi madre a comprar el pan ahí. La puerta de la tienda tenía unas cortinillas hechas con tiras de plástico de colores con las que nos justaba jugar a enredarnos hasta que su dueña, Teresa, se enfadaba. A ver si se están quietas ya las María Magdalenas, nos decía con muy mal genio. No sé por qué nos llamaba así pero para ella siempre fuimos la Maríamagdalenas. La tienda tenía un rótulo encima en el que ponía “Ultramarinos”, como si el jamón de york, las latas de atún, los tomates que tenía en una caja o el pan hubieran venido de allende los mares. Y no, todo venía de cerca, los tomates, por ejemplo, de un huerto que tenía justo detrás.

Con Avelino era muy simpática y le llamaba hijo. Trae la bolsa, hijo, que te pongo el pan. Y le guardaba una barra dentro de una bolsa de tela en la que estaba bordada la palabra pan, no fuera a equivocarse y metiera dentro sardinas o zapatos. Luego le preguntaba por sus noches, por los días no. Para Teresa lo importante era cómo se había pasado la noche. Y qué, hijo, ¿has dormido bien, has podido descansar? A lo que el otro comenzaba una narración muy detallada de sus insomnios y desvelos. Mientras tanto, jugábamos a enrrollarnos el cuerpo en la cortinillas o a lanzar las tiras con la mano lo más lejos posible o a juntar todas las tiras amarillas y luego las rojas y después las verdes o a hacer trenzas. “Y que no paran las Maríamagdalenas, otro día que venga vuestra madre, chicharras”. Avelino no decía nada, ni para bien ni para mal.

Por la cuesta nos lo volvíamos a encontrar, él iba delante, muy despacio, con su bolsa de tela indicativa y su cinta negra atada a la cabeza calva, brillante. Le adelantábamos enseguida pero no para fastidiarle si no porque la cuesta era tan empinada que lo mejor era subirla corriendo para acabar antes. Nos metíamos en casa y desde la puerta todavía se veía a Avelino subiendo despacio, pensábamos que no sabía lo de que deprisa te cansabas menos pero como no era simpático nunca se lo dijimos.

Por las tardes Avelino siempre estaba en su terraza pero no sentado o haciendo algo. Se ponía de pie, muy derecho, justo en la punta, vigilando el final del día como si fuera el encargado del mantenimiento de los ocasos. Oteaba el horizonte hasta que se hacía de noche. Ahí sí que parecía un pirata. Un pirata un poco desencantado que observara el mundo, sin ganas ya de abordarlo. Un pirata en un barco sin mar, bien anclado en su terraza, mirando sin demasiado interés cómo salía la luna, se encendían todas esas luces bullentes a los lejos, se iban perfilando las estrellas. Un pirata atesorador de insomnios para tener algo que contar a Teresa a la mañana siguiente, porque ella le llamaba hijo y porque era su única conversación del día.