Día: 26 septiembre, 2016

Comer pipas, esperar

Hubo una edad intermedia que ya no era del todo la infancia pero tampoco aún la adolescencia y que se caracterizó por la espera. Esperaba que pasara algo, creía que iba a pasar algo, tenía que pasar algo, quería que pasara algo pero no pasaba nada. Pasaba una mañana de colegio tras otra, siempre mirando por por la ventana y distraída, constantemente distraída. Pasaba una tarde tras otra. Y comía pipas, comía muchas pipas sin que me gustaran especialmente las pipas.

Esa era la principal diversión en esas tardes de la edad intermedia, sentarme con un grupo de amigas en un escalón a comer pipas y a esperar. Y mientras esperábamos, como no había nada mejor qué hacer, mirábamos y nos reíamos como si fuéramos las espectadoras de una función de teatro gratuita, no demasiado apasionante pero sí bastante cómica sin pretenderlo. Lo absurdo del mundo y de sus pobladores desfilando ante nuestros ojos. Estábamos seguras de que nunca formaríamos parte de ese teatro ni llegaríamos a ser como todas esas personas ridículas y patéticas que veíamos pasar.

Comíamos pipas esperando el gran acontecimiento, el tornado repentino que nos arrastraría en su remolino y nos llevaría lejos de ahí, del barrio, de la carretera de Andalucía con su incesante ruido de tráfico, canción de cuna de nuestras noches de infancia, del polvo que pisábamos con los zapatos del colegio, de los feos zapatos del colegio, de nuestras familias, de todo lo que era nuestro y conocíamos y queríamos pero nos asfixiaba a la vez.

Ya nos habíamos comido una bolsa entera de pipas cada una y ahí seguíamos, en el escalón hasta que se encendían las farolas, señal de que había que salir corriendo para subir a cenar. A esa hora también salían las cucarachas por debajo de los soportales vacíos. Entonces, Maite, una de esas amigas comedoras de pipas, se levantaba, pegaba un pisotón a una de las cucarachas que marchaban en siniestra fila, a la vez que soltaba un grito para que no se oyera el asqueroso crac y, haciendo una especie de danza tribal, decía, “se lo dedico a mi madre indígena”. A continuación salíamos corriendo, cada una hacia su portal, riéndonos de la madre indígena de Maite que en realidad era una señora bajita, con moño y acento sevillano.

Al entrar en mi edificio, saludaba deprisa al portero, se llama Macario y cuando era pequeña, pequeña de verdad, me consolaba cuando se me saltaban las lágrimas porque mi madre tardaba en volver y yo pensaba que se había muerto. A la vez se reía y me llamaba “ojos aguanosos”. En ese momento lo que me llamaba era,”tardulera” y me avisaba de que me iban a regañar porque había visto pasar ya a tres de mis hermanos. Macario era un gran inventor de palabras, tal vez porque se pasaba el día haciendo crucigramas y sopas de letras.

¿Acabaría yo también haciendo crucigramas para pasar el rato y ya sin esperar cataclismo ni conmoción ni tornado arrollador,con el pelo blanco como el suyo, transformada en una ridícula y patética más de las que pasan por la calle mientras los niños que comen pipas en un escalón se ríen cuando pasas?

Creía que no, que a mí eso no me pasaría nunca, yo iba a poder escapar y también mis amigas porque nos habíamos dado cuenta de la trampa y podríamos sortearla. Qué trampa era y cómo se evitaba ya no lo tenía tan claro pero eso no tenía importancia. Era la edad de la esperanza, todo era posible todavía y por eso entraba muy contenta en casa, dueña de todas las posibilidades y con la lengua hinchada por la sal de las pipas.

Hasta que al rato se oía la voz de mi padre preguntando, ¿ya estamos todos?, echad la llave. En mi casa era muy importante ese cierre final, un ritual que nunca se podía olvidar. El último daba las tres vueltas requeridas y en ese momento me venía un mal pensamiento, ¿y si nunca iba a pasar nada y si todo eso que esperaba y que ni yo misma sabía lo que era, no llegaba jamás?

Me inquietaba el ruido de la llave girando en la cerradura, como si lo que se estuviera encerrando con esos tres giros fueran todos mis sueños de felicidad.