Avelino en su terraza

Le faltaba el ojo derecho y la mujer y la juventud pero, a cambio, tenía la terraza más alta de la calle, una terraza en forma de uve desde la que se divisaba el pantano, los pueblos de los alrededores y la mole de Madrid al fondo. Para taparse el no ojo llevaba un parche negro atado por detrás con una cinta, un parche de pirata de película que nos impresionaba bastante. Muchas veces hacíamos elucubraciones sobre qué tendría debajo del parche, si un ojo vuelto del revés, un ojo espachurrado o un hueco de carne sin nada debajo. Fuera lo que fuera tenía que ser horrible y por eso lo escondía.

Avelino no era simpático con nosotros, tampoco antipático, simplemente nos ignoraba, nos prestaba la misma atención que a los perros que vagaban sueltos por la cuesta o a los castaños de los lados de la calle: prácticamente ninguna. Eramos parte de su paisaje cotidiano igual que él del nuestro. Por las mañanas Avelino salía de casa a comprar el pan en una tienda que había en la plaza pequeña. A mi hermana y a mí también nos mandaba mi madre a comprar el pan ahí. La puerta de la tienda tenía unas cortinillas hechas con tiras de plástico de colores con las que nos justaba jugar a enredarnos hasta que su dueña, Teresa, se enfadaba. A ver si se están quietas ya las María Magdalenas, nos decía con muy mal genio. No sé por qué nos llamaba así pero para ella siempre fuimos la Maríamagdalenas. La tienda tenía un rótulo encima en el que ponía “Ultramarinos”, como si el jamón de york, las latas de atún, los tomates que tenía en una caja o el pan hubieran venido de allende los mares. Y no, todo venía de cerca, los tomates, por ejemplo, de un huerto que tenía justo detrás.

Con Avelino era muy simpática y le llamaba hijo. Trae la bolsa, hijo, que te pongo el pan. Y le guardaba una barra dentro de una bolsa de tela en la que estaba bordada la palabra pan, no fuera a equivocarse y metiera dentro sardinas o zapatos. Luego le preguntaba por sus noches, por los días no. Para Teresa lo importante era cómo se había pasado la noche. Y qué, hijo, ¿has dormido bien, has podido descansar? A lo que el otro comenzaba una narración muy detallada de sus insomnios y desvelos. Mientras tanto, jugábamos a enrrollarnos el cuerpo en la cortinillas o a lanzar las tiras con la mano lo más lejos posible o a juntar todas las tiras amarillas y luego las rojas y después las verdes o a hacer trenzas. “Y que no paran las Maríamagdalenas, otro día que venga vuestra madre, chicharras”. Avelino no decía nada, ni para bien ni para mal.

Por la cuesta nos lo volvíamos a encontrar, él iba delante, muy despacio, con su bolsa de tela indicativa y su cinta negra atada a la cabeza calva, brillante. Le adelantábamos enseguida pero no para fastidiarle si no porque la cuesta era tan empinada que lo mejor era subirla corriendo para acabar antes. Nos metíamos en casa y desde la puerta todavía se veía a Avelino subiendo despacio, pensábamos que no sabía lo de que deprisa te cansabas menos pero como no era simpático nunca se lo dijimos.

Por las tardes Avelino siempre estaba en su terraza pero no sentado o haciendo algo. Se ponía de pie, muy derecho, justo en la punta, vigilando el final del día como si fuera el encargado del mantenimiento de los ocasos. Oteaba el horizonte hasta que se hacía de noche. Ahí sí que parecía un pirata. Un pirata un poco desencantado que observara el mundo, sin ganas ya de abordarlo. Un pirata en un barco sin mar, bien anclado en su terraza, mirando sin demasiado interés cómo salía la luna, se encendían todas esas luces bullentes a los lejos, se iban perfilando las estrellas. Un pirata atesorador de insomnios para tener algo que contar a Teresa a la mañana siguiente, porque ella le llamaba hijo y porque era su única conversación del día.

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36 comentarios en “Avelino en su terraza

      1. Ah, qué fácil, la primera busqueda en Google me dijo que naranjas de la China. La clave ha estado en sosbe, que es besos. Bonito relato, besos. Ah, que igual ya lo dedujiste tú solita, ahora que pienso…

  1. Qué triste la soledad no elegida. Y hay más personas así de las que pensamos, sobre todo cuando uno va haciendose mayor. Deberíamos respetar más la vejez y prestar más atención socialmente a esta etapa de la vida por la que todos tenemos que pasar si no morimos antes. La palabra viejo debería ser sinónimo de respeto y no de burla, como a veces lo es.
    Besos.

  2. Lo que escribes son las imaginaciónes infantlles. Y lo que vean e imaginan los niños es muy distinto de la realidad del mundo de los adultos…nada que ver. Es tu Avelino, pero no de Teresa.. Has conservado muy bien tus sensaciones infantiles. No importa si no son tuyos , has captado la escencia infantil por lo general

  3. ¿Ésta es una historia también en ese pueblo? Bonita historia, hermosos recuerdos y más hermoso aún ese párrafo final, el pirata sin barco, el vigilante de los ocasos. Esa historisa de la panadería y la bolsa de tela y las cortinas de colores me ha hecho recordar ese pueblo de Pont D’Armentera y esas vacaciones que te conté, ya sabes, el pan más bueno, blanco y tierno que he comido jamás. Sin ojo, sin mujer y sin juventud. No sé qué es peor, si lo primero o las dos últimas cosas, o todo a la vez. Porque el pueblo de Pont D’Armentera tenía unas cuestas tremendas también, es que comento a plazos y desordenado. Y es verdad, siempre me ha torturado la pregunta de por qué los ultramarinos se llamaban así, se supone que hará referencia a productos llegados de ultramar. Y lo de Chaly y su comentario hay que investigarlo…¿Lo has hecho, fiera corrupia? Ha de significar algo…

    1. Sí, es de ese mismo pueblo, tiene muchísimas cuestas y muy empinadas, como el tuyo.
      Lo de Chaly me lo has desvelado tú, corrupio. Estoy poco aguda estos días, la vuelta a las rutinas me está afectando y no para bien.

      He leído tu entrada nueva, luego me paso a dejarte un bonito comentario.

      1. Después de escribir la solución al galimatías de Chaly, me arrepentí al momento y me sentí hasta algo tonto. Porque escribí la solución pensando que no lo habías descifrado, para después pensar justo todo lo contario. Bueno, aún menos mal…

  4. Ya no hay «Ultramarinos», ni cortinas en las que enredarse, ni tampoco dependientas que se atrevan a llamar la atención a hijos ajenos, pero aún quedan muchos avelinos y avelinas solitarios, cuya única relación humana la establecen con los que despachan en las tiendas. Por eso, cuando el sábado a la mañana voy al mercado y pienso: «¡Qué pesada esta persona! Tengo mucha prisa y ellos hablando de tontería. ¡Tiene toda la semana para comprar y viene a fastidiar a los que solo podemos venir el sábado», respiro hondo, cuento hasta 100 y espero paciente. Quizá algún día necesite este sencillo ejercicio psicológico para no morir de soledad.

    1. Me hizo gracia un tuit que leí hace poco que decía, “soledad es empezar tú primero la conversación con el taxista”. Bueno, no tiene demasiado que ver, pero sí, hay mucho viejo solitario que únicamente tienen la oportunidad de hablar con los de las tiendas o con el médico. Y en general tenemos poca paciencia porque vamos con prisa, son pesados, en fin… todo eso.

      1. Sí tiene que ver, y mucho. La soledad parece que se calla un poco cuando alguien habla. Yo debo tener una especie de imán raro, porque las personas me suelen explicar muchas cosas. Tengo una buena amiga que me dice que en mi frente hay un letrero que dice: “Enrólleseme” 😀 😀 😀 Pero eso es porque ella se escaquea y me deja a mi el marrón.

  5. Ya nadie pone el rótulo de “Ultramarinos” en sus tiendas. Y eso que quizá, en esta era de la globalización, la mayoría de los productos lo sean, Fabricados en países remotos, a precios baratos, nos llegan por el mar esos contenedores. Y siendo la época de los ultramarinos nadie usa ya el nombre.
    Vista la palabra de otra manera, es una de las que recuerdan el Imperio Español, ese que se construyó en pocos años y se diluyó continuamente en muchos más. Venían entonces muchos productos de ultramar y la palabra daba a los comercios un aire exótico que olía a las especias de América y de Asia.
    En algunas fachadas de antiguos comercios aún queda esa palabra ya con la pintura desvaída, tan nebulosa como la idea de aquel imperio.

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