Día: 15 septiembre, 2016

Las hermanas Catafalco

Nuestro barrio estaba formado en su mayor parte por familias jóvenes. Habían aterrizado ahí porque el dinero no les daba para otro lugar mejor pero, en cuanto prosperaban un poco, se trasladaban. Un par de años antes de que nosotros también nos fuéramos se marchó mi amiga. Me dolía mucho ver esa persiana bajada y ennegrecida. Un día se abrió de golpe y aparecieron las hermanas Catafalco. La vida casi siempre te ofrece sustituciones aunque a veces parezca una broma pesada por lo mucho que has salido perdiendo en el intercambio.

Las Catafalco eran dos señoras bastante prehistóricas cuyas vidas giraban en torno a su sobrino nieto, Pedrito. Si te preguntaban la edad y les dabas el dato, ellas decían, igual que Pedrito pero él está más alto. Si hacía frío, más frío hacía en la ciudad de Pedrito. Si estabas comiéndote un bocadillo, bocadillos más grandes y con más chorizo se comía Pedrito. Si sacabas un nueve, Pedrito sacaba todo dieces. O si te caías por las escaleras por bajarlas corriendo, eso no era nada comparado con el golpe que se había dado Pedrito. Era un niño insuperable tanto en lo bueno como en lo malo.

Enseguida odiamos a ese Pedrito invisible e invencible y también a sus tías, por pesadas y por gruñonas. Cuando les molestaba el ruido, que era casi siempre, se asomaban a la ventana del patio, y gritaban como si hablaran entre ellas, “Elvira, ¿crees que está habiendo un terremoto?, esa pregunta siempre la hacía la más alta que era la que dirigía. Y la otra, Aurora, le respondía, “me parece a mí que sí porque se oyen cosas cayendo y cayendo…” Las cosas cayendo y cayendo éramos nosotros, nuestra vida diaria, ruidosa, hay que reconocerlo, que no hacía más que caer y caer sobre las dos.

Con el paso de los meses y como el ruido no disminuía por mucho que aludieran a los movimientos telúricos, se volvieron obsesivas y empezaron a protestar por todo. Vivían prácticamente asomadas a la ventana, haciendo que hablaban entre ellas pero dirigiéndose a nosotros. En cuanto nos levantábamos por la mañana para ir al colegio, ya se oía a la voz maliciosa, “Escucha, Elvira, ya están en pie los matinales -ese mote nos lo pusieron ellas a nosotros-, sujeta la lámpara que tiembla toda la casa. Ya voy, Aurora, si es que no se derrumba antes el tabique, hay que ver qué poquita educación tienen algunos,les enseñaran a leer y a multiplicar pero buenos modales…¿llamamos a la guardia civil?” Después de esa pregunta, con la que pretendían intimidarnos, se quedaban un rato calladas esperando el efecto silencio, que nunca llegaba, por lo que, al rato, volvían a la carga con sus indirectas.

Casualmente hubo un terremoto de verdad una noche. Mi padre nos sacó de la cama y sin quitarnos el pijama nos subimos en el coche y nos alejamos de la zona habitada, no había que ir muy lejos porque el barrio estaba rodeado de descampados. Avisamos a varios vecinos, entre ellos a las Catafalco que no respondieron, siguieron dormidas en sus camas, tan ricamente mecidas por el seísmo verdadero. Cuando mi madre se lo contó al día siguiente no se lo creyeron hasta que lo oyeron en la radio. El epicentro del terremoto resultó provenir de la ciudad de Pedrito.